Un foto poco conocida de Carlos Gardel. En Surdecordoba.com

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Carlos Gardel, el rey indiscutible del tango, realizó desde 1930 (aunque previamente había participado en una película muda) una carrera cinematográfica en los estudios de la Paramount en Joinville (Francia). Debido a sus éxitos y, en especial, a su constancia, consiguió rodar para la Paramount en Estados Unidos, en 1934, las películas Cuesta abajo y El tango en Broadway y, a principios de 1935, El día que me quieras y Tango Bar también con la Paramount. Gardel había conseguido ser una estrella del celuloide, ayudado por su voz y por su aspecto; era muy querido en distintos países de habla hispana, sobre todo por las mujeres; y la prensa alimentaba su luz.

Foto Cine Mundial Carlos Gardel

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Libros para hacer lectores. Artículo en Surdecordoba.com

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Cursaba 6º de EGB: yo apenas leía más que otros compañeros (un libro por trimestre, y ya había entregado la ficha –datos y resumen– correspondiente al de aquel trimestre), así que me presento un lunes con las fichas de los dos libros que me habían atrapado el fin de semana. Era la primera vez que me ocurría. Jamás olvidaré la conversación con aquella maestra:

–Le entrego las fichas de los dos libros que me he leído –le dije.
–No es verdad. Tú no has leído estos libros.
–Sí lo he hecho. Es que me han gustado mucho.
–Me cuesta creerte.
Decepcionado, tomé las fichas para llevármelas:
–¿Qué haces? Déjamelas en la mesa –me ordenó.

Los alegres viajeros de Marcelle Lerme-Walter, que trata de un niño y una niña (aún recuerdo que ella se llamaba Ágata) que con un artefacto mágico viajan por distintos lugares y hasta resuelven un problema, y Pájaro rojo de Irlanda de Sondra Gordon Langford, sobre una chica irlandesa que tiene que emigrar con su familia, fueron los dos libros que presenté a aquella maestra y que me engancharon a la lectura. Los dos pertenecían a la colección de El barco de vapor. Lo curioso fue que leí uno detrás del otro, que los dos me encantaron, y eso no me ha vuelto a pasar. Guardo en mi memoria momentos inolvidables, como la primera vez que leí a Miguel Hernández en el patio del Marqués de Comares, tras haberme saltado una clase; o cuando acabé Maus de Spiegelman de madrugada, a tres horas de que sonara el despertador para ir a trabajar; o cuando Lara Cantizani me descubrió a Luis Alberto de Cuenca, antes de preparar el nº 8 de la revista Saigón; pero nada de esto sucedió de seguido, sino muy espaciado en el tiempo.

En la última estancia en el hospital, indeseada como todas, le descubrí a mi hija el cuarto de juegos y yo en él una biblioteca. Era variada, aunque predominaban los cuentos tradicionales, esos que hoy censuran, prohíben o retiran de bibliotecas escolares por una estúpida y sesgada visión del sexismo y del feminismo… pero no es este el asunto de este artículo. Comentaba que había un buen número de volúmenes de cuentos tradicionales, seguido de libros de narrativa infantil y juvenil actuales. También había de poesía, algunos de teatro y de cómic (Asterix, principalmente). Tras varias inspecciones, siempre acababa con los mismos libros en las manos: los de la colección de El barco de vapor; pero me refiero a las ediciones de esta colección que llenaron la vida de los escolares en los ochenta y en los noventa, como los que mencionaba arriba, no a las reediciones y nuevos títulos que han ampliado la colección en el siglo XXI. Confieso que no me pude resistir a leer El pirata Garrapata (de 1982, que se dice pronto) de Juan Muñoz Martín (quien, por cierto, en mayo cumplió 90 años, que también fue el autor de los libros de Fray Perico –del que no encontré ningún ejemplar allí–, y que llegó a ser en los noventa uno de los autores más leídos por los niños); pensaba decir releer, pero, como lo había olvidado completamente después de más de veinticinco años sin hacerlo, creo que lo correcto es emplear el verbo sin la partícula re-El pirata Garrapata es ingenioso y divertido, aunque en los tiempos inciertos de hoy para el humor desenfadado y que delata las carencias de los personajes no sería comprendido. En serio, el libro ardería hoy en Twitter en un auto de fe digital. Otro de los libros de El barco de vapor, que leí y que me atrapó, fue El fabricante de lluvia de William Camus, un libro que en su momento se catalogó de juvenil porque el protagonista era un adolescente, pues su contenido con algunos capítulos violentos y detalles polémicos (un padre borracho, una biblia que oculta una botella de alcohol, un menor que trabaja, la desconfianza hacia el género humano y los representantes de la justicia, la ausencia de mujeres con buenas pretensiones, disparos a bocajarro en la cabeza…) sería muy discutido hoy para recomendarlo en clase, pero tiene algo de lo que adolecen varios de los títulos actuales juveniles e, incluso, adultos: una narración fascinante que atrapa, una construcción muy acertada de los dos protagonistas, una buena muestra de la sociedad y de los problemas de convivencia sin reservas (la historia se sitúa en los Estados Unidos de principios del siglo XIX) y, en especial, una sólida historia con un principio, con momentos en el desarrollo y un final sorprendentes, además de que tiene una gran ventaja: el libro también funciona para adultos, podrían leerlo a la vez los distintos miembros de la familia.

No sé que tienen aquellos libros de El barco de vapor naranjas y rojos para que consiguieran hacer tanto por la lectura, para que consiguieran alentar el alma lectora de tantos jóvenes, incluso pasados más de veinte años.

Poetas guapos y políticos grotescos. Artículo en Surdecordoba.com

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Así descenderemos de nuestro pedestal,

de nuestra pobre estatua. Y a cantar entraremos

a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,

sin el brillo del lente polvoriento.

MIGUEL HERNÁNDEZ

Al entrar a clase, la alumna me preguntó por Miguel Hernández. Imagínense: mis ojos se iluminaron, dirigí la vista hacia la ventana y vi el día más luminoso que de costumbre. Con espíritu palpitante, tomé aire y le conté una muy resumida biografía del poeta. Luego, todo se volvió sombrío: me enseñó un libro de poemas de un tal Jaime Lorente: «es que hay aquí un poema donde aparece su nombre». Se lo pedí y, nada más tenerlo en las manos, me saltó la foto del autor en la faja del libro. Se me escapó un qué guapo que ella oyó: «He comprado el libro porque me gusta el actor, es muy guapo», me confiesa. Hojeé el libro y leí varios textos para descubrir que Jaime es hijo de la poesía ñoñamente sensiblera de esos que sabemos (no pienso mencionarlos en el mismo texto que Hernández, no lo merecen) y que, una vez leído el poema alusivo al poeta oriolano, estaba seguro de que a él le habían contado, como yo había hecho con la alumna, la vida de Hernández malamente, así como lo estaba de que había leído los poemas más conocidos de él sin asimilar su poética ni sus circunstancias vitales. En resumidas cuentas, ensuciaba la poesía de Hernández. Sigue leyendo

Pablo Casado no lee a Antonio Machado. Artículo en Surdecordoba.com

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En 2016 escribí sobre el disparate de miembros de Podemos que igualaron, nada más y nada menos, que al comprometido poeta Miguel Hernández con el violento sindicalista Andrés Bódalo; el primero, condenado por el fascismo debido a su republicanismo e ideología; el segundo, Bódalo, condenado por golpear a un concejal en un régimen democrático. Lo de «tristes armas si no son las palabras» Bódalo no lo había leído ni comprendido en su vida. Quién diría que este tipo tendría algo en común con Pablo Casado, el líder del PP, que parece que tampoco haya leído ni haya entendido a Antonio Machado, cuando en la memoria del octogésimo (80º) aniversario de su fallecimiento, no tuvo otra ocurrencia que tuitear lo siguiente:

Hoy que recordamos a #AntonioMachado, es un buen día para felicitarnos todos los españoles por la maravillosa lengua que compartimos con millones de hablantes en todo el mundo. El poeta y su poesía siguen siendo una de las cumbres de nuestro idioma.

El modo en que murió Antonio Machado nunca debe ser motivo para felicitarnos por nada, ni siquiera por nuestra maravillosa lengua (que lo es). Precisamente, el poeta sevillano tuvo que abandonar España para huir de tipos como el líder del PP, que no duda en buscar la confrontación política y no respeta al rival, que confunde con el enemigo. No entiendo con qué intención se puede recordar a Antonio Machado y semanas después anunciar una propuesta que suena a racista desde antes de pronunciarla: aplazar la expulsión de madres inmigrantes que den sus hijos en adopción al dar a luz; es decir, no solamente matiza que haya seres humanos que pierden sus derechos (la madre y el recién nacido, por consiguiente), sino también que no le tiembla la voz al avisar de una separación convenida de una madre biológica y su hijo, porque tienen la mala fortuna de ser inmigrantes. Me imagino la situación: o vives aquí sin tu hijo o te marchas con él… Menudo desprecio a todo lo conseguido en el siglo XX. Menudo desprecio al ideario de Machado.

Por lo tanto, Pablo Casado ignora que «el poeta y la poesía siguen siendo una de las cumbres de nuestro idioma» porque quienes han leído al poeta y su poesía los hacen suyos. No por mucho decirlo se acaba creyendo. Si Casado hubiera leído, y comprendido, y hecho suyo, a Machado, reflexionaría (que es algo de lo que se carece en el panorama político actual) y se tatuaría como emblema:

Busca a tu complementario,
que marcha siempre contigo,
y suele ser tu contrario.

Los gestos. Artículo en Surdecordoba

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En los últimos días de febrero, el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, visitó las tumbas de Antonio Machado y de Manuel Azaña, ambas en Francia, debido al exilio que sufrieron por la Guerra Civil y la terrible suerte que les hubiera esperado de haber sido apresados por el bando franquista. Debo reconocer que me ha sorprendido gratamente este gesto del presidente: recordar a dos de los grandes hombres de la Cultura y de la Historia de nuestro país por todas las personas que se exiliaron hace ochenta años merece mi respeto y reconocimiento, y debería serlo para el conjunto de España. Sigue leyendo

La arroba vence. Artículo en Surdecordoba.com

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Cuando vi el cartel en aquel centro educativo, me di cuenta de que se había «normalizado» tanto que nada se podía hacer. En aquel papel se daba la relación de «alumn@s» que asistirían a una actividad extraescolar. Vaya. Con la arroba como marcador de género de la palabra. Aunque su uso marque el de las personas.

Desde Internet, pasando por las redes sociales, el uso de la arroba dio el salto a los carteles publicitarios, propaganda política e, incluso, agendas culturales. Lo que debería de haber sido un elemento decorativo acabó convirtiéndose en un símbolo de la inclusión de género, con buena voluntad, pero también con la ignorancia de las normas lingüísticas elementales, pues la arroba es un símbolo y no una letra. Posteriormente, la arroba ha ido apareciendo de libros de temática de género a la de cualquier género literario. Y, ahora, en los centros educativos.

La arroba ha ido desplazando a opciones lingüísticamente válidas y que hoy recuerdo con nostalgia: la barra con la o y la a (ciudadano/a) o el uso de un sustantivo que englobe todo (ciudadanía). Porque, lamentablemente, por mucho que insista la RAE, cada vez menos hablantes parecen creer que el masculino sirva para el género no marcado (del mismo modo que neciamente hay quien pone todas las palabras acabadas en o en a, como «libro» que pasa a «libra» o «radio» a «radia», pero de manera selectiva, porque, curiosamente, con lo negativo no se estila, nunca cambian «odio» en «odia»). En definitiva, no hubiera estado mal que hubiera aparecido «alumnado» en aquel listado del que hablo al principio: es correcto y no cometemos ninguna mezcla extraña de símbolos y letras.

No obstante, sería oportuno aludir aquí a un error habitual que echa por tierra todo lo inclusivo que se quiera ser con la arroba. Es muy frecuente encontrarse el símbolo en los sustantivos y en los adjetivos, pero no en los determinantes. Por ejemplo, en el último curso que he realizado a distancia, leía «los usuari@s». Igual he visto en otros lugares «estos ciudadan@s» y casos similares. Si se quiere emplear la arroba para marcar todos los géneros, atiendan a los determinantes que también lo señalan. De igual modo, evítese fantochadas y sandeces como utilizar este símbolo en palabras que no lo necesitan: «joven@s», «trist@s» o «egabrens@s»; o ese extraño uso de la equis. Una cosa es no saber hacer un uso correcto de la lengua y otra es inventarse situaciones de género que el léxico de por sí resuelve.