Sin Vicente Romero. Artículo en Surdecordoba.com

Más allá de la polémica que ha suscitado, habrá un cambio generacional con la despedida «forzosa» de Vicente Romero, uno de los periodistas más destacados de TVE hasta que deje de pertenecer a ella, con premios como el Ondas Internacional (1995), Víctor de la Serna de la Asociación de Prensa de Madrid (1996), Premio Cirilo Rodríguez al Mejor Corresponsal (1999) y Premio del Club Internacional de Prensa al Mejor Corresponsal Español en el Extranjero (2000), entre otros; por no olvidarnos de su larga trayectoria como corresponsal, desde sus comienzos en diario Pueblo como corresponsal de guerra en Vietnam y Camboya.
Es evidente que desde entonces hasta ahora los medios de comunicación han cambiado y, por consiguiente, los medios públicos; así, como la canción de Julio Numhauser (más conocido por crear el grupo Quilapayún y porque la interpretara la gran Mercedes Sosa): «Cambia lo superficial, cambia también lo profundo».
Es muy probable que en los años de su comienzo los ideólogos de la «broma real» hubieran considerado el pro y la contra antes de realizarla y utilizar a una persona trabajadora para su jocoso fin, como si todo el mundo tuviera el mismo sentido del humor… Aunque, de igual modo, no tienen mejor corazón los miles de usuarios de twitter que han llamado asesinos y otras lindezas, además de proferir amenazas por escrito, a los bromistas gratuitamente y que van a quedar impunes de todo ello. E, igualmente, el diario que lanzó unas acusaciones de pederastia a un político y que resultaron equivocadas, aunque de nuevo la gente se creyó todo sin buscar una segunda opinión y atacó desde Internet.
Vicente Romero ha experimentado estos cambios de que el receptor de las noticias fuera simplemente informado y animando a tener una opinión crítica y razonable, a que hoy se les informe constantemente desde un punto de vista y se les incite a opinar rápidamente, como aquello de Machado: «De diez cabezas, nueve embisten y una piensa».
En España los grandes medios de comunicación, desde la televisión a la radio y la prensa, y sus versiones en Internet, aparecen sesgados y casi ninguno es abiertamente independiente. Uno defiende lo de la izquierda, otro lo de la derecha, aquellos son ultraconservadores y arremeten contra toda lo izquierdista y lo moderado, y aquellos de más allá son de ultraizquierda y propician un necesario fin del mundo o, al menos, del actual, por lo que uno desea que tengan suerte el 21 de diciembre. Dar una vuelta de un diario a otro es leer distintos puntos de vista de la misma historia y pocas personas lo realizan. Más llamativo es que algunos medios den voz a los políticos corruptos, a los asesinos, a los sinvergüenzas que se crecen sabiendo que su asunto ocupará más páginas que la sección de Cultura (lo que no es difícil) por conseguir dinero, que, como dijo Napoleón, es lo único necesario para ganar una guerra, en este caso, la de las audiencias y las ventas. Un buen punto de partida serían las palabras de Pablo Herreros, el bloguero que se encaró con una cadena privada, acerca de que «nuestros hijos no pueden crecer viendo que ser delincuente merece la pena».
Estoy seguro de que, leído esto, Vicente Romero traería a colación los versos de la canción citada algunas líneas más arriba:
 
Y así, como todo cambia,
Que yo cambie no es extraño.
Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre,
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi tierra y de mi gente.
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El laurel de la reina de Maricruz Garrido. Reseña en Priego digital

Recientemente enterado de que una serie televisiva trata sobre la reina Isabel la Católica, llega a mis manos El laurel de la reina, la última obra de la prieguense Mari Cruz Garrido Linares, que concibió y escribió mucho antes («Hace ya casi diez años» dice en el comienzo de la introducción de este libro, a fin de comentar que todo surgió a raíz de unas letrillas sobre este tema que le entregaron). 
El laurel de la reina es un relato que desarrolla la leyenda en que Isabel la Católica rezó a San Luis de Francia en un huerto de laureles de La Zubia, a las afueras de Granada, para salvarse de una escaramuza de las tropas de Boabdil.  El texto destaca en sus aspectos de relato histórico y de valor literario, combinándose muy bien para que Maricruz desarrolle un texto de calidad e interés en el terreno de la Historia y de la Literatura. Si a esto sumamos la traducción al inglés vertida por Peter y Sylvia Such, encontramos un tercer punto que acrecienta el atractivo de esta obra. Su estilo narrativo contiene un eco preciso del ritmo y de la grandilocuencia de aquella época, además de poner en valor otras obras y personajes, con los que la autora nos muestra sutilmente sus fuentes:   Las tropas de Boabdil el Chico, decepcionadas por el trato de vasallo que habían tenido los Reyes Católicos hacia su sultán, no cesaban de avanzar, encabezadas por el moro Tarfe –gran enemigo de los cristianos– con quien Hernán Pulgar se involucró en tal lucha que hizo que Garcilaso se enfrentara a muerte con él y rodara la cabeza del moro por los aires cual si fuera una volanda, desafiando así su osadía de injuriar el nombre de María, Madre de nuestro Señor.   Sin embargo, como gran poeta, Maricruz Garrido, ganadora del Premio Mujerarte de Lucena, entre otros, ha creado pasajes llenos de lirismo, que embellece el carácter literario de la narración. En este fragmento pueden observarse el acertado uso del adjetivo y la interesante disposición de la sintaxis y de los sonidos:   En el callado y blanco pueblo de La Zubia todavía se encuentra El Laurel, donde la Reina una mañana nítida de agosto, se cobijó y oró, y una leve brisa mueve hoy los árboles del paraje testigo de estos hechos.   En otros momentos, recurre a símiles para caracterizar a la protagonista:   Nuestra Reina era altiva como un ciprés.   Y a metonimias, a fin de crear una imagen más clara de la fuerza cristiana:   Más de dos mil lanzas guerreras divisaban los moros.   No dude el lector en hallar buena literatura en El laurel de la Reina que recrea un capítulo de nuestra Historia y que, de haber sido otra su suerte, seguramente hoy viviéramos en un país diferente, pues Isabel la Católica, como escribió un cronista de entonces, «es fuerte, más que el hombre más fuerte, constante como ninguna otra alma humana, maravilloso ejemplar de pureza y honestidad. Nunca produjo la naturaleza una mujer semejante a esta».