Por una coma en Lucenahoy.com

Debo confesar que estaba en un error desde hace tiempo. Creo que me ha pasado factura, cuantiosa de vanidad gramatical, estar siempre revisando y corrigiendo textos ajenos, de tal modo que no logro ver mis descuidos. Esto de corregir exámenes profesionalmente, poemas y relatos en consejos de publicaciones y novelas en un jurado, ha alimentado en mí el vicio de la ultracorrección, que es el paso definitivo a convencerme de que se escribe «bacalado» y no «bacalao».

Todo este asunto comienza por el uso de la coma, el signo de puntuación. En una enumeración no se coloca delante de y nunca. Este es el ejemplo que encontramos en la web de la RAE: Ayer me compré dos camisas, un pantalón, una chaqueta y dos pares de zapatos. En este caso, no hay problemas.

En cambio, nunca colocaba la coma delante de y bajo ninguna circunstancia, y eso no está admitido del todo por la Academia. Veamos: Pintaron las paredes de la habitación, cambiaron la disposición de los muebles, pusieron alfombras nuevas, y quedaron encantados con el resultado. En este enunciado se enlazan las partes de la oración, pero la última información no es parte de aquella dada en la primera. Ahí yo no hubiera puesto esa coma y, mecachis, la hubiera fastidiado.

En efecto, un minúsculo signo ha puesto en guardia, tomando casi al pie de la letra un verso de Juan Ramón, a la elevada torre de mi pensamiento. Ya conocía algunos ejemplos, donde una simple coma colocada aquí, acá o acullá podría cambiarlo todo. Es conocida la anécdota atribuida a Carlos I, entre otros reyes, que a la hora de firmar una sentencia que rezaba:

Perdón imposible, que cumpla su condena.

Decidió ser generoso y, para ello, cambió la coma de lugar:

Perdón, imposible que cumpla su condena.

Otro cambio de coma es el que comentan en Los intereses creados de Benavente, curiosamente también sobre una condena:

DOCTOR.–– […]Ved aquí: donde dice… «Y resultando que si no declaró…» Basta una coma y dice: «Y resultando que sí, no declaró…» Y aquí: «Y resultando que no, debe condenársele…», fuera la coma y dice: « resultando que no debe condenársele…»

Como decía, aunque los conocía, no consulté gramáticas ni ortografías, convencido de que mi uso de la coma era el correcto. Pero, una vez reparado este punto (mejor dicho, coma), he de evitar volver a cometer esta imprudencia. No debo olvidar que solo es cosa de místicos dejar el cuidado…

entre las azucenas olvidado.

 

 

Anuncios

De mis horas intempestivas en Surdecordoba.com

Medianoche era por filo, poco más o menos, cuando mi interés tuvo que pelear contra el sueño que me amenazaba. Lucha que motivó Luis Alberto de Cuenca, uno de mis poetas favoritos, a quien le tengo admiración y cariño, de quien siempre se puede aprender y comprender la cultura literaria. Como decía, la presencia del poeta en televisión a horas cercanas a mi reunión diaria con los brazos de Morfeo me reanimó lo suficiente como para disfrutar de la entrevista que le estaban realizando en un programa de literatura. En ella comentó que se divierte escribiendo y que el gozo de la escritura le motiva. Estas palabras suyas alimentaron mi aliento al final de un día en el que precisamente me habían comunicado mis beneficios por la venta de mis libros, tan escasos como el número de ejemplares (de uno de ellos, simplemente nada), lo que me hizo reírme de mí mismo y de mi ingenuidad. Confieso que yo disfruté (y esta es la palabra) con la escritura de mis creaciones, sobre todo, con el que dediqué al tango, que me llevó a viajar con decisión a Buenos Aires y a Montevideo, a ir a las milongas, a valorar los distintos bailes para el tango y el vals criollo, a patearme las librerías de Corrientes, a visitar Manoblanca en Pompeya, a estar hasta la madrugada en el Fun Fun, a caminar por Sarandí y recorrer la enorme feria de Tristán Narvaja (para muchas de estas cosas es mejor evitar los recorridos contratados); y a dialogar con sus gentes de sus pesares, de que la música les interesa más que la vergüenza o desvergüenza que tengan sus dirigentes, de las muchas coincidencias y pocas diferencias de nuestra habla en el mismo idioma, que me recuerda lo que decía José Luis Alvite desde sus crónicas radiofónicas del Savoy sobre la utilidad del imperio español: «conseguimos que siglos más tarde los indígenas americanos nos enseñen castellano». Y es que esto es lo importante: disfrutar de todo lo que conlleva la creación de un libro.

En esto pensaba, cuando al intentar darle al botón de apagado del mando, debí apretar algunos numéricos y salió un canal televisivo en el que la desnudez femenina invadió la pantalla, aunque mi interés no pudo esta vez con mi somnolencia. Acostado y apagada definitivamente la televisión, hubo pendencia entre las francas palabras de Luis Alberto y el fingido gozo de la actriz desnuda y aseguro que, justo antes de dormir, llegaron a la paz coincidiendo en que emiten los programas más interesantes a horas intempestivas. 

Vizcaya y Bizkaia en Lucenahoy.com

Decía el escritor oriental Mario Benedetti que «cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas». Parafraseándolo, hoy se podría decir sobre España que, cuando teníamos todas las lenguas, cambió nuestro idioma. Hace un par de semanas se aprobó la nueva denominación de Vizcaya, Guipúzcoa ni Álava; que, a partir de ahora, en los papeles del Estado veremos como Bizkaia, Guipuzkoa y Araba-Álava, respectivamente; aunque el último nombre, el de Araba-Álava, no sabe uno si es para que se elija el que se prefiera o para hacer la gracia completa.
Evidentemente, en la Comunidad Autónoma del País Vasco, cada hablante, supuesta y únicamente de eusquera, utilizará el nombre en vascuence de estas provincias españolas; incluso, en el caso de hablantes bilingües, se podrá elegir una de las dos denominaciones; cuestión que comprendo y que, hasta cierto punto, comparto.
El problema surge en este caso: si estamos en Andalucía, donde únicamente hablamos el español –o castellano, tanto monta– de manera oficial, ¿por qué en los libros de texto andaluces aparece Fisterra, Girona y otras denominaciones en las lenguas cooficiales de otras Comunidades Autónomas y no en la común, que hablamos y comprendemos todos los españoles? Es decir, debido a que en Andalucía hablamos castellano –o español, monta tanto–, no tiene sentido que nos refiramos al cabo de Finisterre como Fisterra o a la provincia o ciudad de Lérida como Lleida. Esto, que bien podría haberse utilizado para unir las lenguas españolas, no es sino una desalentada sensación de triste arremetida contra nuestro común idioma. No le encuentro ningún sentido escribir el nombre de Catalunya así, con «ny» en lugar de eñe, en Andalucía, Canarias, Extremadura, Murcia y otras regiones, cuya lengua oficial es una y con la que nos comunicamos todos sin tropiezos ni traducciones; porque, aunque el catalán, el gallego y el eusquera sean lenguas españolas, no se hablan en toda España. Todo este uso queda, además, ridículo e incoherente, cuando en los mismos libros de texto donde figura Fisterra, aparece escrito Cabo de San Vicente y no de São Vicente, del mismo modo que aparece Londres y no London (y en Internet, donde cada maestrillo tiene su librillo, este asunto asusta).
Lo de las nuevas denominaciones de las provincias de la Comunidad del País Vasco es uno de los mayores desaciertos lingüísticos del Gobierno y contribuye a maltratar el idioma común, porque lo hace precisamente menos común. Comprendo que en política hay que hacer alianzas, en ocasiones, con tu rival directo, pero en cuestiones de este tipo se debería ser más cauto. Quizá sea desafortunado traer aquí aquella genial cita de Juan de Mairena:
De aquéllos que se dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etc., antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse.
Pero creo que esta medida, que ha supuesto anteponer el euskera al idioma común, es de ese tipo de españoles que refería Machado desde su apócrifo. Otra cuestión es que esto nos traiga al fresco, lo que sería realmente penoso, porque creamos que tenemos todas las respuestas y todo un idioma de nuestro lado, pero que, en el momento menos pensado, cambiaron las preguntas, porque ya no están en la misma lengua que utilizábamos. Es la misma sensación de desconsuelo que cuando volvemos a visitar una calle después de algún tiempo y descubrimos que le han cambiado el nombre: algo de lo que uno se siente parte y que sin más logran modificarlo por imperativo de Ley. En clave humorística, así debió pensar José Antonio Garmendia, uno de mis poetas humorísticos preferidos, con esta soleá, pero aplicado lo cotidiano:
Tu calle ya no es tu calle.
Ahora le han puesto de nombre:
Don Manuel Fraga Iribarne.