Hace diez años: Desde la librería Juan de Mairena. En Lucenahoy.com

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Hace poco ha fallecido Julio Anguita, un referente para la política general, principalmente de izquierdas; aunque en un vistazo al panorama político actual, parece que casi nadie ha seguido su estilo. Aludo a Anguita, porque, al enterarme de la noticia de su muerte, mi memoria se fue hacia Desde la librería Juan de Mairena de Pipo, José Trapiello González, un libro cuya brevedad engaña, pues recoge en sus páginas muchísima información sobre la Lucena de la Transición y, en concreto, sobre la izquierda lucentina en ese periodo de tiempo. Entre los recuerdos de Pipo, hay una fotografía en la que aparece él, Juan Luna y Julio Anguita, en mayo de 1985 en Lucena. Sigue leyendo

Las tiritas. Artículo en Lucenahoy.com

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No muchas de mis amistades saben que colecciono libritos o guías de Semana Santa de las distintas localidades de Andalucía. En esto, es mi mujer quien me ha regalado buena parte de estas publicaciones. Todos los años, salvo este por motivos de sobra conocidos –y que aún vivimos–, obtengo las de Lucena y Cabra, junto a las de Antequera, Rute y Fernán Núñez, pues tengo amigos que conocen esta pasión y me hacen llegar la guía de sus pueblos. De vez en cuando las miro y voy considerando la posibilidad de visitar alguna procesión curiosa o de gran valor artístico, como las procesiones a correón en Casabermeja, lo que en Antequera llaman correr la vega (que, si no puedo ir, la veo por Internet) o el Rey de Priego. Aunque me encanta la Semana Santa de Lucena, en especial por la santería y el Viernes Santo, me gusta conocer cómo es la manifestación de religiosidad popular de otros lugares.

Hace algo más de un mes, antes de que las procesiones se suspendieran definitivamente, me encontré la guía de la Semana Santa de Lucena de 2018 fuera de su lugar habitual. Al abrirla, me encontré con que mi hija –no podía haber sido otra persona– había cubierto algunas fotos con tiritas de Bob Esponja y Hello Kitty. Me fijé que, curiosamente, no había ninguna colocada en las fotografías de las dolorosas, sino solamente en los Cristos; así que me detuve en cada tirita y descubrí que ella las había colocado sobre las heridas de las manos, los pies o el costado. Me conmovió que una niña de cinco años –aunque creo que las pondría con menos edad– quisiera curar o aliviar las heridas de Jesús con unos apósitos de Bob Esponja, pues ella sabía que con una tirita cualquier rasguño o rastro de sangre en la piel se eliminaba.

Ojalá conserváramos en la adultez ese modo sencillo de ver las cosas, la ingenuidad para solventar los problemas, la confianza en las decisiones de los padres, el amor por vivirlo todo como nuevo, colocar una tirita para curarlo todo. No solo por lo que todo nos parecerá insólito cuando el coronavirus pase, sino siempre. Ya lo dijo Jesús, y queda reflejado en los Evangelios: de los que son como niños es el Reino de los Cielos.

Un auditorio para su nombre. En Lucenahoy.com

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Recibí con entusiasmo la propuesta de Pedro Díaz Villegas desde el Club Maratón Ciudad de Lucena para que el Auditorio Municipal lleve el nombre de Manuel Lara Cantizani. Tal fue la sensación que me puse de inmediato en contacto con la asociación que antaño dirigí para que se sumara a ello. Solamente quedan unos días para que sea efectivo, pues la mayoría de la población lucentina está abiertamente a favor, como se demostró con el gran número de asociaciones y colectivos que han apoyado esta nueva nominación para el Auditorio. Sin embargo, me ha preocupado algunas reacciones en las redes sociales, no solo encontradas, sino también de rechazo, incluso alegando que hay otros personajes (entiendo que de nuestra Historia) que lo merecen y dando nombres de políticos recientes, no sé a ciencia cierta si por cuestiones ideológicas o por desconocimiento. Sigue leyendo

Jardines del ánima de Francisco Javier Cárdenas. En Lucenahoy.com

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Jardines del ánima es la primera obra del joven lucentino Francisco Javier Cárdenas García. Se trata de un libro de poemas, concretamente diecinueve y un preludio que es una justificación del libro:

 

Jardines del ánima confecciona una breve recolecta de mis cantos juveniles, esos pasos que todos hemos dado y que nos esculpieron en las personas que somos ahora. Todos ellos aunados bajo la íntima seña de una pretensión de lírica a medias.

 

Los poemas se intitulan con nombres de flores y plantas, pues estamos en un jardín, pero este crece en el interior del poeta y, por lo tanto, predomina el sentimiento. Es decir, el tipo de «flor» sugiere la emoción que predomina en el texto. Por ejemplo, «Brezo de catacumba» inspira la oscuridad, la soledad y parte del insomnio.

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Una oportunidad para Leonardo Antonio de Castro en Lucenahoy.com

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En 2016 escribí en este mismo periódico una breve semblanza de Leonardo Antonio de Castro con motivo del 360º aniversario de su nacimiento, ocurrido en 1656. Este 2020 se cumplen 275 años de su muerte, sucedida en 1745. Leonardo Antonio de Castro fue el artista clave para comprender el por qué del Barroco en Lucena. A diferencia de Hurtado Izquierdo, que consiguió el mérito y los laureles artísticos fuera de su patria chica, Leonardo realizó casi toda su obra en Lucena, donde vivió siempre. Hombre docto y poeta, sacerdote respetado y con alguna capellanía, su obra más conocida es la pictórica, que estaba en todos o casi todos los templos, conventos incluidos, de Lucena (San Mateo, Santiago, el Santuario aracelitano, los Franciscanos, San Martín, Santa Ana, La Paz, Dios Sigue leyendo

Después de treinta años. En Lucenahoy.com

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Mientras me dirigía al lugar en el que habíamos quedado, pensaba en cómo habríamos cambiado después de tanto tiempo. Reconozco que iba con cierta inquietud, porque no me entusiasman las comidas de grupo, sean las familiares, las de trabajo o los peroles de mis amistades; sin embargo, la ocasión merecía el esfuerzo: darle un reconocimiento sorpresa a quien fue nuestra maestra durante cinco años en la EGB.

Una vez llegué al lugar de encuentro, el nerviosismo había dejado paso a la ilusión y, con mucha, fui saludando a mis antiguos compañeros de escuela. No recuerdo del todo bien en qué orden los fui saludando, pero sí que sentí una inmensa alegría de hacerlo, de estar allí y de descubrir que esta sensación era mutua. A cada mano que estrechaba, a cada abrazo que daba, a cada beso que repartía, pensaba que tanto ellos como ellas estaban igual, que apenas había hecho mella en sus rostros el paso del tiempo (salvo un par de excepciones que, ocioso es decirlo, no ha sido para peor), hasta que alguien exclamó: «Tú sí que no has cambiado nada». Sonreí y repliqué que no lo creía así, porque tenía menos pelo y más kilos. O, al menos, lo pensé.

Mientras esperábamos la llegada de nuestra seño (palabra que sigue siendo importante después de todo), para lo que habíamos dispuesto como cómplice a uno de sus hijos, nos pusimos al día como se puede hacer después de treinta años, con aquellas preguntas que el ser humano se ha hecho desde siempre: quiénes somos, de dónde venimos y a qué nos dedicamos ahora.

Y por fin llegó nuestra «Señorita Antonia». Sorprendida por el momento, debió ocurrirle lo de aquel tango que cantaba «mil recuerdos se me agolpan en la mente» para revivir en unos segundos el ayer. No quiero omitir por obvio que nos fue saludando uno a uno y que hubo a quien no reconoció. Una vez pasado este momento de entusiasmo, nos hizo preguntas, que, aunque alguien bromeó sobre si se trataba de un examen sorpresa, a mí me parecieron propias del examen de la vida, o del amor que diría San Juan de la Cruz. «¿Fui dura con vosotros?» «¿Fui buena maestra?» «¿Y todo esto –este reconocimiento– por qué, si era mi trabajo?» Alguien dijo que porque fue la mejor. Yo asentí.

Después, según había más conversación –y para quien más vino–, florecieron los recuerdos, las anécdotas en el cole, la mención a los ausentes; en definitiva, como si treinta años no fueran nada, parafraseando otro tango… También nuestra seño aludió a la dura enfermedad que había pasado y, debido a que el contraste con aquella época de finales de los 80 debe ser muy manifiesto, habló más de una vez de la situación actual de la educación.

A la seño le agradecimos su dedicación, su vocación, que nos hubiera dado el primer empujón a ser lo que hoy somos: todos hemos hecho algo de provecho en nuestra vida. Yo me había llevado la única foto de grupo de la clase que nos hicimos a lo largo de los cinco años de EGB bajo su tutoría, precisamente en 5º, el último año que nos dio clase. La fotografía le fascinó y se la quedó como recuerdo… ¡Qué curioso! Un recuerdo que físicamente llega a sus manos después de tanto tiempo… Al contrario que en la canción de Aute, todo queda en ese trozo de papel y nada es mentira: esos rostros siguen llevando nuestros nombres. Y en todos ellos, el de una seño con la que crecimos.

Una clase desaprovechada. Artículo en Lucenahoy.com

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Hace cosa de de un mes, vi un fragmento de un programa de televisión en el que una alumna de primaria le preguntaba al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, que a «dónde» donaría dinero si pudiera hacerlo a un «sitio», para lo que le daba dos opciones: la Catedral de Notre Dame o replantar el Amazonas. El alcalde, sin dudarlo, optó por la primera ante la sorpresa de la clase. No creo conveniente valorar lo que le dijera el alumnado, que trató de argumentar que el Amazonas es naturaleza; aunque después volveré sobre este punto. Sin embargo, Martínez-Almeida, como mayor de edad, da una explicación tan poco convincente que ningún niño de esa clase le creyó: «[El Amazonas] es el pulmón del mundo, pero la Catedral de Notre Dame es un símbolo de Europa, y nosotros vivimos en Europa. Y la verdad es que os digo una cosa, de las mejores cosas que nos han podido (sic) pasar a España en los últimos años es haber ingresado, treinta ya, en la Unión Europea y compartir una serie de valores…»

Elegir Notre Dame porque se vive en Europa es una preferencia muy torpe para un político. Así, se preferirá cualquier monumento europeo a las pirámides de Egipto, a la gran muralla china o al Taj Mahal. Esto lleva también a una peligrosa apreciación: a Martínez-Almeida no le importó nada la destrucción de Palmira en Siria o la de los Budas gigantes de Bamiyán en Afganistán, porque no eran «símbolos» europeos. El alcalde no debió apelar al lugar de origen, porque llegará el momento en el que considerará más valioso cualquier monumento de Madrid, por ejemplo, la Cibeles, que del resto de España, porque vive allí y es un símbolo innegable de la ciudad; y, entonces, caerá en el mismo error del nacionalismo que exalta ciegamente lo de una región (o un país) frente a lo foráneo. Muy torpe, repito. Y lo de que haber ingresado en la UE es «una de las mejores cosas» está muy bien como argumento para padres y madres, pero para aquella clase diría que no. Hubiera sido interesante ponerle en el aprieto de elegir entre replantar los árboles incendiados en el noroeste peninsular (donde ha sucedido el 44% de los incendios españoles de 2019) o Notre Dame.

Otra cuestión es la certeza de que aquel alumnado estaba enterado sobremanera de lo valiosa que es la naturaleza y, en especial, la del Amazonas, al mismo tiempo que transmitía la sensación de que ignoraban qué valor artístico tenía la catedral parisina, quizá cualquier obra de arte. De todos modos, es de sobra conocido que Martínez-Almeida no está sensibilizado con el medioambiente, como demostró con lo de Madrid Central, y como dejó claro cuando tomó las palabras de aquella clase y repitió que «El Amazonas es el pulmón del planeta», pues no lo es. El verdadero pulmón es el mar, concretamente las plantas marinas que generan el 70% del oxígeno del planeta. En efecto, los maltratados océanos que se siguen cubriendo de plástico y contaminándose por la acción humana… No obstante, aunque no deja de ser terrible que se incendie el Amazonas (este año no más que en los anteriores), los ecosistemas se regeneran, incluso después de los incendios.

Pero lo peor que hizo Martínez-Almeida es haber desaprovechado la oportunidad para hablar de Arte y de haberle transmitido a la clase que este es insustituible y, una vez destruido, es irrecuperable. Pienso en los citados Budas gigantes de Bamiyán, en los desaparecidos mausoleos de Tombuctú o en el Gran Tapiz de Miró que se perdió bajo las Torres Gemelas el 11S. Yo hubiera elegido Notre Dame por esto y no por ser un indolente «símbolo» europeo, pero, en fin, por algo no me dedico a la política.