Reseña de El desnudo y la tormenta por Antonio J. Sánchez

Reseña sobre mi libro El desnudo y la tormenta que realiza el poeta Antonio J. Sánchez, publicado en el nº 5 de la revista Groenlandia, noviembre de 2009.
Manuel Guerrero (Lucena, 1980). Licenciado en Filología Hispánica, profesor de Literatura, poeta y ensayista, es, a través del colectivo Naufragio y la revista Saigón, uno de los más activos dinamizadores culturales de la Subbética cordobesa. Ahora nos entrega su primer poemario, El Desnudo y La Tormenta (Ediciones Moreno Mejías, prólogo de Maria Jesús Soler Arteaga y epílogo de Lara Cantizani). Fiel a su título, en el libro conviven las fuerzas de la naturaleza («Aúlla el viento», «sobre el mar ando», «vidrio de olas pasadas») con los más íntimos rincones de la anatomía humana («tus pechos locos crecen de lengua, labio y diente», «De tu profundo vientre el tibio aroma»). A veces llegan a mezclarse ambos elementos, desnudo y tormenta: «mi piel desnuda te ofrece la lluvia», «llovámonos el pecho». De todos modos, frente a lo que esto podría sugerir, no hay desgarro ni arrebato en el poemario. El verso de Manuel, como el de Machado, brota de manantial sereno. Es contenido y reflexivo. Pero no frío, hay en el poemario mucho corazón. Bajo una superficie muy tersa se intuye en la profundidad un mar de fondo, un torrente de emociones, que dota al poemario de una tensión interna más intensa cuanto menos estridente en las formas. El gran tema de El Desnudo y La Tormenta es el amor, el amor erótico. Los poemas están atravesados de un erotismo sutil, apenas insinuado. Está el gozo del amor, pero también el dolor de amar, que aquí toma la forma de melancolía ante la ausencia del ser amado («No estás en esta cama tan grande, y no sé más», «todo murió con el olvido», «Al alba te eché de menos») y la nostalgia de un pasado ya lejano («las ahora ciegas piedras de la calle, antes luz de adolescencia», «estoy visitando aquellos lugares de mi juventud»). Manuel es un clásico, y eso se pone de manifiesto en la contención de su palabra, en el cuidado de las formas, en sus referencias a la cultura grecolatina (como por ejemplo en el poema «El Último Aullido») y en su uso de la métrica y la rima. No es muy habitual en poetas de la juventud de Manuel el uso de metros clásicos y rimas consonantes (hay en el libro varios sonetos, así como poemas en alejandrino). Y más inusual aún es que la rima no encorsete el poema, sino que el verbo fluya libremente. Cuando leemos El Desnudo y La Tormenta la vista no va tropezando en rimas y acentos, sino que resbala a través del sentido de los versos. La vasta erudición de Manuel se transluce en el uso de un vocabulario rico y brillante. Pero, aunque a veces aparecen términos no muy usuales en el idioma cotidiano (férvido cuello, célico aliento…), el contenido no queda en ningún momento escondido tras una maraña de palabrería elitista, sino que el idioma usado, a la vez que muy cuidado, es sencillo y accesible a todos. Uno de los elementos más significativo del libro es el gran número de citas de otros autores que abren los poemas, citas con las que a menudo dialogan los versos de Manuel («No me digas el verso final de Luis Alberto»). Los autores citados, en un abanico que abarca todas las épocas y estilos, van desde Píndaro hasta Javier Lostalé y Luis Alberto de Cuenca, pasando por Bram Stoker, Víctor Hugo o Vicente Aleixandre. Estos poetas son la mejor referencia de las influencias y gustos del autor. Si los reuniéramos todos, tendríamos probablemente, con muy escasas variaciones, la biblioteca de favoritos de Manuel Guerrero.
En definitiva, aunque la edad del autor podría invitarnos a pensar que estamos ante una promesa, la hondura y madurez de El Desnudo y La Tormenta nos sitúa ante una realidad poética plenamente consolidada.
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