Las estelas de versos quebrados de Jaime Verdú. Reseña en Lucenahoy

https://www.lucenahoy.com/blog/manuel-guerrero/estelas-versos-quebrados-jaime-verdu-orellana/20191014150140073612.html

LAS ESTELAS DE VERSOS QUEBRADOS DE JAIME VERDÚ ORELLANA

Manuel Guerrero Cabrera

 

 

A caballo entre lo cofrade y la poesía, aunque ambos asuntos suelen coincidir en varias ocasiones, conocí a Jaime Verdú Orellana. De lo primero, esencialmente, por haber sido designado Exaltador del Valle para la Cuaresma de este mismo 2019 y, de la segunda, por compartir versos en esa red social llamada Facebook, que con descubrimientos como este hace que valga la pena tener una cuenta. De ahí que, de la pantalla, tomáramos la determinación de conocernos en persona, momento en que me habló de sus ideas poéticas, de la poesía que se escribía en Lucena y de Malagueando, su nuevo libro que se presentará el próximo mes de noviembre. Así, en la siguiente ocasión que coincidimos, en una lectura de poemas en Priego de Córdoba, me entregó su primera publicación, Las estelas de versos quebrados (Alameda, 2017).

La cubierta reproduce el cuadro Mujer asomada a una ventana de Caspar David Friedrich (1822), una buena imagen con doble significado: primero, el poeta se asoma por primera vez a la publicación de poesía y, segundo, la curiosidad del lector por saber qué veremos a través de la ventana, o sea, del libro.

Tras el prólogo de Joaquín Alfredo Abras Santiago, aparecen unas «Notas del autor» en las que Jaime Verdú desvela sus intenciones y desvelos, en el uso retórico de la Humilitas («El que ofrece este poemario ni ostenta la cualidad de poeta ni frecuentó, jamás, las rosaledas intrincadas, que conducen a la lírica en su más bella expresión») que trasluce sinceridad. Entre las intenciones, destaca la temática: «Es un libro cuyos protagonistas son las mujeres, la igualdad de género y sus vicios mundanos (el maltrato, la violencia y el empecinamiento por no reconocer una verdad absoluta: que todos somos iguales, sin distinción de género)».

Las estelas de versos quebrados se divide en tres partes: «Visiones», «Rencores» e «Inquietudes». La primera, «Visiones», se ocupa de poemas relacionados con la persona y parece un planteamiento de las otras dos partes; «Rencores» profundiza en este sentimiento; e «Inquietudes», la última, opta por la idea. Esto se confirma en los subtítulos que cada poema tiene, incluso cuando nos encontramos con el mismo texto en apartados distintos, como si fuera un estadio diferente de lo escrito o una manera distinta de expresar lo mismo.

 

Cruzaré,

los ansiados pasillos del soñar:

que lentamente surgen de la nada.

 

«Cruzaré (Verso quebrado con fortuna)»

 

 

Cruzaré,

ajada

en resentimiento,

los ansiados pasillos del soñar:

que cuelgan en la nada,

y levantan

en las orillas del otoñar.

 

«Cruzaré (Versión moderna)»

 

 

Arriba reproducimos lo que el mismo Jaime Verdú decía de su cualidad de poeta, pero lo cierto es que hallamos en él claros rasgos de poeticidad (según, por ejemplo, lo que expone García Berrio en Teoría de la Literatura), reconociendo la armonía como algo fundamental, aspecto este que Jaime Verdú consigue con acierto en el empleo de recurrencias, que consiguen cierto efecto de musicalidad que hacen grata la lectura de este libro, y que bien demuestran poemas como, entre otros, «Madre, ya es tarde», «Tal vez mañana», los citados «Cruzaré» o «Malagueando»:

 

Por calles y avenidas,

–malagueando–,

los verdiales ya cruzan las esquinas,

los verdiales que te cuentan,

los verdiales que se fueron,

los verdiales                 –verdialeros–

y sin remedio, arrastran los recuerdos,

de tardes,

–enfrascados en debates

ardientes de la joven amistad,

tan reluciente y nueva como el traje

de comunión, que duerme en el armario–,

de castañas vaporosas,

de castañas ondeando,

de castañas bien asadas,

–antes de ser amargas y malditas–.

 

Y, así nos lo dijo también el poeta en sus notas, la mujer, la igualdad y la violencia de género son los temas más presentes e importantes del poemario:

 

Yo confieso:

Ser culpable, en mi destino.

Que viviendo moría: asfixiada.

en la clausura del infierno; ahogada

en huracanes de alcohol; apuñalada

en torbellinos de celos. Moría.

Moría, al cobijo de golpes. Moría.

 

Tras asomarnos a la ventana de los versos de Jaime Verdú Orellana, hemos descubierto que a través de ella se pueden percibir todos los sentidos de la vida y, en especial, expresar un mundo en el que la mujer esté en condiciones de igualdad con el hombre. Jaime Verdú nos lo revela como algo por lo que vale la pena arriesgarse. Incluso a arriesgarse a ser poeta.

Seis películas. Artículo en Surdecordoba.com

https://www.surdecordoba.com/opiniones/manuel-guerrero-cabrera/seis-peliculas

Un año más, me animo a escribir sobre las películas que he podido ver este verano. Así, si el pasado destaqué cinco, en esta ocasión sean seis, para que haya continuidad y para que el año que viene, si Dios quiere, hable sobre siete.

Si el año pasado confesaba de pasada que me aburrió Infinity War, aquí admito que Endgame, su continuación, no solo no lo ha hecho, sino que me ha parecido de las mejores películas de superhéroes de los últimos años, por su buena narración, su final sorprendente e inesperado y, por qué no, por ver a los casi todopoderosos superhéroes abatidos y con un aspecto inusual (en especial, Thor).

Aunque he visto otras, que no merecen comentarse aquí, dejo a un lado las superproducciones actuales, para recomendar algo muy distinto: el documental (en tres capítulos) La guerra en Hollywood dirigido por Laurent Bouzereau, que muestra la participación en la guerra de los directores del cine de Hollywood John Ford, William Wyler, Frank Capra, John Houston y George Stevens (me he quedado atónito al saber que este último, uno de los mejores directores de comedias en los años 30, no pudo volver a hacer ninguna después de descubrir y grabar los campos de concentración nazis). Tras visionar todos los capítulos, quise recordar varias de las películas que en ellos se mencionaban. No quiero hacer de este artículo una retahíla de grandes títulos, pero, si he de elegir uno, solamente un título: Los mejores años de nuestra vida de William Wyler. La inadaptación de los soldados que vuelven a casa, las inseguridades y los miedos, los brillantes diálogos, las estupendas escenas y usos de la cámara, la maestría de Wyler en definitiva… Inolvidable es el momento en el que el capitán Fred Berry va al cementerio de aviones y se mete dentro de uno en un momento de intensión interior.

Sigo con cine clásico, aunque no bélico. Mi hermano había conseguido varias cintas de vídeo (VHS) de títulos clásicos y casi todas las había visto, pero había una titulada Bola de fuego de la que tenía noticia por primera vez. Los protagonistas eran Gary Cooper, en un papel que nunca hubiera imaginado que podría haber interpretado, y una fabulosa Barbara Stanwyck, que me recordó el verso de Luis Alberto de Cuenca: [Tienes] «un alma de película de Hawks», pues, en efecto, la película era de este director. Está maravillosa Barbara Stanwyck, hace una interpretación con tal fuerza y carisma que es difícil de olvidar.

Damos un gran salto hacia el cine actual para mencionar otra actuación que no se va del recuerdo fácilmente: la de la francesa Emmanuel Seigner en La Venus de las pieles de Roman Polanski. Esta película trata de cómo una actriz llega tarde a una audición y de cómo interpreta y fascina al director, interpretado por Mathieu Amalric. También yo quedé fascinado y, probablemente, acabaría como el citado Amalric.

La sexta película que traigo aquí es Uno tras otro (2014, de Hans Petter Moland) que ahora ha tenido una nueva versión del mismo director pero con otros protagonistas que le ha salido menos interesante que la original. Es una película sobre venganza, la de un padre contra unos traficantes de drogas que han matado a su hijo sin motivo. Ciertamente, no está a la altura de las anteriormente mencionadas y el actor que hace de antagonista (un tal Pal Sverre) aporta una actuación horrible; pero, contra todo pronóstico, está bien resuelta y la sucesión de esquelas, cada vez que moría algún personaje, causa una sensación entre curiosa y ocurrente.

En los dos anteriores artículos no mencioné ninguna película española. Aquí voy a traer un título, aunque en verdad se trata de un documental: El asesino de Pedralbes, de Gonzalo Herralde, de 1978. Resulta un tremendo análisis sobre José Luis Cerveto, desde su infancia hasta el momento posterior al juicio que en principio le condenó a dos penas de muerte (ambas fueron conmutadas por condenas de varios años en prisión). Impacta el relato del asesinato por el propio Cerveto, sus obsesiones sexuales y algunas cuestiones sociales que se ponen de manifiesto en el documental. Destaca la mala técnica de la cámara, con tomas desenfocadas o mal encuadradas (parece ser que no pudieron repetirse), aspectos que parecen complementar al repulsivo protagonista.