Lo que importaba un pimiento en Lucenahoy.com

El fin del Botellódromo de las Palabras me cogió por sorpresa. Algunas amistades me han hablado de esto con furia, mediante el empleo de argumentos como el de que se ha incrementado el dinero para el otro botellódromo –el alcohólico– o que era un punto de algún programa electoral, entre otras cosas. Yo no pienso emplear ningún arrebatado tono de reproche, ni actuar a favor o en contra de tales argumentos, sean válidos, o no. Deduzco, con amargura, que la situación económica actual ha ganado el pulso. Precisamente, «amar es el comienzo de la palabra amargura» y me duele el Botellódromo de las Palabras, porque estaba enamorado de él; un programa que ofrecía ocio y juventud desde la Delegación de Juventud: asunto redondo. Como profesor, sé que para una parte del alumnado la Literatura, la Historia o las Ciencias se acaban a las tres en el aula y que en pocas ocasiones comparten esos conocimientos fuera de los centros educativos, sin otro fin que el estudio y el aprobado. Y, modestamente, esto era una de las posibilidades que brindaba: ofrecer cultura vívida fuera de los libros de texto y por gusto, los viernes y sábados por la tarde-noche, para que la juventud asistiera y, finalmente, participara casi por propia voluntad. De igual modo, asociaciones, empresas y familias podían participar y ofrecer sus mejores actividades en la Biblioteca. Así, por mi relación con una asociación cultural, he estado involucrado en una treintena de actividades, sobre todo, en lecturas y recitales de diversa temática, actos musicales, conferencias y proyecciones de cine a lo largo del año… Y todas eran gratuitas y las hacíamos sin coste alguno para el organismo público, salvo la publicación de una revista cultural. Confío en que todo lo que se ha hecho dentro del programa no caiga en el olvido. Con el Botellódromo de las Palabras he compartido tanto tiempo que me cuesta asumir que solo se hablará de él en pasado. Estoy seguro de que la Biblioteca y la Casa de la Juventud no serán las mismas, pero también sé que las actividades continuarán, porque es difícil detener el impulso de la juventud.
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Animal de ambulancia en Cabra digital

Estoy en una carretera de dos sentidos, la de Rute, sí, la A-331, que tiene varias curvas y tres o cuatro tramos de recta. Voy en mi coche, paso una curva, otra y otra, y llego a colocarme detrás de una ambulancia que hace mi mismo recorrido a unos 40 kilómetros por hora y sin ninguna luz de emergencia ni sonido ni nada que me haga deducir que está llevando a un paciente al hospital. Reduzco la velocidad a la misma que dicha ambulancia y, curva a curva, pongo el «piloto automático»; es decir, mi cuerpo se limita a seguir al vehículo de delante y mi mente se dispone a reflexionar acerca de la labor encomiable que realizan las ambulancias, deteniéndose en valorar la importancia del personal de primeros auxilios y lo necesarios que son a la hora de salvar vidas; también pienso en que la persona que conduce representa un papel fundamental, en especial cuando debe evitar vehículos con el fin de llegar lo antes posible al lugar de un accidente o al hospital. En estos pensamientos divago, cuando de pronto, la ambulancia invade el arcén y observo perfectamente cómo algo ensangrentado sale disparado de la rueda derecha trasera. Impresionado por este hecho, le doy a la luz de emergencia, freno y me coloco en el arcén, mientras observo cómo la ambulancia sigue su camino. Me enfundo el chaleco reflectante y abandono mi vehículo, con el fin de comprender qué ha pasado.
Me acerco a lo que salió disparado debajo de la ambulancia, fuera de la carretera, y descubro a un perro, ensangrentado, que gime de dolor y está tumbado de forma antinatural. Al percibir mi presencia intenta moverse, pero apenas puede girar la cabeza y sus apenados y limpios ojos se me clavan en los míos. Ya he visto esa mirada antes en otros cánidos y sé lo que piden. Con ellos no pregunta por qué o qué ha pasado, sino que se complace de tener su atención. Le acaricio por detrás de la oreja y parece calmarse hasta que me doy cuenta de que, como quien deja de caminar, deja de respirar de repente.
Vuelvo a la calzada, a pisar el indolente asfalto y analizo la situación: no me he cruzado aún con ningún coche en sentido contrario y estoy precisamente en uno de los pocos tramos rectos de la carretera. Me adelanto a pie y descubro el lugar del choque, pues hay un pequeño charco de sangre… en el arcén, no en el carril de circulación. ¡La ambulancia había atropellado al perro deliberadamente!
Me subo enfadado y consternado a mi coche. Y me voy de allí, mientras pienso en esa «mala gente que camina y va apestando la tierra» (Machado), en la canalla que condujo una ambulancia que utiliza para salvar la vida a las personas y que empleó sin temblarle el pulso en quitársela a un perro. Ojalá quien condujera dicha ambulancia tenga necesidad de un animal en el futuro para desarrollar su vida y le duela este hecho, a fin de valorar lo que dijo Tolkien: «¿Puedes devolver la vida? Entonces, no te apresures a dispensar la muerte».
Por último, recuerdo las definiciones de «hombre» (ser animado racional) y «animal» (irracional) y, tras lo sucedido, llego a la conclusión de que hay animales que saben conducir y, lo más preocupante, vehículos destinados a transportar heridos y a auxiliar enfermos.

1 poema, 20 días. Regalo de Ediciones en Huida

EDICIONES EN HUIDA ha publicado un regalo, un libro GRATUITO que recoge a todos los autores de la colección de su poesía, ofreciendo tres poemas (uno de ellos inédito) de cada uno.
Enlaces de descarga:
1. Versión para ordenador.
2. Lectura virtual.
A partir de la página 77 aparecen mis poemas:
http://issuu.com/edicionesenhuida/docs/1poema20dias/77?mode=window&backgroundColor=%23222222

Imaginando sombras. Artículo en Lucenahoy.com

Camino por la calle Las Tiendas y miro los escaparates decorados, unos profusamente, otros mínimamente, con adornos navideños. Olvido que estamos a punto de haber pasado al año nuevo en el siglo XXI y miro por encima del hombro para imaginarme la antigua muralla interior de Lucena recia, alta y firme, pese a que el ser humano ha demostrado lo contrario. Camino adelante, a su sombra, y llego a la encrucijada con la calle Flores de Negrón. A la derecha opto por no mirar, pues hasta la imaginación resulta difícil de poner en marcha al contemplar el edificio de la plaza de abastos, verdadera catástrofe arquitectónica del siglo XX que se colocó entre dos de los edificios históricos más antiguos de la localidad (la Iglesia de San Mateo y el Castillo), destruyendo así cualquier recreación de la Lucena medieval.
Por ello, giro a la izquierda y me adentro en la calle Flores. La inspiración rebrota y, quitando estas mesas y esa publicidad de la retina, me conformo y vuelo al pasado, descubriéndome delante de la fachada del Palacio de los Condes de Hust, única piedra superviviente tras tantos años de reforma en esta parte de la localidad; pero, de nuevo, el sueño se rompe, cuando la valla metálica de repente destroza mi visión del pasado… Lo diferente que sería todo con su antiguo muro encalado.
Apresuro el paso para olvidar la valla y giro a la calle Juan Rico a la derecha, donde me reciben edificios modernos, y continúo girando hasta que tomo la calle Zamora, de maravillosa estrechez que desemboca en la Ancha, como una arteriola (pequeño vaso sanguíneo) del centro de la ciudad. Allí, prefiero imaginarme el empedrado bajo mis pies mientras observo la Iglesia de San Felipe Neri y la casa solariega de los Soto Flores antes de llegar a la esquina con las calles Veracruz y Peñuelas. Aquí me detengo y reflexiono que de las esquinas solo queda el colegio llamado hoy de Barahona de Soto, copia en su aspecto exterior de una casa solariega de una familia que no recuerdo y de la Ermita de la Paz, que estaban frente a él; me resulta curioso que solo haya pervivido un edificio inspirado en ellos, la sombra de otros que ya pertenecen al pasado. Algo así ocurre con la esencia judía y medieval de Lucena: podemos imaginarla, podemos recrearla, siempre en sueños, porque solo nos queda la sombra –la recién descubierta necrópolis en las afueras de la localidad– y para que esta no se desvanezca en el olvido, tan irremediable como la muerte, tomando los versos del judío lucentino Ibn Gayyat:
 
Para apresurar el tiempo de su salvación,
revístete de salvación como coraza.