Un aprieto en Surdecordoba.com

Me he demostrado a mí mismo lo de que poco aprieta quien mucho abarca. He ido repartiendo mi atención entre varios asuntos y no todos han podido llevarse a cabo por completo. Así, tengo comenzados tres artículos (y este hace cuatro) para este diario, pero todos inacabados y, es más, no puedo dar fe de que este cuarto llegue al final. Algo similar le pasaba al mayordomo Betteredge en La piedra lunar de Wilkie Collins, que tiene el encargo de contar lo sucedido con el diamante, pero cada vez que empezaba a hacerlo, sus ansias narrativas lo llevaban por los cerros de Úbeda.

Precisamente, de la carretera que nos lleva hacia allí, la A-318 (y A-316), hablaba en uno de esos artículos al referirme a las mejoras de las que hay en la Subbética, aunque algunas otras precisan de arreglo, como la que une Cabra con Los Llanos, la conocida como de las Erillas. Así, comentaba que estas mejoras no habían llegado a los conductores y a determinadas señales; en los primeros se ve en que no hay acuerdo en cómo conducir en las glorietas y en las segundas en la confusión (señales que enuncian carreteras que se denominan de otra manera) o que abruman por el exceso de información (las salidas de la superglorieta que se toma para ir a Los Santos o al centro comercial).

En otro artículo hablaba de la confusión, en este caso, mental y desafortunada de David Bisbal respecto a lo que sucede en Egipto y de su preocupación por las pirámides, símbolo de toda una civilización. Dejando a un lado que sus palabras parecen ser de todo menos inteligentes, hacía referencia a lo que su generación ya ha perdido de conocimiento y, peor aún, lo que las más recientes siguen perdiendo; jóvenes para quienes la práctica del uso de la memoria de Sherlock Holmes (el de Conan Doyle) es su bandera, pues el mejor detective del mundo, tras aprender y reflexionar, asentaba o borraba de su memoria ese conocimiento. De ahí que no me sorprenda que Holmes no recuerde cómo es el sistema solar.

También de jóvenes hablaba en el tercer artículo, precisamente de los involucrados en la muerte de Marta del Castillo y de María Esther de Arriate; donde me preocupa la edad de los presuntos asesinos. Con el doble de su edad, yo solo he matado moscas y a la de ellos tenía claro que matar a una persona era, como poco, gravísimo. Me llama poderosamente la atención que algunos se sumaran, con hielo por sangre, a la búsqueda de los cuerpos antes de ser arrestados, como si lo que hubieran hecho, hubiera pasado en un tiempo alternativo o no fuera con ellos. El bueno e inteligente del Padre Brown (creación de Chesterton) ya avisaba de que «en lo que hace, el hombre siempre deja su tortuosa huella» y, por esto mismo, no pueden quedar impunes.

Decía el logoterapeuta Víktor E. Frankl que el hombre «es el ser que siempre decide lo que es», por esto mismo, solo los lectores decidirán si esto es un artículo, aunque abarque mucho y apriete poco en los detalles e, incluso, aunque parezca inacabado.

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Del terremoto en Lucenahoy.com

A medida que leo noticias y datos sobre el terremoto, tsunami y demás desastres que están ocurriendo en Japón, se incrementa mi pesar y se me viene a la cabeza lo ocurrido con la apertura del sexto sello en el Apocalipsis, no sólo por el terremoto, sino también por lo que las islas serán movidas de su sitio. Y me llama la atención aún más al tratarse de Japón, uno de los países más avanzados del mundo y más preparados para los seísmos, que está teniendo más problemas de los que esperaba:

Salid sin duelo lágrimas corriendo.

Este reciente, el de hace poco de Nueva Zelanda y los dos más terroríficos terremotos del año pasado en Haití y Chile se me agolpan en el pecho. Pese a la lejanía física de donde me encuentro, no hay manera de mantenerse indiferente, mucho menos con Internet, que casi te sitúa allí mismo, con la extrañeza de que uno está en una cómoda silla. Aún estremece, pese al tiempo, la canción de Violeta Parra narrando y describiendo su experiencia en el terremoto de 1960 de Chile (el mayor registrado desde que el ser humano es consciente de su humanidad):

Puerto Montt está temblando

con un encono profundo,

es un acabo de mundo

lo que yo estoy presenciando.

[…]

La mar está enfurecida,

la tierra está temblorosa.

¡Qué vida tan rencorosa

lo trajo la atardecida!

Con una angustia crecida,

le estoy pidiendo al Señor

que detenga su rencor

tan sólo por un minuto;

es un peligro este luto

«pal» alma y el corazón.

Ciertamente, es un terremoto también para el alma y el corazón, que se me llenan de desasosiego y se me apenan ante estas desgracias. A finales del año pasado, asistí en Córdoba a la conferencia de José Manuel Ventura Rojas, el profesor cordobés que estaba sin localizar en Chile tras el terremoto (que, por cierto, a principios de 2010 impartió en Lucena una conferencia de otra temática), sobre su experiencia tras aquel 27 de febrero chileno. En la sala solo estaba presente una docena de personas y, entre tantas ausencias, me preguntaba por qué no había ningún medio de comunicación; sin embargo, en marzo estuvieron pendientes de localizarlo sin descanso para anunciar su aparición y entrevistarle y no sé por qué motivo no iban a recoger ni una palabra de la conferencia. Me entristeció que, como era la fecha que tocaba, las noticias giraran en torno a las fiestas navideñas dejando al terremoto, sus consecuencias y sus protagonistas relegados al olvido; y, ahora que era Carnaval (al escribir estas líneas), la función de este se cumplió perfectamente, como dice el tango de Sus ojos se cerraron:

y mientras en las calles

en loca algarabía

el carnaval del mundo

gozaba y se reía.

Por un lado, el dolor de Japón y, por otro, la alegría del carnaval en casi todo el mundo. Así, la teoría de la aldea global suena a chiste malo.

En nuestra Andalucía, así como en toda España, dice el refrán que no siente el corazón si los ojos no ven; pero hay que tenerlos cerrados, estar consciente ciego o totalmente dormido, para que no te afecte tanta revuelta del interior de la Tierra. Bien nos puede servir esta copla del poeta lucentino Antonio Roldán, para que pudiéramos decir que ojalá fuera un sueño tanta desgracia nipona:

No me despiertes si duermo,

que durmiendo se me quitan

las penas que llevo dentro.

Uno de cocina en Lucenahoy.com

Después de mi sorpresa por el recibimiento de mi articulito, sin grandes pretensiones, sobre Boabdil, ha sido la falta de tiempo para la creación lo que me ha impedido aparecer antes en este diario. Digo del recibimiento, porque ha generado felicitaciones y descontentos por igual entre mis amistades de distinto oficio y pensamiento e, incluso, entre mis vecinos, como Mario Flores, a quien por esa falta de tiempo no he podido agradecerle que me leyera. En el futuro, aunque sigamos compartiendo lectura, espero poder utilizar la excusa de que me preste un poco de sal para conocerle personalmente, ya que sus escritos tienen puntos sabrosos.

Por esta misma cuestión gastronómica, creo oportuno hablar de mis fogones, en el buen sentido de la palabra. Hace algunos años estaba acostumbrado a publicar anualmente en revistas cofradieras y, por esto, tenía más de trescientos días para lamer y limar los textos, los platos de un menú especial cada año. Sin embargo, la publicación en este diario es más pronta y requiere menos de receta, de revisión, y más de sabor, de definición. Fue D. Manuel Alcántara, el tío Manolo, cocinero de alta y cuidada palabra, quien me impartió lecciones a distancia a través del aire y del papel, que, como bien se sabe, son dos ingredientes básicos de cualquier plato literario. Él me enseñó que escribir diariamente era hacerlo en hojas de otoño, por lo que pienso que hacerlo cada quince o veinte días es hacerlo en las de primavera, en cada una nueva que surge de la rama de un árbol que no es viejo ni está hendido por el rayo; sino vivísimo. Internet es y será el símbolo del inicio del siglo XXI, donde todo cambia rápidamente, donde una web está fría el lunes y ya está caliente el martes; porque así debe decir que está vivo.

El tío Manolo también me enseñó a crear un menú, a hacer literatura, del ingrediente en peor estado, del asunto menos literario. Siempre llevo en mi memoria algunos platos, algunos artículos suyos; como aquel, titulado «La destrucción o el amor», del congresista norteamericano Wayne Hays que en 1976 intentó suicidarse cuando todo el mundo supo su secreto de que pagaba los caprichos de su amante con dinero del Estado y de cómo Larra lo consiguió, entre otros motivos, por una mujer; o de aquel sobre la «Liga de pobres», en el que la fría estadística observa grados o clases de pobreza en la España de finales de los ochenta; o el que dedicó a Antonio Burgos y a Carlos Herrera, con motivo del intento de asesinarlos de los terroristas de ETA.

De él aprendí, como el bolero, que existen nuevas emociones y a construir ilusiones desde las palabras, incluso desde las que Juan Ruiz, Garcilaso de la Vega, Cervantes y Quevedo, maestros de referencia de esta y otras cocinas, escribieron en siglos lejanos para hoy y el futuro; como él mismo ha dejado importantes poemas para la gastronomía literaria, siendo su especialidad la del soneto, que es como el café capuchino:

Soneto para esperarte en una cafetería (Manuel Alcántara)

Resulta que la historia estaba escrita
cuando yo quise hacerla a mi manera.
Cuando yo no quería que volviera
resulta que la historia resucita.

Resulta que en el tiempo de la cita
tendrán que hacer un banco de madera.
Al corazón le viene bien la espera,
quién sabe si además la necesita.

Azafatas de vuelo alicortado
van del café a las piñas tropicales
por aires ciudadanos y ruidosos.

Arriba el tiempo nuevo ha presentado
sus fluorescentes luces credenciales
y enrolla pergaminos luminosos.

Aunque yo no soy don Manuel Alcántara, espero que les sienta bien este entrante. ¡Buen apetito!