Reseña de Píldoras de papel en Odisea Cultural

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PÍLDORAS DE PAPEL DE ANA PATRICIA MOYA

Manuel Guerrero Cabrera

Ana Patricia Moya (2016): Píldoras de papel. Huergo & Fierro, 127 pp.

POESÍA: MEDICINA DEL POBRE

Me indigesto con píldoras de papel,

cápsulas-poemas que se refugian

en mis caóticos cuadernos

para encadenarme a la cordura.

Estas son las primeras palabras de Píldoras de papel de la cordobesa Ana Patricia Moya, con las que, casi a modo de aviso de una caja cualquiera de pastillas farmacéuticas, nos informa de que solamente hay sensatez en la expresión poética, presentada como «medicina del pobre», tanto por la escasez de recursos como por la del espíritu. En este poemario, más allá de lo tangible, se habla de lo anímico en cuatro partes («Sonámbula», «Peter Pan y sus fantasmas», «Eso extraño que llaman amor» y «Mi corazón es una tundra»).

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Reseña de Las fisuras del género de Ángel de la Torre en Odisea Cultural

http://www.odiseacultural.com/2017/05/12/las-fisuras-del-genero-de-angel-de-la-torre-resenado-por-manuel-guerrero/

LAS FISURAS DEL GÉNERO DE ÁNGEL DE LA TORRE

Manuel Guerrero Cabrera

 

Ángel de la Torre (2017): Las fisuras del género. Premio Andaluz de poesía Villa de Peligros. Diputación de Granada, Ayuntamiento de Peligros, 76 pp.

 

Ángel de la Torre (Lucena, 1991) es uno de los poetas jóvenes más prometedores, con una trayectoria bastante destacada, pese a su juventud. Junto con el que trataremos en esta reseña, Las fisuras del género, son tres los volúmenes de poesía que firma: Uno partido (Vertical Ediciones, 2011) y El río es un decir (La bella Varsovia, 2015). También ha aparecido en diversas antologías, como Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011), La vida por delante. Antología de jóvenes poetas andaluces (Ediciones en Huida, 2012) o La poesía posnoventista española en 15 voces (Online).

Las fisuras del género revela la ingeniosa creación para la poética de su autor y el empleo de la lengua que se dilata en cada verso de forma ágil e impactante. La obra se divide en cuatro partes: «Una isla», «Las fisuras del género», «Diálogos de la sed» y «Acotaciones».

«Una isla» es la sección más breve e intensa. El poema que abre este libro es una carta de presentación para el resto de las páginas, un poema sin puntuación y con fisuras en el lenguaje, porque…

 

ambicioso de cuerpo hueco este poema

se cifra en brisas en posibles

destinos del

vacío […]

 

No se ha de temer al «vacío» provocado por la fisura, pues el poema ha de escribirlo cada uno. Este primer texto aporta uno de los símbolos recurrentes del poemario: el desierto. Quizá, el laberinto. No obstante, en el tercer poema, que cierra esta primera parte, la metáfora del naufragio, también recurrente a lo largo de Las fisuras del género, aparece de forma clara al desgranar motivos alusivos al naufragio que se desvela en el último verso.

En la segunda parte, titulado homónimamente como el poemario, hallamos composiciones en los que el autor muestra distintos planteamientos poéticos. En «Teoría de finales (I)» emplea una correlación para la construcción del poema:

 

La sangre, los raíles,

un río enhebrando […]

lápidas coloreadas

como vivas anónimas manos desasiéndose

trenes –¿herida, cicatriz?–

el mar queda lejos […]

 

En «Monte Gurugú» hallamos uno de los textos más sugerentes del conjunto, mediante el contagio y combinación de elementos:

 

La red eléctrica

que abastece a la ciudad

decora sus tendidos con los colores

de las aves migratorias.

 

Esta idea de que la naturaleza se hace con el poema es frecuente, como en «Colocación efímera», en el que llega a haber una identificación, aunque en los versos finales emplee una litote: «En este poema / tal vez ni siquiera / poema», al igual que en «Sin título» la insuficiencia de nombrar. En efecto, quizá no sea poema, como el hombre quizá no sea hombre. Nos dirá en «Ecología fallida»:

 

Un cuerpo desea ser mar

y elige

tonalidades, tempestad, calma.

Un cuerpo desea ser tronco, tener alguna rama

habitada, enraizar en otro cuerpo

y decide

modos de arder, ascua,

ceniza.

 

El hombre es agua, es mar, frente a la sequedad del desierto. Estos dos tipos de hombres los descubre en el poema «Las fisuras del género»:

 

[…] pero qué género

de hombres, uno que es agua contenida o uno que ve

la humanidad y se reconoce como barro, como boca

cocida en un horno.

 

Esto nos lleva a la tercera parte, «Diálogos de la sed», cuyos poemas comienzan con la misma cita, para dar lugar a poemas de distinta temática, si bien la sed es lo común y, por tanto, la humanidad («V»):

 

y en el suelo qué

sonido hace el agua

evaporándose

cuánto tarda

el proceso y qué sabor transmite

de un humano

a otro.

 

Y la inhumanidad («IX»):

 

quien aprende a odiar sabe

dónde marchitar

dónde dejar la ceniza,

dónde quién

ruina, sedimento.

 

Finalmente, «Acotaciones», la última sección, ahonda en estas fisuras, con imágenes atrevidas en las que, como indicamos al principio, la lengua se dilata de forma ágil:

 

Blancura: ondeaban banderas de años anatómicos

zarza o alga ambos dead end garganta

saturada con las propias extremidades del hombre huesecillos

de pájaros tumbas

en los intersticios de

este mar           este amor

digamos desierto: nieve que sofoca edificios de estertor

 

En los últimos textos, De la Torre flexiona el lenguaje hasta acogerlo a su voz ya madura, llena de simbología y fuerza. Por esto, precisamente, Las fisuras del género es un canto complejo y desgarrado, una poética ingeniosa y reflexiva sobre sí misma.

 

qué ocurrirá con el humano

que desfallece

qué ocurrirá con el insecto

tatuado

en nuestra piel tan limpia

seremos pasto vivo para seres

vivos he ahí el último

interrogante

de la

humanidad