La Semana Santa Egabrense según la Guía de Fiestas Populares de Andalucía (1982). Artículo en La Opinión cofrade

(c) Manuel Guerrero Cabrera
El antropólogo Salvador Rodríguez Becerra dirigió la voluminosa Guía de fiestas populares de Andalucía, una obra monumental editada por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, que realiza un recorrido festivo-folclórico por cerca de ochocientas localidades andaluzas, lo que resultó en su tiempo (1982) el primer libro que recogía datos etnográficos básicos sobre las festividades locales. De la provincia de Córdoba se ocuparon Francisco Luque-Romero y José Cobos Ruiz de Adana.

La localidad de Cabra ocupa desde la página 167 a la 177, de las que seis se dedican a las distintas romerías de la Virgen de la Sierra (dieciséis más el listado de «actualmente desaparecidas») y sus fiestas de septiembre, y las dos últimas a la Ermita de la Esperanza (en la que señala únicamente la Fiesta de la Virgen del Rosario, una «velailla» que se hizo en un conjunto de caseríos hasta que se derribó la ermita en 1970) y a Gaena (con especial atención a los mochileros). Quedan tres páginas que, con más o menos atención, refieren las siguientes fiestas: Romería de la Candelaria el primer domingo de febrero, el Carnaval, Fiesta de San Rodrigo el 13 de marzo, Semana Santa (que luego atenderemos), Fiestas de la Cruz de Mayo del 1 al 3 de mayo (en el Cerro), Corpus Christi, Feria y Fiestas de San Juan del 24 al 29 de junio, las Fiestas en Honor a la Virgen de la Paz del 4 al 5 de julio (en la Barriada), la Verbena de Santiago del 25 al 27 de julio (también llamada Verbena del Turista con un concurso de Miss Turista) y las Fiestas del barrio de Santo Domingo en los primeros días de agosto (que desaparecieron en 1969, pero que resurgieron diez años después). La información aportada acerca de nuestras fiestas es interesante, pese a su brevedad. Esta última palabra sirve también para definir el artículo dedicado a la semana Santa, con una extensión de apenas una página y con datos poco representativos sobre la semana mayor de aquellos años.

Aunque el artículo está redactado sin subdivisiones, podemos diferenciar tres partes:

La primera comienza refiriéndonos que ya se celebraba la semana Santa en los siglos XVII y XVIII, aludiendo a diversos artículos del profesor Calvo Poyato que no se citan posteriormente en la bibliografía. Se añade (suponemos que sigue a Calvo Poyato en esta afirmación) que en los siglos citados los cofrades eran amenazados por la jerarquía eclesiástica, a fin de que no celebraran «sus comidas y meriendas, a las que calificaban de indignas». Luego, se enumeran los pasos que procesionaban en jueves Santo en los siglos XVII-XVIII: Entrada en Jerusalén, la Cena, Oración del Huerto y San Pedro en la Cueva (este último, subraya, dependiente de la cofradía de la Veracruz). También comenta que la Iglesia se opuso a las procesiones nocturnas y que, junto a los cofrades, había disciplinantes.

En su parte central, el texto apunta la fundación de la primera cuadrilla de capuchones, «que vestían túnica y capirote blanco, con vivos morados», en 1911 por parte de don Manuel Mora y Aguilar; y, después, menciona que en la mañana del viernes se celebraba el Paso y el Prendimiento por los judíos, quienes junto con los romanos iniciaban la procesión con Jesús Preso, una vez terminan el Prendimiento. Al Preso le seguían la Verónica, la Magdalena, el Nazareno (con la banda de música), Jesús de la Humildad y Paciencia (sacado por los molineros de harina) y la Virgen de los Dolores. De la noche, solamente se indica que la iniciaba la Virgen de las Angustias. Más atención dedica a la mañana del sábado Santo, porque es «la Celebración más importante de esta Semana Santa» que «se da» en torno a la Virgen de la Soledad y Quinta Angustia, «talla del siglo XVI», según el texto. Como se habrá observado, al hablar del sábado Santo, se cambia el verbo al presente («se da»), pues hasta ahora se refería a una semana Santa del pasado y una mala redacción ha hecho que se unan de esta desafortunada manera los datos de siglos anteriores con los actuales, independientemente del error de la «talla del siglo XVI», que es lo único que se dice acerca de una imagen.

La tercera parte comienza «en la actualidad» y habla de la semana Santa de finales de la década de los setenta de forma sucinta. Se mencionan que procesionan veinticuatro hermandades, pero no las nombra, y de ellas destaca «la tradicional y exacta puntualidad que las caracteriza», colocando como ejemplo de esto al Cristo del Socorro. Luego habla del interés que suscitan los judíos que portan a Jesús Preso y el concurso anual de saetas, lamentando finalmente que algunas tradiciones hayan desaparecido, como la de los «Trompeteros», de quienes se dice que «era algo consustancial a la Semana Santa egabrense y que ponía prólogo, base y epílogo a la misma».

En resumen, el artículo es desigual, pues ofrece más información de la semana Santa de antaño que la celebrada entonces, así como no aporta ningún dato artístico de las imágenes ni de su forma de procesionar. Es importante conocer la historia semanasantera, pero esto no disculpa la escasa dedicación a aquella semana Santa de finales de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado.

Por último, en la bibliografía, obviando los títulos generales del sur de Córdoba, únicamente aparecen dos libros vinculados plenamente con Cabra:
Nicolás Albornoz y Portocarrero, Historia de la ciudad de Cabra, Madrid, 1909.
F. Vega Murillo y Aguilar, Historia y Antigüedades de la Nobilísima Ciudad de Aegabra y Villa de Cabra, en la Diócesis de Córdoba en Andalucía, manuscrito, 1668.
Y se mencionan dos periódicos: El egabrense y La opinión. Decenario de la V. de la Sierra.

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Breve reseña de El fuego que no se extingue por Antonio J. Sánchez

En el blog del poeta Antonio J. Sánchez ha aparecido una breve reseña, casi a modo de anotación, sobre El fuego que no se extingue:
http://balancedesituacion.blogspot.com.es/2013/02/el-fuego-que-no-se-extingue-de-manuel.html?m=1
Una visita a Córdoba siempre es agradable, pero mucho más cuando vuelves con un  buen libro de poesía entre las manos. En este caso El Fuego que no se Extingue, de Manuel Guerrero.
Es un libro muy breve, dividido en dos partes: Melange y El mismo Loco Afán. Lo he leído de un tirón, con mucho interés, especialmente la primera parte (los poemas de la segunda parte ya los conocía), y me ha sorprendido, muy gratamente, la capacidad de maduración como poeta de Manuel.
Si de El Desnudo y la Tormenta a Loco Afán (los dos primeros poemarios de Manuel) ya se apreciaba una evolución en su estilo, esa evolución prosigue en El Fuego que no se Extingue. Los temas siguen siendo los mismos: la literatura, el tango, un erotismo sutil y luminoso, el paso del tiempo… La voz de Manuel es muy reconocible. Pero, a la vez, el lenguaje es cada vez más limpio, más cercano, más directo y eficaz. Lo cotidiano (el microondas, la huelga, el centro comercial, la plaza de su ciudad…) cobra presencia. Los poemas se resuelven con brillantez y valentía (“…porque no tengo amor en mis servicios mínimos”). Y hay hallazgos llenos de belleza, como el paralelismo que establece entre las primeras palabras en castellano, pronunciadas por un sesudo académico, y el balbuceo de un niño que interrumpe esa conferencia. O el tangohaiku: tres haikus inspirados en tangos argentinos.
Vista el crecimiento que, de una obra a otra, experimenta la poesía de Manuel, y teniendo en cuenta que su juventud sigue estando insultante, podemos prever que los mejores versos de Manuel Guerrero están por llegar, y que su voz poética va a deslumbrarnos, mucho y bien, en el futuro.

Un tiempo de bosques salvajes de Antonio de Egipto. Reseña en Surdecordoba.com

En la pasada feria de Córdoba, tuve la oportunidad de hacerme con el último libro de Antonio de Egipto, Un tiempo de bosques salvajes. Aunque nacido en Sevilla, al poco su familia se traslada a Cabra, donde crece forjándose su voz poética: Desnudos en la ciudad (2006) y La maleta (2009) son sus anteriores poemarios.
Un tiempo de bosques salvajes es un viaje al recuerdo íntimo del poeta, a la infancia que era la patria para Rilke, una imagen de sí mismo desde hoy al ayer que se nos presenta con una riqueza sensorial muy acertada en lo poético. Así lo observamos en «El encuentro», que abre el poemario, que nos da algunas pistas de cómo se articula el conjunto de la obra:
Versos antiguos me hablan
de un tiempo de bosques salvajes.
[…]
La memoria es el arma que conservo para tenerte.
Como decía, Antonio alude a lo olfativo (flor), lo visual (pájaro), lo auditivo (silencio), lo táctil (piedra) y lo gustativo (labios de yedra), para adentrarnos desde el primer poema en lo que evoca su infancia y que se representan mediante distintas «casas», lugar común de este poemario, caracterizadas muy acertadamente. Por ejemplo, la «Casa I» alude al alejamiento (lejana, distante, desierta) que lleva a la soledad («solos tú y yo /y el viento»). De todas ellas, es probablemente la IV la más sugerente con la referencia al barro, al «membrillo hecho carne en tus manos» o «las patatas horneadas en la leña» (nótese, de nuevo, los sentidos en los versos) y la poderosa imagen final del «vuelo perfecto sobre el agua». Precisamente, el cierre de los poemas es de lo más conseguido de Antonio de Egipto, como demuestra el final de la «Casa VIII»:
Así son los recuerdos:
imágenes clavadas
en cualquier ángulo muerto.
Tanto en este sentido, que nos proporciona el poeta, como el general literario, las imágenes son una de las bases de este volumen. Díez Borque la definía como representación de un objeto por medios sensibles, basándose en Rafael Lapesa, para quien la imagen presta forma sensible a las ideas abstractas y a diversos seres, sucesos, objetos, etc. En Antonio, es así, construyéndose a lo largo de los versos hasta realizarse como metáfora de fuerte y profundo significado, como ocurre en «Las lindes», en «Ultramarinos», una de las mejores composiciones del conjunto, o en «Casa VII»:
Una  mañana marchó al bosque;
días después alguien encontró su cuerpo
junto al río. Deshojaba una flor,
sangraba pétalos.
Para quienes somos del sur de Córdoba, el paisaje que nos presenta es familiar y el poeta personifica y le imprime personalidad a lugares como «El Puente de Hierro» o «Caño Gordo», que son un punto común tangible y a la mano de los lectores.
Por último, en el estilo de este libro resulta llamativo el uso de la enumeración para articular varios de los poemas, como quien hace un ejercicio de recuerdo, pero digamos que resultando un recordatorio poético. Así lo encontramos de forma intensa en «Casa I» (sin voces, sin pisadas, sin camino), «Casa IV» (baldosas, escaleras, cebollas, membrillo, mermelada, patatas, etc.), «Casa VII» (sombreros, chaquetas, paraguas) y en varios poemas más, entre los que destaca la «Poética» final:
Fue un paseo por la ciudad
lo que me trajo de vuelta aquí:
Un colegio de rejas verdes,
un muro encalado,
los gritos de los niños,
los bancos de madera,
el rumor del agua de la fuente […]
O una enumeración extensa, en la que las sugerencias sensitiva y emotiva nos sobrecogen en su composición palabra a palabra. También en la citada «Poética» lo encontramos:
Mi territorio es real e irreal,
Es el recuerdo de los que están
y de los que se fueron, […]
Es un encuentro vital
que aparece y desaparece
con la fuerza del trueno,
con la simpleza del relámpago.
Y en poemas como el también citado «Ultramarinos», en el que se conjuga perfectamente con las imágenes y la sensualidad de su verbo, y «Camino hacia el bosque», con el camino, los tres árboles y el joven se concentran en ese espacio al mismo tiempo real e irreal del recuerdo. Así, la memoria es un arma poética que nos lleva a las historias ocultas del poeta, hechas poesía en Un tiempo de bosques salvajes.

Poemas en la revista Aldaba 20

En el número 20 de Aldaba, editada por la Asociación artístico-literaria Itimad, a la que pertenezco, aparecen unos antiguos versos de inspiración popular, que han titulado Letras flamencas. Estas alegrías y seguidillas formaron parte de un poemario que, rescatado del olvido, escribí entre 2002 y 2004 como continuación de la separata En la Plaza del Potro de Angélica (2002-03).

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El fuego que no se extingue. Aula de Literatura de Priego de Córdoba

Ayer, en el Centro Cultural Adolfo Lozano Sidro de Priego de Córdoba, tuvo lugar la presentación de El fuego que no se extingue de Manuel Guerrero Cabrera, editado por la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Priego de Córdoba, con motivo de la participación del poeta lucentino en el Aula de Literatura de esta localidad. Tras la apertura a cargo del concejal de Cultura, Miguel Forcada, apoyando un nuevo curso del Aula del Literatura, la coordinadora de este, Maricruz Garrido, presentó a Manuel Guerrero, quien realizó una lectura de los poemas publicados y una disertación acerca de la génesis e influjos de ellos.
Más de una treintena de personas se acercó al Centro Cultural Adolfo Lozano Sidro, que entregó un ejemplar a cada asistente. El acto contó con la intervención musical de Manuel Delgado a la guitarra.
Mi agradecimiento va para el citado Centro Cultural, la Delegación de Cultura y Maricruz Garrido.