Sobre santería en Campanitas

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Este Jueves Santo en Lucenahoy.com

Aprovecho esta primera línea para felicitar a Lucenahoy por haber dado vida al periódico Lucenahoycofrade, una valiente apuesta en la que espero que tengan cabida la cofradía y la santería en el mayor de los aspectos, sin olvidar el «hoy» que anuncia su nombre. Y, tras leer la entrevista a Antonio Díaz, presidente de la Agrupación de Cofradías, debo reconocer que me ha alegrado mucho saber antes de tiempo que volveré a ver el jueves Santo que viví de adolescente. Me refiero a la procesión dando la vuelta a la Plaza Nueva por tres de sus lados, en lugar de pasar por el centro, donde se coloca una muralla con vallas para separar la procesión del público. Sé que parece una tontería, pero me encantaba situarme en la Plaza Nueva y disfrutar de la pasión de Jesús desde la afirmación de la Fe hasta el Mayor Dolor de la Sangre (incluso, recuerdo a la Virgen de Piedra, pero este recuerdo pertenece a la infancia, que es la patria, según el poeta Rilke), moviéndome libremente por su ancho espacio; y la posibilidad de volverlo a hacer desde 1995 (último año que dieron la vuelta a la Plaza Nueva) me llena de la joven emoción de antaño; así como me alegra sobremanera la (posible y esperada) eliminación de las vallas, que desde primera hora me parecieron antisanteras. La semana Santa de Lucena y, por extensión, la santería están construidas sobre la retroalimentada comunicación entre santero y público; una persona de a pie no duda en acercarse al santero para felicitarlo por su buen hacer o para darle alguna sugerencia, de igual manera que el santero pregunta a quien va a saludarle cómo percibe que llevan el paso. Es más, la entrega del puro por ser buen santero o por amistad, la preocupación de los padres o el beso de los hijos necesitan de ese acercamiento y las vallas, situadas en una parte mínima aunque destacada, lo impedían, recordándome a aquellas localidades en las que por el afán del costalero necesita de ese espacio diferenciador… Pero no olvidemos que en Lucena hay santería y aspectos como este deben ser claros. Por último, felicito a las cofradías del jueves Santo por volver a realizar su itinerario alrededor de la Plaza Nueva.

Para Penélope. Artículo en Cabra digital

uando llego al final de un libro, me gusta reflexionar y revisar todo lo leído en silencio. Valoro la calidad literaria y releo las partes que más me han gustado (o los copio, si no son párrafos extensos). Pero es menos habitual que revise alguna cuestión antes de acabar una novela. Esto mismo me ha pasado durante la lectura de El atleta sin memoria del granadino Fernando Gómez Mancha, que me ha ido conquistando con el personaje de Penélope, de tal manera que he ido releyendo fragmentos en los que ella aparecía. Inquieta, amante e inteligente, Penélope es el personaje alrededor del que el protagonista –de quien no sabemos su verdadero nombre y al que la propia Penélope acabará llamando Ulises, en clara relación con la mitología– configura toda la novela: la conoce, la recuerda, la reencuentra… Y no digo más para no fastidiar a los futuros lectores de la novela.
No obstante, Gómez Mancha me había anotado que yo era uno de los poetas preferidos de Penélope y puede ser que por eso ya estuviera predispuesto a sentirme atraído por ella. Así que comencé la novela y ya avanzada, antes del final, es Ulises el que hace una relación de los autores que suele leer su pareja… Y ahí figuro yo, el que firma estas palabras, al lado de autores como Mario Benedetti o Vargas Llosa. Además de sorprenderme por aparecer al lado de estos grandes nombres de la Literatura, me llama la atención que, si Penélope existiera, me leyera. No trato de decir que el personaje de Penélope esté basado en alguna persona que conozco, sino que me enorgullezco de estar en la nómina de lecturas de esta mujer de ficción, que, dándole la vuelta a lo mitológico, busca y encuentra a Ulises para acompañarlo sentimentalmente en el viaje a la Ítaca de la vida; es decir, es una mujer decidida, emocional y comprometida. Por eso, quiero agradecer a don Fernando Gómez Mancha que en su mundo creativo esté un personaje como Penélope que lucha por ser feliz y que haya cobrado vida en El atleta sin memoria. En la mía, siempre habrá un lugar para esta Penélope, no porque yo sea uno de sus autores preferidos, sino porque estoy orgulloso de que alguien como ella me lea, aunque sea una invención.

De los pensamientos y vivencias de un gañán en Surdecordoba.com

Acabo de leer Pensamientos y vivencias de un gañán, por lo que he de felicitar a Juan Miguel Caballero «Machaco», su autor, por haber logrado su gran sueño, con el mérito más admirable, y, además, por haber dejado a los lucentinos –y a quienes no lo son, en verdad– un interesante archivo de una parte de Lucena, no sólo en sus expresiones y habla, sino también en lo que ocurría fuera de su núcleo urbano. Habituados a referirnos a Lucena como su conjunto de calles, hay otra que hizo su vida fuera de ellas, en los cortijos, con jornales en el campo o vendiendo mercancía en otras ciudades, personas de las que él da buena relación y de su suerte.
Volviendo a las expresiones, me alegro de encontrar palabras que aprendí de mis abuelos y de mis padres y que hoy ya no hay modo de oírlas y raramente emplearlas (tampoco en la escuela), salvo por algún comentario nostálgico en la programación de la empresa de vídeo local: «sangarrear», «poyo fuego», «pichifarto», «echar el cristo», «porreteo»… Y hay otras que no conocía hasta ahora: «martingala», «lavarse a gafas», «enconsuchado»… Así que, gracias a él, una parte de este vocabulario local no se olvidará, aunque se haya perdido su uso.
Junto a las vivencias, quisiera destacar lo relacionado con los pensamientos del autor, ya que después de cada recreación de la memoria suele concluir con alguna reflexión normalmente bien traída al hilo de lo contado. Pensamientos relacionados con la naturaleza: «Siempre he observado que los árboles empiezan a secarse por la copa igual que al hombre con la edad le va fallando la memoria». Esto nos recuerda la fragilidad de la memoria humana a medida que avanza la edad. Más llamativos son los de aspecto social-moral, como la que comenta a raíz de que el hambre hacía que la gente comiera naranjas podridas y sus cáscaras, recurriendo a una nota machadiana: «Si de los que yo vi cogiendo naranjas podridas para comérselas diera sus nombres, no cabrían en esta página y hoy están millonarios. Muchos de ellos se han puesto tan aburguesados que ya no quieren saber nada de donde vienen ni que le recuerden su pasado. […] Simplemente recordar que al otro mundo, si existe, se va uno tan ligero de equipaje como hemos venido». Tampoco quiero dejar atrás aquellas reflexiones utilizadas para afirmar y reafirmar la veracidad de su relato, como si el autor temiera que no creemos lo que nos dice: «Como pasó así, así hay que contarlo, aunque les duela a algunos al leer estas letras».
Y, al hablar de nuestra actitud, acierta en su valoración: «Nosotros [los lucentinos] nos encasillamos a un nivel localista siempre creyendo que le estamos haciendo un favor a Lucena habiendo triunfado su arte con medallas de oro en varias exposiciones del extranjero». Espero que se rompa esta  norma y que el libro de Juan Miguel, de este sencillo y profundo hombre cuyo oficio era el de gañán, trascienda más allá de lo local, pues es un gran archivo para toda Andalucía, para una parte de España, lejana en el tiempo, pero cercana en la memoria.