Después de treinta años. En Lucenahoy.com

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Mientras me dirigía al lugar en el que habíamos quedado, pensaba en cómo habríamos cambiado después de tanto tiempo. Reconozco que iba con cierta inquietud, porque no me entusiasman las comidas de grupo, sean las familiares, las de trabajo o los peroles de mis amistades; sin embargo, la ocasión merecía el esfuerzo: darle un reconocimiento sorpresa a quien fue nuestra maestra durante cinco años en la EGB.

Una vez llegué al lugar de encuentro, el nerviosismo había dejado paso a la ilusión y, con mucha, fui saludando a mis antiguos compañeros de escuela. No recuerdo del todo bien en qué orden los fui saludando, pero sí que sentí una inmensa alegría de hacerlo, de estar allí y de descubrir que esta sensación era mutua. A cada mano que estrechaba, a cada abrazo que daba, a cada beso que repartía, pensaba que tanto ellos como ellas estaban igual, que apenas había hecho mella en sus rostros el paso del tiempo (salvo un par de excepciones que, ocioso es decirlo, no ha sido para peor), hasta que alguien exclamó: «Tú sí que no has cambiado nada». Sonreí y repliqué que no lo creía así, porque tenía menos pelo y más kilos. O, al menos, lo pensé.

Mientras esperábamos la llegada de nuestra seño (palabra que sigue siendo importante después de todo), para lo que habíamos dispuesto como cómplice a uno de sus hijos, nos pusimos al día como se puede hacer después de treinta años, con aquellas preguntas que el ser humano se ha hecho desde siempre: quiénes somos, de dónde venimos y a qué nos dedicamos ahora.

Y por fin llegó nuestra «Señorita Antonia». Sorprendida por el momento, debió ocurrirle lo de aquel tango que cantaba «mil recuerdos se me agolpan en la mente» para revivir en unos segundos el ayer. No quiero omitir por obvio que nos fue saludando uno a uno y que hubo a quien no reconoció. Una vez pasado este momento de entusiasmo, nos hizo preguntas, que, aunque alguien bromeó sobre si se trataba de un examen sorpresa, a mí me parecieron propias del examen de la vida, o del amor que diría San Juan de la Cruz. «¿Fui dura con vosotros?» «¿Fui buena maestra?» «¿Y todo esto –este reconocimiento– por qué, si era mi trabajo?» Alguien dijo que porque fue la mejor. Yo asentí.

Después, según había más conversación –y para quien más vino–, florecieron los recuerdos, las anécdotas en el cole, la mención a los ausentes; en definitiva, como si treinta años no fueran nada, parafraseando otro tango… También nuestra seño aludió a la dura enfermedad que había pasado y, debido a que el contraste con aquella época de finales de los 80 debe ser muy manifiesto, habló más de una vez de la situación actual de la educación.

A la seño le agradecimos su dedicación, su vocación, que nos hubiera dado el primer empujón a ser lo que hoy somos: todos hemos hecho algo de provecho en nuestra vida. Yo me había llevado la única foto de grupo de la clase que nos hicimos a lo largo de los cinco años de EGB bajo su tutoría, precisamente en 5º, el último año que nos dio clase. La fotografía le fascinó y se la quedó como recuerdo… ¡Qué curioso! Un recuerdo que físicamente llega a sus manos después de tanto tiempo… Al contrario que en la canción de Aute, todo queda en ese trozo de papel y nada es mentira: esos rostros siguen llevando nuestros nombres. Y en todos ellos, el de una seño con la que crecimos.

Sabor a luz de luna. En Surdecordoba.com

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No quisiera terminar este 2019 sin recordar, aunque sea con este breve artículo, a Álvaro Carrillo, uno de los grandes compositores y cantantes de la música popular de México. En verdad, podría decirse que hay un triple motivo para ello: en primer lugar, Carrillo nació hace cien años, en 1919, en una ranchería de Cacahuatepec (Oaxaca, México); en segundo lugar, falleció hace cincuenta, en 1969, en un accidente de tráfico a pocos kilómetros de Ciudad de México; y, por último, es autor de dos de mis canciones favoritas, el conocido bolero Sabor a mí y la magnífica Luz de luna.

Yo siento tus amarras como garfios, como garras
que me ahogan en la playa de la farra y del dolor.
Si llevo tus cadenas a rastras en la noche callada,
que sea plenilunada, azul como ninguna,
pues desde que te fuiste
no he tenido luz de luna.

En el blog escrito por el hijo de nuestro autor (saboramipadre.blogspot.com), se cuenta la anécdota de la que surgió Luz de luna: Álvaro estudiaba en la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, una institución militar en la que el rector quiso que una noche de viernes nuestro compositor cantara ante unos invitados, pero este se negó porque había quedado con una mujer; como el rector no pudo convencer a nuestro autor, no tuvo otra opción que arrestarlo y, así, obligado a permanecer en una celda, contemplaba la luna que iluminaba el patio de la escuela, lo que dio origen a esta canción. En ese mismo blog se recoge una anécdota con Octavio Paz en el que este le hace un comentario a Mario, hijo de Álvaro Carrillo, sobre el adjetivo «plenilunada», que resulta ser una invención del cantante: «”Plenilunada” debería ser considerada una aportación de Álvaro Carrillo a la poesía en español».

Sabor a mí fue escrita a finales de 1957, a partir de la anécdota de una cena, en la que tras beber whisky, el cantante besaba a su mujer. Esta le dijo que, de tanto besarla, la estaba emborrachando, a lo que él replicó: «lo que tienes en la boca no es sabor a whisky, es sabor a mí». Este bolero fue una de las primeras canciones en incluirse en antologías de poesía, como la de Gabriel Zaid sobre México, en la que se aporta la letra (también aparece el conocido Bésame mucho de Consuelo Velázquez y varios títulos de Agustín Lara).

No pretendo ser tu dueño.
No soy nada, yo no tengo vanidad.
De mi vida doy lo bueno,
soy tan pobre, ¿qué otra cosa puedo dar?

Aunque Carrillo lograría el título de ingeniero agrónomo, su pasión fue la música. Autor de más de 300 canciones, también le pertenecen Sabrá DiosEl andariego y Se te olvida (La mentira).

Entre las varias anécdotas de su vida, la más llamativa es aquella en que fue secuestrado por Lucio Cabañas, un guerrillero y militante del partido comunista que actuaba contra el gobierno mexicano. En ocasiones, a Cabañas le gustaba cantar, incluso imitaba al gran Jorge Negrete, y secuestró a Carrillo para cantar con él durante tres días. Parece que congeniaron, pues, en verdad, ambos buscaban un ideal social y sus orígenes estaban condicionados por la marginalidad. En efecto, el secuestro pasó a ser convivencia y, como recuerdo, Lucio Cabañas le regaló su rifle y su machete.

Biblioteca Gardeliana: Repatriación de Gardel de Ostuni. En La Opinión de Cabra

http://www.laopiniondecabra.com/ampliar.php?sec=especiales&sub=colaboraciones&art=1461

BIBLIOTECA GARDELIANA 8: REPATRIACIÓN DE GARDEL DE RICARDO OSTUNI

Manuel Guerrero Cabrera

Primera edición:

Ricardo OSTUNI (1995): Repatriación de Gardel. Editorial Club de Tango, Buenos Aires, 300p.

En una de las acepciones repatriar significa reintegrar a alguien a su patria de origen. En el caso de Gardel es reinsertarlo en la geografía de su cuna, el Río de la Plata, un territorio mucho más vasto y más significativo, que el de cualquier lugar determinado de esta misma latitud.

Si después de leer Repatriación de Gardel de Ricardo Ostuni, uno no se ha convencido de que Carlos Gardel no nació en Francia, con casi total seguridad se podría afirmar que no habrá quien lo haga. Ostuni escribió un libro analítico, de contraste de fuentes y citas, con la intención de ser objetivo y, en especial, con mucha conciencia criolla: «Creo que Carlos Gardel es un arquetipo de nuestra identidad cultural, un punto de referencia insoslayable cuando se trata de representar el modelo argentino o, con mayor precisión, el modelo espiritual de la cultura rioplatense» [1]. Y es que el autor tiene «algunas reticencias» sobre las tesis uruguayas, como la de que nació en Tacuarembó (curiosamente, uno de los puntos esenciales) pero no tiene duda de que Gardel no es francés. Sigue leyendo

Una clase desaprovechada. Artículo en Lucenahoy.com

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Hace cosa de de un mes, vi un fragmento de un programa de televisión en el que una alumna de primaria le preguntaba al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, que a «dónde» donaría dinero si pudiera hacerlo a un «sitio», para lo que le daba dos opciones: la Catedral de Notre Dame o replantar el Amazonas. El alcalde, sin dudarlo, optó por la primera ante la sorpresa de la clase. No creo conveniente valorar lo que le dijera el alumnado, que trató de argumentar que el Amazonas es naturaleza; aunque después volveré sobre este punto. Sin embargo, Martínez-Almeida, como mayor de edad, da una explicación tan poco convincente que ningún niño de esa clase le creyó: «[El Amazonas] es el pulmón del mundo, pero la Catedral de Notre Dame es un símbolo de Europa, y nosotros vivimos en Europa. Y la verdad es que os digo una cosa, de las mejores cosas que nos han podido (sic) pasar a España en los últimos años es haber ingresado, treinta ya, en la Unión Europea y compartir una serie de valores…»

Elegir Notre Dame porque se vive en Europa es una preferencia muy torpe para un político. Así, se preferirá cualquier monumento europeo a las pirámides de Egipto, a la gran muralla china o al Taj Mahal. Esto lleva también a una peligrosa apreciación: a Martínez-Almeida no le importó nada la destrucción de Palmira en Siria o la de los Budas gigantes de Bamiyán en Afganistán, porque no eran «símbolos» europeos. El alcalde no debió apelar al lugar de origen, porque llegará el momento en el que considerará más valioso cualquier monumento de Madrid, por ejemplo, la Cibeles, que del resto de España, porque vive allí y es un símbolo innegable de la ciudad; y, entonces, caerá en el mismo error del nacionalismo que exalta ciegamente lo de una región (o un país) frente a lo foráneo. Muy torpe, repito. Y lo de que haber ingresado en la UE es «una de las mejores cosas» está muy bien como argumento para padres y madres, pero para aquella clase diría que no. Hubiera sido interesante ponerle en el aprieto de elegir entre replantar los árboles incendiados en el noroeste peninsular (donde ha sucedido el 44% de los incendios españoles de 2019) o Notre Dame.

Otra cuestión es la certeza de que aquel alumnado estaba enterado sobremanera de lo valiosa que es la naturaleza y, en especial, la del Amazonas, al mismo tiempo que transmitía la sensación de que ignoraban qué valor artístico tenía la catedral parisina, quizá cualquier obra de arte. De todos modos, es de sobra conocido que Martínez-Almeida no está sensibilizado con el medioambiente, como demostró con lo de Madrid Central, y como dejó claro cuando tomó las palabras de aquella clase y repitió que «El Amazonas es el pulmón del planeta», pues no lo es. El verdadero pulmón es el mar, concretamente las plantas marinas que generan el 70% del oxígeno del planeta. En efecto, los maltratados océanos que se siguen cubriendo de plástico y contaminándose por la acción humana… No obstante, aunque no deja de ser terrible que se incendie el Amazonas (este año no más que en los anteriores), los ecosistemas se regeneran, incluso después de los incendios.

Pero lo peor que hizo Martínez-Almeida es haber desaprovechado la oportunidad para hablar de Arte y de haberle transmitido a la clase que este es insustituible y, una vez destruido, es irrecuperable. Pienso en los citados Budas gigantes de Bamiyán, en los desaparecidos mausoleos de Tombuctú o en el Gran Tapiz de Miró que se perdió bajo las Torres Gemelas el 11S. Yo hubiera elegido Notre Dame por esto y no por ser un indolente «símbolo» europeo, pero, en fin, por algo no me dedico a la política.

Repudio del nacionalismo. Artículo en Surdecordoba

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Después de lo ocurrido (y sigue ocurriendo) en Barcelona, me reafirmo en mi convicción de que todo nacionalismo (sea catalán, español u otro) es ideología intolerante, racista, alimentada con la diferenciación del otro, dispuesta a alzar fronteras no solamente en la tierra sino en el interior de cada persona. Después de lo ocurrido en la capital catalana, una ciudad que ha destruido su carácter cosmopolita y abierto con la brutal explosión de odio y violencia, será el nacionalismo el primer paso hacia enfrentamientos peores, augurio de tiempos oscuros que llaman al fascismo (cuando el fascismo es, en verdad, nacionalismo). No podía esperarse otra cosa de una ideología que se ha seguido alimentando aún en el siglo XXI con falsedades, como aquello de que la ciudadanía catalana no tenía los mismos derechos que la española o la europea. Más lamentable es el posicionamiento de los partidos a izquierda y derecha en nuestro país, como si la intolerancia y el odio nacionalista (sea cual sea, insisto) tuviera medias tintas: la derecha animada a echar leña a la hoguera del odio y la izquierda ignorante de lo terrible que es cualquier nacionalismo (sin excepción, insisto). Además, se sigue alimentando desde ambas posturas cierta repulsa hacia la Transición, desde el cinismo de Vox, con su total rechazo a las Autonomías, entre otras cosas, hasta el menosprecio de Podemos que infravalora la democracia a la que dio lugar tras una dictadura.

Es triste que la política actual se vaya limitando a situarse unos contra otros, con el ánimo de trasladar este enfrentamiento a la sociedad, pues así sucede con el nacionalismo: recuérdese cualquier declaración de Torra, Abascal u otro nacionalista.

Lo que más me cuesta comprender es la ceguera hacia uno o varios líderes. No concibo que Barcelona haya ardido por una sentencia judicial hacia unos políticos (que, vea como quiera verse, se habían saltado las leyes, cosa por la que habitualmente hay que rendir cuentas). ¿Tanto fervor merecen hoy, en el siglo XXI, los políticos? ¿Enfrentarse, pelearse, insultarse con alguien por ellos? E, incluso, peor: ¿Gente que apenas puede llegar a fin de mes se enfrenta a la policía por políticos con grandes sueldos? Así, estamos condenados a repetir el siglo XX, salvo que se repudie el nacionalismo (todos, repito).

Las estelas de versos quebrados de Jaime Verdú. Reseña en Lucenahoy

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LAS ESTELAS DE VERSOS QUEBRADOS DE JAIME VERDÚ ORELLANA

Manuel Guerrero Cabrera

 

 

A caballo entre lo cofrade y la poesía, aunque ambos asuntos suelen coincidir en varias ocasiones, conocí a Jaime Verdú Orellana. De lo primero, esencialmente, por haber sido designado Exaltador del Valle para la Cuaresma de este mismo 2019 y, de la segunda, por compartir versos en esa red social llamada Facebook, que con descubrimientos como este hace que valga la pena tener una cuenta. De ahí que, de la pantalla, tomáramos la determinación de conocernos en persona, momento en que me habló de sus ideas poéticas, de la poesía que se escribía en Lucena y de Malagueando, su nuevo libro que se presentará el próximo mes de noviembre. Así, en la siguiente ocasión que coincidimos, en una lectura de poemas en Priego de Córdoba, me entregó su primera publicación, Las estelas de versos quebrados (Alameda, 2017).

La cubierta reproduce el cuadro Mujer asomada a una ventana de Caspar David Friedrich (1822), una buena imagen con doble significado: primero, el poeta se asoma por primera vez a la publicación de poesía y, segundo, la curiosidad del lector por saber qué veremos a través de la ventana, o sea, del libro.

Tras el prólogo de Joaquín Alfredo Abras Santiago, aparecen unas «Notas del autor» en las que Jaime Verdú desvela sus intenciones y desvelos, en el uso retórico de la Humilitas («El que ofrece este poemario ni ostenta la cualidad de poeta ni frecuentó, jamás, las rosaledas intrincadas, que conducen a la lírica en su más bella expresión») que trasluce sinceridad. Entre las intenciones, destaca la temática: «Es un libro cuyos protagonistas son las mujeres, la igualdad de género y sus vicios mundanos (el maltrato, la violencia y el empecinamiento por no reconocer una verdad absoluta: que todos somos iguales, sin distinción de género)».

Las estelas de versos quebrados se divide en tres partes: «Visiones», «Rencores» e «Inquietudes». La primera, «Visiones», se ocupa de poemas relacionados con la persona y parece un planteamiento de las otras dos partes; «Rencores» profundiza en este sentimiento; e «Inquietudes», la última, opta por la idea. Esto se confirma en los subtítulos que cada poema tiene, incluso cuando nos encontramos con el mismo texto en apartados distintos, como si fuera un estadio diferente de lo escrito o una manera distinta de expresar lo mismo.

 

Cruzaré,

los ansiados pasillos del soñar:

que lentamente surgen de la nada.

 

«Cruzaré (Verso quebrado con fortuna)»

 

 

Cruzaré,

ajada

en resentimiento,

los ansiados pasillos del soñar:

que cuelgan en la nada,

y levantan

en las orillas del otoñar.

 

«Cruzaré (Versión moderna)»

 

 

Arriba reproducimos lo que el mismo Jaime Verdú decía de su cualidad de poeta, pero lo cierto es que hallamos en él claros rasgos de poeticidad (según, por ejemplo, lo que expone García Berrio en Teoría de la Literatura), reconociendo la armonía como algo fundamental, aspecto este que Jaime Verdú consigue con acierto en el empleo de recurrencias, que consiguen cierto efecto de musicalidad que hacen grata la lectura de este libro, y que bien demuestran poemas como, entre otros, «Madre, ya es tarde», «Tal vez mañana», los citados «Cruzaré» o «Malagueando»:

 

Por calles y avenidas,

–malagueando–,

los verdiales ya cruzan las esquinas,

los verdiales que te cuentan,

los verdiales que se fueron,

los verdiales                 –verdialeros–

y sin remedio, arrastran los recuerdos,

de tardes,

–enfrascados en debates

ardientes de la joven amistad,

tan reluciente y nueva como el traje

de comunión, que duerme en el armario–,

de castañas vaporosas,

de castañas ondeando,

de castañas bien asadas,

–antes de ser amargas y malditas–.

 

Y, así nos lo dijo también el poeta en sus notas, la mujer, la igualdad y la violencia de género son los temas más presentes e importantes del poemario:

 

Yo confieso:

Ser culpable, en mi destino.

Que viviendo moría: asfixiada.

en la clausura del infierno; ahogada

en huracanes de alcohol; apuñalada

en torbellinos de celos. Moría.

Moría, al cobijo de golpes. Moría.

 

Tras asomarnos a la ventana de los versos de Jaime Verdú Orellana, hemos descubierto que a través de ella se pueden percibir todos los sentidos de la vida y, en especial, expresar un mundo en el que la mujer esté en condiciones de igualdad con el hombre. Jaime Verdú nos lo revela como algo por lo que vale la pena arriesgarse. Incluso a arriesgarse a ser poeta.