¿Quiénes son mujeres? Artículo en Surdecordoba.com

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En el Twitter de Ca La Dona, un espacio de difusión y reflexión sobre feminismo, de Barcelona, se subió un cartel de una convocatoria de asamblea. Rezaba este en letras grandes: «4a Assemblea General 8M 2020»; y, justo abajo, con otra tipografía, menos grande y menos resaltada: «convocatòria oberta a dones, lesbianes i trans». El resto del cartel era la indicación de la fecha y el lugar, junto con unas ilustraciones del pelo, gafas y brazos de cuatro mujeres, estos cogidos en cadena uno con otro. Sigue leyendo

Penélope ya no me lee. Artículo en Surdecordoba.com

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PENÉLOPE YA NO ME LEE

(c) Manuel Guerrero Cabrera

 

 

A Penélope la conocí en 2012 del mismo modo en que he conocido a mucha gente que, de pronto, te acompaña el resto de la vida: gracias a los libros. Como Don Quijote, Ignatius J. Reilly, D’Artagnan o Matilda, entre muchos otros nombres, Penélope era la protagonista de una novela… ¡Ah! No, no me refiero a aquella mujer que esperaba en Ítaca a Odiseo, «un fullero / de quien nadie se fía. Un sinvergüenza», en palabras de Helena de Troya en el fenomenal poema de Luis Alberto de Cuenca. Penélope, como decía, era protagonista de una novela que tenía por título El atleta sin memoria, cuyo autor es Fernando G. Mancha, a quien le debo que algunos de mis primeros libros hubieran visto la luz. El autor, una vez cerró el sello comercial en el que se publicaban sus obras, optó por lanzarlas en el de Amazon, en el que parece irle bien. Allí se pueden encontrar, junto a la ya citada El atleta sin memoria, El viejo cocinero (Cécile o las estrellas), El cuerpo desobediente o Eterna Brisa. En Amazon no había podido seguirle, pese a que él me avisaba de la publicación para Kindle (ebook) de sus obras; hasta que desde finales del año pasado, decidí recuperar la lectura en formato electrónico (el último lo tuve hace casi una década). Entre los primeros títulos que compré estaban algunos de Fernando G. Mancha, concretamente los que no había tenido en papel; así, por ejemplo, descubrí esa novela maravillosa llamada Eterna Brisa, que he mencionado antes y que recomiendo desde estas líneas. Después, sinceramente, me entraron ganas de encontrarme de nuevo con Penélope y me descargué El atleta sin memoria.

No he comentado que uno de los motivos para que Penélope se quedara conmigo fue que en 2012 ella decía que yo era uno de los poetas que leía asiduamente. Esto me hizo mucha ilusión, porque quizá no tenga muchos lectores de carne y hueso, pero uno de papel era bastante importante (supongo que algo parecido a lo que debió sentir Gaspar Llamazares, cuando alrededor de 2002 –entonces era coordinador general de Izquierda Unida– vio que por fin aparecía su muñeco en las noticias de los guiñoles después de tanto solicitarlo); había traspasado el límite de la realidad y había alcanzado el de la ficción. Mas no todo es eterno, pues en la nueva edición para Kindle, de 2017, Penélope ya no me lee. Incluso es posible que me haya olvidado. Me quiero convencer de que ha sido porque ya no le gusta cómo escribo o que no he tenido la gentileza de dedicarle un poema; sin embargo, intuyo perfectamente el verdadero motivo: la he tratado como si no existiera de verdad. A Don Quijote me lo he imaginado mucho fuera de las páginas al lado de Sancho Panza observando la extraña sociedad actual, a Ignatius también, por ejemplo, cuando voy al cine; o a Matilda, que la he visto en el patio del cole de mi hija. Sin embargo, nunca he pensado el modo en que Penélope asistiría a alguno de mis recitales, el aroma de café con el que leería mis libros, o su voz al declamar en voz alta versos como estos que titulé «Olvidos» no hace mucho y que hoy, quién iba a decírmelo, le dedico:

 

Se me olvidan las cosas simples o cotidianas,

aquellas que no tienen importancia.

Nunca recuerdo si he apagado la plancha

o si he sacado el tupper de mi soledad

del congelador.

No es lo mismo, lo sé,

que devolver una llamada en el trabajo

o recoger a tus sobrinos del cole.

Es diferente, como desenchufar

por las mañanas el móvil al que no llamas

con la carga completa de tu indiferencia.

Se me olvidan las cosas simples como

colocar un cubierto menos en nuestra mesa

o comer más rabillos de pasas, simplemente

para acordarme de que ya no estás.

 

Penélope, ahora que no estás, ¿quieres ser mi lectora de nuevo?

Sabor a luz de luna. En Surdecordoba.com

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No quisiera terminar este 2019 sin recordar, aunque sea con este breve artículo, a Álvaro Carrillo, uno de los grandes compositores y cantantes de la música popular de México. En verdad, podría decirse que hay un triple motivo para ello: en primer lugar, Carrillo nació hace cien años, en 1919, en una ranchería de Cacahuatepec (Oaxaca, México); en segundo lugar, falleció hace cincuenta, en 1969, en un accidente de tráfico a pocos kilómetros de Ciudad de México; y, por último, es autor de dos de mis canciones favoritas, el conocido bolero Sabor a mí y la magnífica Luz de luna.

Yo siento tus amarras como garfios, como garras
que me ahogan en la playa de la farra y del dolor.
Si llevo tus cadenas a rastras en la noche callada,
que sea plenilunada, azul como ninguna,
pues desde que te fuiste
no he tenido luz de luna.

En el blog escrito por el hijo de nuestro autor (saboramipadre.blogspot.com), se cuenta la anécdota de la que surgió Luz de luna: Álvaro estudiaba en la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, una institución militar en la que el rector quiso que una noche de viernes nuestro compositor cantara ante unos invitados, pero este se negó porque había quedado con una mujer; como el rector no pudo convencer a nuestro autor, no tuvo otra opción que arrestarlo y, así, obligado a permanecer en una celda, contemplaba la luna que iluminaba el patio de la escuela, lo que dio origen a esta canción. En ese mismo blog se recoge una anécdota con Octavio Paz en el que este le hace un comentario a Mario, hijo de Álvaro Carrillo, sobre el adjetivo «plenilunada», que resulta ser una invención del cantante: «”Plenilunada” debería ser considerada una aportación de Álvaro Carrillo a la poesía en español».

Sabor a mí fue escrita a finales de 1957, a partir de la anécdota de una cena, en la que tras beber whisky, el cantante besaba a su mujer. Esta le dijo que, de tanto besarla, la estaba emborrachando, a lo que él replicó: «lo que tienes en la boca no es sabor a whisky, es sabor a mí». Este bolero fue una de las primeras canciones en incluirse en antologías de poesía, como la de Gabriel Zaid sobre México, en la que se aporta la letra (también aparece el conocido Bésame mucho de Consuelo Velázquez y varios títulos de Agustín Lara).

No pretendo ser tu dueño.
No soy nada, yo no tengo vanidad.
De mi vida doy lo bueno,
soy tan pobre, ¿qué otra cosa puedo dar?

Aunque Carrillo lograría el título de ingeniero agrónomo, su pasión fue la música. Autor de más de 300 canciones, también le pertenecen Sabrá DiosEl andariego y Se te olvida (La mentira).

Entre las varias anécdotas de su vida, la más llamativa es aquella en que fue secuestrado por Lucio Cabañas, un guerrillero y militante del partido comunista que actuaba contra el gobierno mexicano. En ocasiones, a Cabañas le gustaba cantar, incluso imitaba al gran Jorge Negrete, y secuestró a Carrillo para cantar con él durante tres días. Parece que congeniaron, pues, en verdad, ambos buscaban un ideal social y sus orígenes estaban condicionados por la marginalidad. En efecto, el secuestro pasó a ser convivencia y, como recuerdo, Lucio Cabañas le regaló su rifle y su machete.

Repudio del nacionalismo. Artículo en Surdecordoba

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Después de lo ocurrido (y sigue ocurriendo) en Barcelona, me reafirmo en mi convicción de que todo nacionalismo (sea catalán, español u otro) es ideología intolerante, racista, alimentada con la diferenciación del otro, dispuesta a alzar fronteras no solamente en la tierra sino en el interior de cada persona. Después de lo ocurrido en la capital catalana, una ciudad que ha destruido su carácter cosmopolita y abierto con la brutal explosión de odio y violencia, será el nacionalismo el primer paso hacia enfrentamientos peores, augurio de tiempos oscuros que llaman al fascismo (cuando el fascismo es, en verdad, nacionalismo). No podía esperarse otra cosa de una ideología que se ha seguido alimentando aún en el siglo XXI con falsedades, como aquello de que la ciudadanía catalana no tenía los mismos derechos que la española o la europea. Más lamentable es el posicionamiento de los partidos a izquierda y derecha en nuestro país, como si la intolerancia y el odio nacionalista (sea cual sea, insisto) tuviera medias tintas: la derecha animada a echar leña a la hoguera del odio y la izquierda ignorante de lo terrible que es cualquier nacionalismo (sin excepción, insisto). Además, se sigue alimentando desde ambas posturas cierta repulsa hacia la Transición, desde el cinismo de Vox, con su total rechazo a las Autonomías, entre otras cosas, hasta el menosprecio de Podemos que infravalora la democracia a la que dio lugar tras una dictadura.

Es triste que la política actual se vaya limitando a situarse unos contra otros, con el ánimo de trasladar este enfrentamiento a la sociedad, pues así sucede con el nacionalismo: recuérdese cualquier declaración de Torra, Abascal u otro nacionalista.

Lo que más me cuesta comprender es la ceguera hacia uno o varios líderes. No concibo que Barcelona haya ardido por una sentencia judicial hacia unos políticos (que, vea como quiera verse, se habían saltado las leyes, cosa por la que habitualmente hay que rendir cuentas). ¿Tanto fervor merecen hoy, en el siglo XXI, los políticos? ¿Enfrentarse, pelearse, insultarse con alguien por ellos? E, incluso, peor: ¿Gente que apenas puede llegar a fin de mes se enfrenta a la policía por políticos con grandes sueldos? Así, estamos condenados a repetir el siglo XX, salvo que se repudie el nacionalismo (todos, repito).

Seis películas. Artículo en Surdecordoba.com

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Un año más, me animo a escribir sobre las películas que he podido ver este verano. Así, si el pasado destaqué cinco, en esta ocasión sean seis, para que haya continuidad y para que el año que viene, si Dios quiere, hable sobre siete.

Si el año pasado confesaba de pasada que me aburrió Infinity War, aquí admito que Endgame, su continuación, no solo no lo ha hecho, sino que me ha parecido de las mejores películas de superhéroes de los últimos años, por su buena narración, su final sorprendente e inesperado y, por qué no, por ver a los casi todopoderosos superhéroes abatidos y con un aspecto inusual (en especial, Thor).

Aunque he visto otras, que no merecen comentarse aquí, dejo a un lado las superproducciones actuales, para recomendar algo muy distinto: el documental (en tres capítulos) La guerra en Hollywood dirigido por Laurent Bouzereau, que muestra la participación en la guerra de los directores del cine de Hollywood John Ford, William Wyler, Frank Capra, John Houston y George Stevens (me he quedado atónito al saber que este último, uno de los mejores directores de comedias en los años 30, no pudo volver a hacer ninguna después de descubrir y grabar los campos de concentración nazis). Tras visionar todos los capítulos, quise recordar varias de las películas que en ellos se mencionaban. No quiero hacer de este artículo una retahíla de grandes títulos, pero, si he de elegir uno, solamente un título: Los mejores años de nuestra vida de William Wyler. La inadaptación de los soldados que vuelven a casa, las inseguridades y los miedos, los brillantes diálogos, las estupendas escenas y usos de la cámara, la maestría de Wyler en definitiva… Inolvidable es el momento en el que el capitán Fred Berry va al cementerio de aviones y se mete dentro de uno en un momento de intensión interior.

Sigo con cine clásico, aunque no bélico. Mi hermano había conseguido varias cintas de vídeo (VHS) de títulos clásicos y casi todas las había visto, pero había una titulada Bola de fuego de la que tenía noticia por primera vez. Los protagonistas eran Gary Cooper, en un papel que nunca hubiera imaginado que podría haber interpretado, y una fabulosa Barbara Stanwyck, que me recordó el verso de Luis Alberto de Cuenca: [Tienes] «un alma de película de Hawks», pues, en efecto, la película era de este director. Está maravillosa Barbara Stanwyck, hace una interpretación con tal fuerza y carisma que es difícil de olvidar.

Damos un gran salto hacia el cine actual para mencionar otra actuación que no se va del recuerdo fácilmente: la de la francesa Emmanuel Seigner en La Venus de las pieles de Roman Polanski. Esta película trata de cómo una actriz llega tarde a una audición y de cómo interpreta y fascina al director, interpretado por Mathieu Amalric. También yo quedé fascinado y, probablemente, acabaría como el citado Amalric.

La sexta película que traigo aquí es Uno tras otro (2014, de Hans Petter Moland) que ahora ha tenido una nueva versión del mismo director pero con otros protagonistas que le ha salido menos interesante que la original. Es una película sobre venganza, la de un padre contra unos traficantes de drogas que han matado a su hijo sin motivo. Ciertamente, no está a la altura de las anteriormente mencionadas y el actor que hace de antagonista (un tal Pal Sverre) aporta una actuación horrible; pero, contra todo pronóstico, está bien resuelta y la sucesión de esquelas, cada vez que moría algún personaje, causa una sensación entre curiosa y ocurrente.

En los dos anteriores artículos no mencioné ninguna película española. Aquí voy a traer un título, aunque en verdad se trata de un documental: El asesino de Pedralbes, de Gonzalo Herralde, de 1978. Resulta un tremendo análisis sobre José Luis Cerveto, desde su infancia hasta el momento posterior al juicio que en principio le condenó a dos penas de muerte (ambas fueron conmutadas por condenas de varios años en prisión). Impacta el relato del asesinato por el propio Cerveto, sus obsesiones sexuales y algunas cuestiones sociales que se ponen de manifiesto en el documental. Destaca la mala técnica de la cámara, con tomas desenfocadas o mal encuadradas (parece ser que no pudieron repetirse), aspectos que parecen complementar al repulsivo protagonista.

Un foto poco conocida de Carlos Gardel. En Surdecordoba.com

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Carlos Gardel, el rey indiscutible del tango, realizó desde 1930 (aunque previamente había participado en una película muda) una carrera cinematográfica en los estudios de la Paramount en Joinville (Francia). Debido a sus éxitos y, en especial, a su constancia, consiguió rodar para la Paramount en Estados Unidos, en 1934, las películas Cuesta abajo y El tango en Broadway y, a principios de 1935, El día que me quieras y Tango Bar también con la Paramount. Gardel había conseguido ser una estrella del celuloide, ayudado por su voz y por su aspecto; era muy querido en distintos países de habla hispana, sobre todo por las mujeres; y la prensa alimentaba su luz.

Foto Cine Mundial Carlos Gardel

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Libros para hacer lectores. Artículo en Surdecordoba.com

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Cursaba 6º de EGB: yo apenas leía más que otros compañeros (un libro por trimestre, y ya había entregado la ficha –datos y resumen– correspondiente al de aquel trimestre), así que me presento un lunes con las fichas de los dos libros que me habían atrapado el fin de semana. Era la primera vez que me ocurría. Jamás olvidaré la conversación con aquella maestra:

–Le entrego las fichas de los dos libros que me he leído –le dije.
–No es verdad. Tú no has leído estos libros.
–Sí lo he hecho. Es que me han gustado mucho.
–Me cuesta creerte.
Decepcionado, tomé las fichas para llevármelas:
–¿Qué haces? Déjamelas en la mesa –me ordenó.

Los alegres viajeros de Marcelle Lerme-Walter, que trata de un niño y una niña (aún recuerdo que ella se llamaba Ágata) que con un artefacto mágico viajan por distintos lugares y hasta resuelven un problema, y Pájaro rojo de Irlanda de Sondra Gordon Langford, sobre una chica irlandesa que tiene que emigrar con su familia, fueron los dos libros que presenté a aquella maestra y que me engancharon a la lectura. Los dos pertenecían a la colección de El barco de vapor. Lo curioso fue que leí uno detrás del otro, que los dos me encantaron, y eso no me ha vuelto a pasar. Guardo en mi memoria momentos inolvidables, como la primera vez que leí a Miguel Hernández en el patio del Marqués de Comares, tras haberme saltado una clase; o cuando acabé Maus de Spiegelman de madrugada, a tres horas de que sonara el despertador para ir a trabajar; o cuando Lara Cantizani me descubrió a Luis Alberto de Cuenca, antes de preparar el nº 8 de la revista Saigón; pero nada de esto sucedió de seguido, sino muy espaciado en el tiempo.

En la última estancia en el hospital, indeseada como todas, le descubrí a mi hija el cuarto de juegos y yo en él una biblioteca. Era variada, aunque predominaban los cuentos tradicionales, esos que hoy censuran, prohíben o retiran de bibliotecas escolares por una estúpida y sesgada visión del sexismo y del feminismo… pero no es este el asunto de este artículo. Comentaba que había un buen número de volúmenes de cuentos tradicionales, seguido de libros de narrativa infantil y juvenil actuales. También había de poesía, algunos de teatro y de cómic (Asterix, principalmente). Tras varias inspecciones, siempre acababa con los mismos libros en las manos: los de la colección de El barco de vapor; pero me refiero a las ediciones de esta colección que llenaron la vida de los escolares en los ochenta y en los noventa, como los que mencionaba arriba, no a las reediciones y nuevos títulos que han ampliado la colección en el siglo XXI. Confieso que no me pude resistir a leer El pirata Garrapata (de 1982, que se dice pronto) de Juan Muñoz Martín (quien, por cierto, en mayo cumplió 90 años, que también fue el autor de los libros de Fray Perico –del que no encontré ningún ejemplar allí–, y que llegó a ser en los noventa uno de los autores más leídos por los niños); pensaba decir releer, pero, como lo había olvidado completamente después de más de veinticinco años sin hacerlo, creo que lo correcto es emplear el verbo sin la partícula re-El pirata Garrapata es ingenioso y divertido, aunque en los tiempos inciertos de hoy para el humor desenfadado y que delata las carencias de los personajes no sería comprendido. En serio, el libro ardería hoy en Twitter en un auto de fe digital. Otro de los libros de El barco de vapor, que leí y que me atrapó, fue El fabricante de lluvia de William Camus, un libro que en su momento se catalogó de juvenil porque el protagonista era un adolescente, pues su contenido con algunos capítulos violentos y detalles polémicos (un padre borracho, una biblia que oculta una botella de alcohol, un menor que trabaja, la desconfianza hacia el género humano y los representantes de la justicia, la ausencia de mujeres con buenas pretensiones, disparos a bocajarro en la cabeza…) sería muy discutido hoy para recomendarlo en clase, pero tiene algo de lo que adolecen varios de los títulos actuales juveniles e, incluso, adultos: una narración fascinante que atrapa, una construcción muy acertada de los dos protagonistas, una buena muestra de la sociedad y de los problemas de convivencia sin reservas (la historia se sitúa en los Estados Unidos de principios del siglo XIX) y, en especial, una sólida historia con un principio, con momentos en el desarrollo y un final sorprendentes, además de que tiene una gran ventaja: el libro también funciona para adultos, podrían leerlo a la vez los distintos miembros de la familia.

No sé que tienen aquellos libros de El barco de vapor naranjas y rojos para que consiguieran hacer tanto por la lectura, para que consiguieran alentar el alma lectora de tantos jóvenes, incluso pasados más de veinte años.