Poema en el nº 34 de Aldaba

Con un breve poema de tema político (Yo no sirvo…, página 12), participo en el nº 34 de Aldaba, la revista literaria de la Asociación Itimad:

http://www.itimad.org/img/Aldaba/Revista_34distiller.pdf

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En el número 33 de la revista Aldaba

La Asociación artístico-literaria Itimad publica el número 33 de Aldaba en la que colaboro con una reseña de El acontecimiento poético de Jesús Hilario Tundidor (pp. 80-81). También aparece una breve nota sobre la presentación de Vieja túnica y otros relatos en la página 46.

Puedes leerla aquí: http://www.itimad.org/img/Aldaba/ALDABA33distiller.pdf

Las salinas del aliento en el número 31 de la revista Aldaba

En el nº 31 de la revista Aldaba, con el que la Asociación Itimad celebran diez años de publicación (¡Enhorabuena!), se ha publicado un poema de mi autoría, que he modificado tanto posteriormente que no lo reconozco. A esto, Itimad realiza una breve nota sobre la presentación de Las salinas del aliento en Sevilla el pasado mes de abril, lo que les agradezco profundamente.

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Una breve reseña más de El fuego que no se extingue en la revista Aldaba

En el número 24 de la revista literaria Aldaba (Sevilla), de la Asociación artístico-literaria Itimad, ha aparecido una breve reseña sobre El fuego que no se extingue. Me produce mucha alegría que, después de un año de su publicación, aún se siga leyendo y sea motivo de atención mi último libro de poesía. Desde aquí doy las gracias a los amigos de Itimad por dedicarme estas palabras que se acompañan (en otra página) con los poemas El fuego que no se extingue y Nocturno.

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Las golondrinas. Relato en Aldaba 23

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En el número 23 de Aldaba, de la Asociación Itimad, ha aparecido un microrrelato de temática becqueriana y docente, titulado Las golondrinas.
LAS GOLONDRINAS
(c) Manuel Guerrero Cabrera
 
– Bécquer es un buen poeta, aunque… cursi, ¿no lo creéis?
El profesor lanzó una mirada cómplice al grupo de chicas atentas, las de sobresaliente, las que siempre le daban ánimo para seguir en ese trabajo tedioso, en el que la mayoría de los receptores de su conocimiento ni lo valoraban ni lo conservarían demasiado tiempo en su memoria.
–Yo no lo entiendo… –dijo una voz abúlica desde el otro extremo de la clase. Se trataba de uno de los chavales más revoltosos, al que había tenido que rogar silencio en más de una ocasión, uno de los que tenían más notas negativas y las pertinentes que el sistema permitía al profesor, sin que por ello hubiera mostrado más interés por la asignatura.
Después de mirarlo a los ojos con insólita sorpresa, el profesor se arriesgó a continuar el diálogo:
–El poema habla de amor, de un amor que se ha acabado, porque…
–No me refiero a eso, profesor –le interrumpió el alumno casi bruscamente–; es que, ¿a qué viene lo de las golondrinas o de eso que trepan los jardines?
–¿Qué hiciste ayer por la tarde?
–Estudiar, no –soltó una carcajada y la clase se rio con él.
–A ver –señaló la foto que asomaba en su agenda escolar en la que él abrazaba a una chica–; ¿qué hiciste ayer por la tarde con tu novia?
La clase soltó un jocoso e infantil aullido, que provocó un brillo pícaro en los luminosos ojos del joven. El profesor tuvo que matizar:
–Quiero decir si saliste a algún lado o, simplemente, si hicisteis deporte.
–¡Sí, sí! Paseamos por el camino de la vía verde, merendamos al pie y a la sombra de un árbol en Doña Mencía y, al volver al pueblo…, nos enrollamos en el parque.
La clase se volvió a reír.
–Muy bien, de acuerdo. Ahora imagina que esta tarde vas a hacer lo mismo, pero solo o, quizás, con cualquiera de los que estamos en esta clase. ¿Sería lo mismo?
–¡Cómo va a ser lo mismo…?
–Esas son las oscuras golondrinas, esas son las tupidas madreselvas –le detuvo el profesor–; todo se mantiene, porque realizas el mismo trayecto, meriendas bajo el mismo árbol y te sientas en el mismo banco del parque, pero hay algo definitivo, importante, esencial, que hace que no sea igual.
–El amor del poema.
–O el amor, el interés, las ganas en todo lo que hacemos cada día –dijo una de las alumnas brillantes, quien seguidamente se convirtió en centro de las miradas y, por consiguiente, en una roja flor de madreselva.
–Por eso decía que es cursi. No era necesario referirse a las golondrinas en el poema.
–Puede ser, pero hace que Bécquer sea original, distinto.