La vida no vale nada. A José Alfredo Jiménez en Cabra digital y Lucena información

El pasado 23 de noviembre se cumplieron cuarenta años de la muerte de José Alfredo Jiménez (1926-1973). Este hombre fue, y sigue siendo, un poeta muy popular y no iría desencaminado si afirmara que pervive más su obra que su nombre en el cancionero hispano. ¿Quién no reconoce «El rey» y ha cantado lo mejor posible alguna de sus estrofas?
 
Una piedra en el camino
me enseñó que mi destino
era rodar y rodar.
(Rodar y rodar,
rodar y rodar).
 
También escribió la muy conocida «Si nos dejan», aunque resulte menos interesante que la citada «El rey» o la más que sugerente «Amanecí en tus brazos»:
 
Yo me volví a meter
entre tus brazos,
tú me querías decir
no sé qué cosas,
pero callé tu boca con mis besos
y así pasaron muchas, muchas horas…
 
De ahí que ahora se comprenda mejor que lo conocemos más por su obra que por su propio nombre. Lo curioso es que, después de impresionarnos con sus letras, José Alfredo solicitara que su epitafio fuera «La vida no vale nada», sentencia que empleó al comienzo de «Camino de Guanajuato» y que es el título de una recientemente estrenada obra de teatro inspirada en su vida y en sus composiciones. ¿De verdad que la vida no vale nada después de «El rey», si al término de escucharla –preferentemente en su voz o en la de grandes como Chavela Vargas–, podemos decir con Pablo Neruda que «nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos»?
Pero, por supuesto, ante la realidad que nos rodea o la que nos acercan los medios, con la corrupción que devasta las ilusiones y principios democráticos, con la justicia que parece carecer de sentido común, y con la política que asegura hablar de una realidad que no percibimos, este claro mensaje-epitafio de José Alfredo tiene sentido.
Si consideramos señales decadentes lo anteriormente mencionado, hallamos otra musical: la vida no vale nada al enterarnos de que la casa Pleyel, el fabricante de pianos más antiguo, cierra. Evidentemente, José Alfredo no tocó ninguno –pues no sabía tocar ningún instrumento–, pero sí lo hicieron grandes músicos como Ravel, Manuel de Falla o Chopin, quien hizo famosa a la casa; incluso en Mallorca, en el monasterio de Valdemosa, en la celda 4, hay un piano que se dijo que había tocado el músico polaco, aunque, al parecer, no sea así –esta es otra historia. Pleyel, que está considerada como una Empresa de Patrimonio Vivo, según el gobierno francés, no puede soportar los precios bajos de los pianos asiáticos. La desaparición de Pleyel nos demuestra que, en verdad, la vida no vale nada y que lo que la hace valiosa, como la música que sale de nosotros, tarde o temprano, pasará y se perderá para siempre. Al igual que le ocurría al jinete de la canción homónima de José Alfredo:
 Por eso lleva una herida,
por eso busca la muerte.
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