Biblioteca Gardeliana 9: Carlos Gardel. El ídolo roto de Manuel P. de Somacarrera

http://www.laopiniondecabra.com/ampliar.php?sec=especiales&sub=colaboraciones&art=1467

BIBLIOTECA GARDELIANA (9):

CARLOS GARDEL. EL ÍDOLO ROTO DE MANUEL P. DE SOMACARRERA

PÉREZ DE SOMACARRERA, Manuel (1937): Carlos Gardel. El ídolo roto. Barcelona, Ediciones Mi revista.

Gardel actuó varias veces en España y se puede afirmar sin rotundidad que salió satisfecho y, especialmente en las últimas ocasiones, con éxito. El primer viaje fue en 1923, con su compañero José Razzano, dentro del espectáculo que la Compañía de Matilde Rivera y Enrique de Rosas realizó en Madrid: ABC y El Liberal destacaron la actuación del dúo. En 1925 volvería Gardel solo (Razzano se quedó sin voz ese mismo año), de nuevo con la Compañía Rivera-De Rosas, a Madrid y Barcelona; de nuevo la prensa destaca al Zorzal en el Teatro Romea de Madrid durante todo el primer difícil mes de 1926. A finales de 1927 volverá a España por tercera vez; además de Barcelona y Madrid, actuará en Bilbao, San Sebastián, Santander y otras ciudades del norte. Su cuarto viaje se fecha a mediados de 1929, cuando canta en el Teatro Principal Palace de Barcelona y el Teatro Avenida de Madrid las que serían sus últimas presentaciones ante el público español, por quien ya era admirado sin distinción de clases sociales, además de por la buena venta de sus canciones. El último viaje sucede en 1932 para grabar discos en Barcelona [1], donde conoce la gran aceptación con la que ha sido acogida Luces de Buenos Aires, película que protagoniza, y la anécdota de «que el público aplaudiendo frenéticamente» [2] interrumpió la proyección.

Según la poca información respecto al público de sus primeros viajes y en vista de los teatros en los que cantó, se puede afirmar que actuó para la clase acomodada, desde la corona (la reina Victoria Eugenia, la Infanta Isabel y las princesas María Cristina y Beatriz se hallaban entre el público de sus actuaciones de 1923) a la burguesía, pasando por la aristocracia. Sin embargo, aunque la radio y la venta de discos difundieron su voz a finales de la década de los años 20, creemos que fue el cine lo que hizo que Gardel llegara al pueblo, en especial, el éxito de Luces de Buenos Aires, de la que ya hemos anotado lo que pasó en Barcelona; en Madrid no fue diferente, pues se mantuvo en cartelera por tres años, exhibiéndose al mismo tiempo que Melodía de arrabal, Espérame o los cortometrajes La casa es seria y los dirigidos por Eduardo Morera (proyectados en España bajo diversos títulos como Musas argentinas o Nostalgias porteñas, entre otros). A ver sus películas acudía gente de la más diversa procedencia e ideología [3], como es el caso de Manuel Pérez de Somacarrera, periodista que perteneció a la CNT y que fue responsable de prensa y propaganda del Comité del Producción Cinematográfica del Sindicato de Espectáculos durante la Guerra Civil. P. de Somacarrera entrevistó a Carlos Gardel en diciembre de 1931 para la revista Films selectos, motivado por el éxito de Luces de Buenos Aires. Pudo quedar tan asombrado con él que siguió su trayectoria cinematográfica y publicó en el otoño de 1937 [4] Carlos Gardel. El ídolo roto, dentro de la colección de libros de Mi revista, publicación preparada generalmente por varios miembros de la CNT, de espíritu anarquista y antifascista.

Carlos Gardel. El ídolo roto se publica, por lo tanto, al segundo año de su fallecimiento, y, lo que es más significativo, durante la Guerra Civil española [5]. Se tiene constancia de que la muerte del cantor, debido a lo impactante del suceso, fue una de las noticias más comentadas en el verano de 1935, también llegaron las que trataban de las mujeres que se suicidaron (o lo intentaron) tras su muerte y, algo menos difundido, lo relativo al multitudinario entierro [6] de febrero de 1936.

El libro está dividido en dos partes: una que recoge supuestos momentos de la vida del cantor y otra que es un cancionero.

De la primera hemos de decir que mayormente es fruto de una reelaboración de la información publicada sobre Carlos Gardel en España durante la década anterior a esta obra, por lo que está llena de inexactitudes; por ejemplo, menciona que pudo nacer en Montevideo, Buenos Aires o Toulouse (decantándose por esta última), escribe que el apellido real de Gardel es Garde [7], o indica que su «secretario» es Antonio Delfino [8] o que Tango Bar es su penúltima película y El día que me quieras la última [9] (cuando es al contrario). En cuanto a sus fuentes, generalmente notas de prensa y artículos sobre el cantor en revistas y periódicos, recurre en varios asuntos a los escritos de Santiago Aguilar Oliver [10] en la revista Cinegramas, de donde toma y rehace las anécdotas del éxito con las mujeres, destacando el capítulo de la corona de laurel de oro regalada por una anciana que esperaba al cantor escondida dejado de la cama [11]; de Aguilar, también, toma la alusión a unos «padres» [12] y, ya referido anteriormente, que El día que me quieras figure como la última película que rodara. Otros episodios, cuya fuente no hemos podido localizar, y que no descartamos que puedan ser de la imaginación de P. de Somacarrera, son el relato de la noche de debut en solitario, ya separado de Razzano, en el teatro Astral [13], en la que Gardel está muy nervioso (y cuenta con el apoyo de un «protector» sin nombre con el que luego se va a emborrachar) cuando canta por primera vez Mi noche triste [14], aunque la letra que se transcribe pertenece a otro tango [15]; y la mención de Budapest y Estocolmo (con un concierto ante el rey Gustavo), lugares que Gardel no pisó (o aún no se tiene certeza de que lo hiciera), entre las ciudades en las que triunfó.

Hallamos dos capítulos relacionados con el cine, la materia predilecta del autor: el primero es el encuentro, en el tren a Tarrasa, del periodista con el actor Castel Rodrigo [16], quien habla de su amistad con Gardel desde «poco antes de la Gran Guerra», al que conoció en Rosario de Santa Fe, cuando coincidieron al hospedarse en una pensión de artistas en la calle Mitre, esquina a Córdoba. Rodrigo informa a P. de Somacarrera de que empezó a cantar «ya pasados los veinte años» no tangos, sino canciones criollas junto a Razzano en cafés y «en cines de barriada, vistiendo prendas de calle». Rodrigo cuenta algunas anécdotas, como el conocido suceso del disparo que recibió Gardel o la desconocida (tanto que suponemos invención del actor) en el que coincidieron como jurado de un concurso de baile de tango en Rosario. Uno de los datos que nos hace desconfiar de las aportaciones de Rodrigo es que este diga que trató diariamente al Mago «tres o cuatro años» en Rosario [17], algo imposible, hasta que se fue con Razzano a Buenos Aires, donde lo volvió a ver en 1917, en el café Imperial de la calle Corrientes. El actor apunta el cambio de suerte de Gardel en lo económico: «Ganaba el dinero con más facilidad y su popularidad comenzaba a tejer guirnaldas de gloria».

La segunda aportación, de mayor interés, es la breve trayectoria cinematográfica que hallamos en estas páginas. El autor comienza señalando una decepción y una revelación [18]:

La primera actuación de Gardel en el cine fue en La canción del gaucho. Me encontraba por entonces en Santander. Era en el verano de 1931. Una noche, al llegar a la redacción del periódico en que trabajaba, me encontré una tarjeta sobre mi mesa de trabajo. Era de un señor argentino, enviado extraordinario del diario La Época, de Buenos Aires. Una invitación para el cine Victoria, salón donde se proyectaba La canción del gaucho, cantada por Carlos Gardel.

Habíase hecho una extraordinaria propaganda. «Podrá usted oír su voz de oro», rezaban las gacetillas de prensa y los carteles murales.

Yo, al igual que los espectadores, quedé algo decepcionado viendo que Carlos Gardel no aparecía en la pantalla.

Pero la «reclame» había constituido un gran éxito de taquilla.

En efecto, Gardel atraía al público, y esto sucedía por su faceta de cantante, no de actor, que P. de Somacarrera define en sus primeras películas de «muy deficiente» y en el de Hollywood «de arte perfecto» [19]. No dejan de tener gracia sus comentarios acerca de que «se afeaba con los primeros planos»: «Era preferible no verle el rostro en primer término. […] También cuando cantaba se ponía muy feo». Posteriormente, comenta brevemente su trayectoria en Estados Unidos y, al final, aporta un cuadro con los títulos, nombre del director, dialoguista, protagonistas y autores de la música.

Precisamente, la música es la segunda parte del libro, un cancionero que únicamente recoge la letra de los tangos y demás canciones de todas sus películas.

Un año después de la publicación de este libro, a finales de 1938, la II República estaba perdiendo la guerra y Barcelona caería en manos de Franco en enero de 1939. Manuel Pérez de Somacarrera partiría a Francia, al exilio, donde continuará escribiendo críticas de cine en distintos medios como Cinémonde o Spectateur, entre otras muchas. Volvería a España, a Barcelona, ambas rotas por la guerra, en 1953 trabajando para el Servicio Internacional de Informaciones (FIEL) y publicará en distintas revistas; también colaborará en el proyecto CICOCA. En este regreso publicará Carlos Gardel: su vida y sus canciones (Ediciones Bistagne, 1958), al que hemos podido acceder fragmentariamente y al que añade más letras en el cancionero, aunque mantiene la misma información biográfica (y ficticia) de El ídolo roto.

NOTAS:

[1] Volvería, no obstante, a pisar esta ciudad en 1933, antes de trasladarse a París de inmediato tras desembarcar.

[2] En el diario La Nación (31-12-1932). Miguel Ángel MORENA (1985): Historia artística de Carlos Gardel. Corregidor, Buenos Aires, p. 148.

[3] Curiosamente, durante la Guerra Civil, las últimas películas de Gardel se exhibirían tanto en las ciudades de la zona republicana como en las ocupadas por Franco.

[4] La datación se realiza por la información dada por Mi revista, porque en el interior del volumen no aparece fecha alguna.

[5] Probablemente se trate de la tercera o cuarta biografía publicada en España tras su muerte. La circunstancia de la Guerra Civil hace que la calidad del papel sea mala y, como comentaremos más adelante, tenga información limitada a unas fuentes concretas. En cuanto a Barcelona durante la guerra, tomamos estas palabras de Andrés Trapiello: «hallarse lejos del frente, lo cual, y pese a los bombardeos, hizo de Barcelona una ciudad en la que muchos días de muchos meses podía pensarse que seguía siendo una ciudad de paz. […] La potente industria editorial, la más importante del país, se puso al servicio de la propaganda republicana, en catalán y en castellano, y Barcelona, en muy poco tiempo, quedó convertida en la principal factoría de carteles, fascículos, libros y revistas». Andrés TRAPIELLO (2019): Las armas y las letras. Literatura y Guerra Civil (1936–1939). Austral, p. 429.

[6] Cito las cifras dadas en algunos diarios: Ahora y El heraldo de Madrid (6-2-1936: «una multitud de más de 20000 personas») o El Nervión de Bilbao (6-2-1936: «Veinte mil mujeres»), entre otros.

[7] En la edición del 8 de julio de 1935 de La voz (Madrid) se publica que Carlos Gardel era el «pseudónimo de “Charles Garde”». En la revista francesa Paris-soir, en su edición del 22 de julio de 1935, también se publica «Garde» como el apellido real de Carlitos y de su madre. Lo real es que era Gardes.

[8] Armando Defino, en verdad. Escribe, además, que fue el pianista que le acompañó en su debut. No hemos encontrado de dónde toma esta información.

[9] Hemos hallado en diarios y revistas españoles que El día que me quieras aparece como la última película de Gardel, por ejemplo en Democracia o en Cinegramas. Como indicamos más adelante, creemos que toma esta información de los artículos de Santiago Aguilar.

[10] Sobre Santiago Aguilar Oliver y Carlos Gardel he escrito en la revista El coloquio de los perros: https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/artiacuteculos/santiago-aguilar-y-carlos-gardel-el-espanol-que-supo-que-el-rey-del-tango-era-frances

[11]Santiago AGUILAR (1935): «Carlos Gardel. El último ídolo de las mujeres» en Cinegramas, 43 (7-7-1935).

[12] Santiago AGUILAR (1935): «Carlos Gardel. Su vida novelesca y su muerte trágica» en Cinegramas 42 (30-6-1935).

[13] P. DE SOMACARRERA (1931): «Carlos Gardel a su paso por Barcelona… Nos habla de su vida, de su excursión por América y de sus inquietudes cinemáticas» en Films Selectos 63 (24-12-1931), pp. 12 y 24. El autor recoge elementos de esta entrevista, como el Teatro Astral de Buenos Aires o la referencia a la Cumparsita (Comparsita en el libro) como el tango que le consagró. Este capítulo es una buena demostración de que no se puede tomar al pie de la letra todo lo que dijo Carlos Gardel sobre sí mismo…

[14] Recordemos que la primera vez que canta tango, y en solitario, y precisamente este tango, es aún formando parte del dúo con Razzano, en 1917.

[15] P. de Somacarrera transcribe la primera estrofa del tango Así es, compañero de Alejandro Scarpino y Francisco Barroncello con el título de Mi noche triste.

[16] De la poca información que hemos encontrado sobre él: actor argentino, protagonista de la película Amor en maniobras y con papeles secundarios en Barrios bajos y Como quieras. Su pista se pierde durante la Guerra Civil.

[17] Miguel Ángel Morena en Historia artística de Carlos Gardel indica que el dúo Gardel-Razzano estuvo en Rosario, Santa Fe y Córdoba entre junio y septiembre de 1914. Si coincidió con Rodrigo, serían «tres o cuatro» meses, pero parece que el actor, como muchos harían tras la muerte de Gardel, exageró, en este caso, el tiempo de tratarlo, como para justificar una amistad que no debió existir como tal. Rodrigo, más adelante, dirá que Gardel iba con dos guitarristas Ricardo y El Negro, lo que es una evidente confusión, porque el apodo de Ricardo era El Negro. Otra opción es que el biógrafo errara.

[18] En la entrevista que P. de Somacarrera le realizó en 1931 para Films Selectos, Carlos Gardel responde así a la pregunta de si Luces de Buenos Aires es su primera película: «Puede decirse que sí, aunque intervine con anterioridad en “La canción del gaucho”, el primer film de costumbres argentinas realizado en mi patria y en el que solamente se oye mi voz, sin que aparezca como actor». Esta información complementa lo que el autor relata.

[19] De nuevo, P. de Somacarrera se inspira en Santiago Aguilar, quien había dicho esto mismo sobre el Gardel de Hollywood en el nº 43 de Cinegramas.

Biblioteca Gardeliana: Repatriación de Gardel de Ostuni. En La Opinión de Cabra

http://www.laopiniondecabra.com/ampliar.php?sec=especiales&sub=colaboraciones&art=1461

BIBLIOTECA GARDELIANA 8: REPATRIACIÓN DE GARDEL DE RICARDO OSTUNI

Manuel Guerrero Cabrera

Primera edición:

Ricardo OSTUNI (1995): Repatriación de Gardel. Editorial Club de Tango, Buenos Aires, 300p.

En una de las acepciones repatriar significa reintegrar a alguien a su patria de origen. En el caso de Gardel es reinsertarlo en la geografía de su cuna, el Río de la Plata, un territorio mucho más vasto y más significativo, que el de cualquier lugar determinado de esta misma latitud.

Si después de leer Repatriación de Gardel de Ricardo Ostuni, uno no se ha convencido de que Carlos Gardel no nació en Francia, con casi total seguridad se podría afirmar que no habrá quien lo haga. Ostuni escribió un libro analítico, de contraste de fuentes y citas, con la intención de ser objetivo y, en especial, con mucha conciencia criolla: «Creo que Carlos Gardel es un arquetipo de nuestra identidad cultural, un punto de referencia insoslayable cuando se trata de representar el modelo argentino o, con mayor precisión, el modelo espiritual de la cultura rioplatense» [1]. Y es que el autor tiene «algunas reticencias» sobre las tesis uruguayas, como la de que nació en Tacuarembó (curiosamente, uno de los puntos esenciales) pero no tiene duda de que Gardel no es francés. Sigue leyendo

Las estelas de versos quebrados de Jaime Verdú. Reseña en Lucenahoy

https://www.lucenahoy.com/blog/manuel-guerrero/estelas-versos-quebrados-jaime-verdu-orellana/20191014150140073612.html

LAS ESTELAS DE VERSOS QUEBRADOS DE JAIME VERDÚ ORELLANA

Manuel Guerrero Cabrera

 

 

A caballo entre lo cofrade y la poesía, aunque ambos asuntos suelen coincidir en varias ocasiones, conocí a Jaime Verdú Orellana. De lo primero, esencialmente, por haber sido designado Exaltador del Valle para la Cuaresma de este mismo 2019 y, de la segunda, por compartir versos en esa red social llamada Facebook, que con descubrimientos como este hace que valga la pena tener una cuenta. De ahí que, de la pantalla, tomáramos la determinación de conocernos en persona, momento en que me habló de sus ideas poéticas, de la poesía que se escribía en Lucena y de Malagueando, su nuevo libro que se presentará el próximo mes de noviembre. Así, en la siguiente ocasión que coincidimos, en una lectura de poemas en Priego de Córdoba, me entregó su primera publicación, Las estelas de versos quebrados (Alameda, 2017).

La cubierta reproduce el cuadro Mujer asomada a una ventana de Caspar David Friedrich (1822), una buena imagen con doble significado: primero, el poeta se asoma por primera vez a la publicación de poesía y, segundo, la curiosidad del lector por saber qué veremos a través de la ventana, o sea, del libro.

Tras el prólogo de Joaquín Alfredo Abras Santiago, aparecen unas «Notas del autor» en las que Jaime Verdú desvela sus intenciones y desvelos, en el uso retórico de la Humilitas («El que ofrece este poemario ni ostenta la cualidad de poeta ni frecuentó, jamás, las rosaledas intrincadas, que conducen a la lírica en su más bella expresión») que trasluce sinceridad. Entre las intenciones, destaca la temática: «Es un libro cuyos protagonistas son las mujeres, la igualdad de género y sus vicios mundanos (el maltrato, la violencia y el empecinamiento por no reconocer una verdad absoluta: que todos somos iguales, sin distinción de género)».

Las estelas de versos quebrados se divide en tres partes: «Visiones», «Rencores» e «Inquietudes». La primera, «Visiones», se ocupa de poemas relacionados con la persona y parece un planteamiento de las otras dos partes; «Rencores» profundiza en este sentimiento; e «Inquietudes», la última, opta por la idea. Esto se confirma en los subtítulos que cada poema tiene, incluso cuando nos encontramos con el mismo texto en apartados distintos, como si fuera un estadio diferente de lo escrito o una manera distinta de expresar lo mismo.

 

Cruzaré,

los ansiados pasillos del soñar:

que lentamente surgen de la nada.

 

«Cruzaré (Verso quebrado con fortuna)»

 

 

Cruzaré,

ajada

en resentimiento,

los ansiados pasillos del soñar:

que cuelgan en la nada,

y levantan

en las orillas del otoñar.

 

«Cruzaré (Versión moderna)»

 

 

Arriba reproducimos lo que el mismo Jaime Verdú decía de su cualidad de poeta, pero lo cierto es que hallamos en él claros rasgos de poeticidad (según, por ejemplo, lo que expone García Berrio en Teoría de la Literatura), reconociendo la armonía como algo fundamental, aspecto este que Jaime Verdú consigue con acierto en el empleo de recurrencias, que consiguen cierto efecto de musicalidad que hacen grata la lectura de este libro, y que bien demuestran poemas como, entre otros, «Madre, ya es tarde», «Tal vez mañana», los citados «Cruzaré» o «Malagueando»:

 

Por calles y avenidas,

–malagueando–,

los verdiales ya cruzan las esquinas,

los verdiales que te cuentan,

los verdiales que se fueron,

los verdiales                 –verdialeros–

y sin remedio, arrastran los recuerdos,

de tardes,

–enfrascados en debates

ardientes de la joven amistad,

tan reluciente y nueva como el traje

de comunión, que duerme en el armario–,

de castañas vaporosas,

de castañas ondeando,

de castañas bien asadas,

–antes de ser amargas y malditas–.

 

Y, así nos lo dijo también el poeta en sus notas, la mujer, la igualdad y la violencia de género son los temas más presentes e importantes del poemario:

 

Yo confieso:

Ser culpable, en mi destino.

Que viviendo moría: asfixiada.

en la clausura del infierno; ahogada

en huracanes de alcohol; apuñalada

en torbellinos de celos. Moría.

Moría, al cobijo de golpes. Moría.

 

Tras asomarnos a la ventana de los versos de Jaime Verdú Orellana, hemos descubierto que a través de ella se pueden percibir todos los sentidos de la vida y, en especial, expresar un mundo en el que la mujer esté en condiciones de igualdad con el hombre. Jaime Verdú nos lo revela como algo por lo que vale la pena arriesgarse. Incluso a arriesgarse a ser poeta.

Reseña de Embarcados de Ángela Martín del Burgo en Odisea Cultural

http://www.odiseacultural.com/2019/09/06/embarcados-angela-martin-manuel-guerrero/

Conocíamos la admirable trayectoria novelística de Ángela Martín del Burgo, especialmente la de género negro con títulos, entre otros, como El mundo entero pasa por MarsellaAsesinato en la Gran Vía o El retratista de mujeres (finalista del VIII Premio Wilkie Collins de Novela Negra y aún inédita).

También la poética, con poemarios, entre otros, como Dónde la muerte en ÁmsterdamPoemas de viajeUn sueño breve o Caducidad de lo real (Premio Ciudad de Miranda 1996).

Y, ahora, toma aire para la teatral, en la que ya había publicado una adaptación de El idiota de Dostoyevski en colaboración con Á. Álvaro Martín del Burgo, y de manera más reciente, el título que aquí tratamos: Embarcados, que fue finalista del XIII Premio El Espectáculo Teatral.

Embarcados nos lleva a un crucero por el Mediterráneo en el que Paul, Helena, Irene y Sebastián se cruzarán no solo en las distintas estancias del barco –con alguna escena fuera de él– sino también en lo personal; de tal modo que los secretos, ambiciones y miedos de cada personaje acaban siendo los verdaderos protagonistas de la obra.

Formalmente, la obra se divide en tres actos (con seis escenas los dos primeros y siete el tercero), en los que el tiempo se pliega a acto por día de viaje en el primero («unas doce horas», en palabras de la autora) y en el segundo, mientras que el tercero ocupa cinco días y las escenas sitúan la acción horas después de lo acontecido anteriormente.

En la obra, junto con la escena final, hay otra en la última del segundo acto que es crucial y con la que la autora consigue un efecto de teatro dentro del teatro formidable. Así lo propone Helena en la escena tercera del segundo acto:

HELENA: Me gustaría que en la próxima ocasión jugásemos a un petit jeu muy interesante.
PAUL: Dinos, Helena, qué petit jeu es ese. ¿Qué se te ha ocurrido?
HELENA: Lo leí en una novela.
PAUL: Para Helena, siempre la literatura.
HELENA: Se trata de que cada uno de nosotros contemos el personaje con el que se sienta más identificado.

Esto ocurre, como hemos mencionado, en la última escena del acto segundo, con la sorpresa de que dos de los personajes, sin haberse puesto de acuerdo, interpretarán a Stanley y Blanche de Un tranvía llamado deseo.

El petit jeu, que quedó interrumpido entonces, se completará en la última escena en la que uno de los personajes elige representarse a sí mismo, «una escena de mi propia vida, la escena crucial, en la que el tiempo se detuvo».

Embarcados, al situarse en un crucero, tiene mucho de referencias, que son particulares homenajes, a las ciudades del Mediterráneo, con edificios emblemáticos para ilustrarlas: la Sagrada Familia de Barcelona, la Fontana di Trevi de Roma, la casa de Dante de Florencia, etc. En verdad, se trata de elementos culturales que aportan un significativo valor a la obra (al fin y al cabo, es la oferta cultural de un crucero teatral; es decir, cultura dentro de la cultura) y que complementa distintas alusiones que hay entre los diálogos, como la historia de Hero y Leandro, la vida y la tumba de Paul Valèry («la culminación de mi trabajo» en palabras de Helena), las alusiones a las películas La dolce vita y Vacaciones en Roma… y podríamos seguir.

Apuntes que desde la escenografía o desde el diálogo la autora incorpora a la obra y que incrementan el interés literario.

Con motivo de mencionarla, se sugiere que la escenografía disponga de dos espacios diferenciados en el escenario, uno para espacios interiores y otro para exteriores, según se nos informa en la acotación inicial del primer acto; cada una irá variando, según lo requiera la acción e, incluso, se modificará completamente para las visitas a las ciudades, como la que trascribimos sobre Pompeya:

En el decorado habrá una fotografía en color de uno de los muros con frescos de una casa. Ocres, azules, rojo pompeyano son los colores predominantes. También a la izquierda del escenario habrá otras fotografías de cuerpos calcinados. Una de ellas es de un hombre y una mujer que encontraron la muerte de aquella noche juntos ––la noche que les invadió la lava del Vesubio––.

Por último, los cuatro personajes están muy bien perfilados, al igual que Ángela Martín del Burgo hace en sus novelas; tienen igual protagonismo, aunque parece proporcionarse mayor misterio para Sebastián, que declarará el motivo de realizar el crucero en la parte final de la obra; poseen más o menos la misma edad, pero la labor profesional de cada uno es diferente (Helena es traductora, Sebastián es ingeniero, Paul es informático e Irene, profesora). Su vestuario se modifica, según lo solicita la escena.

En definitiva, Embarcados de Ángela Martín del Burgo, finalista del XIII Premio El Espectáculo Teatral, es una auténtica obra para conocer mejor las motivaciones y espantos del ser humano ante los imprevistos de la vida.

Reseña de Siempre es demasiado de Maricruz Garrido en El coloquio de los perros

https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/la-biblioteca-de-alonso-quijano/siempre-es-demasiado

SIEMPRE ES DEMASIADO DE MARICRUZ GARRIDO

Manuel Guerrero Cabrera

Maricruz GARRIDO LINARES (2019): Siempre es demasiado. Ánfora Nova, 70 pp.

El pensamiento, vida y obra de María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904 – Madrid, 1991) han sido motivo de interés para los estudios contemporáneos; citemos como ejemplos recientes el estudio de Juana Castro en Editorial Sabina de 2016 o la edición de Javier Sánchez Menéndez de sus poemas en La isla de Siltolá de 2018. La escritora Maricruz Garrido Linares (Priego de Córdoba, 1958) realiza su aportación de manera creativa con Siempre es demasiado: poemas basados en sus aspectos filosóficos y vitales, recreando el espíritu de la autora malagueña. Garrido, que tiene una dilatada trayectoria poética y cultural (fue responsable del Aula de Literatura de Priego durante una década), vuelve a la poesía después de Festum (2017), un canto a la cultura latina en la localidad de Almedinilla, y del corte social de Café pendiente (2015).

Hallamos tres posibles tipos de poemas en Siempre es demasiado. El primero lo conforman aquellos en los que se reconstruye su personalidad e inquietud, versos en los que Garrido consigue acercarnos a la agitación personal de Zambrano:

La noche es mi refugio, mi noche inacabada

y la brisa nocturna, evoca en mi memoria

el hogar natural, la infancia desterrada,

la sed de eternidad, del duermevela oculto,

mas ando desmembrada, como brújula

que no encuentra su norte, huida de la nada.

Ser ella misma, deberse a ella misma, inventar una utopía… son algunos de los motivos con los que Maricruz Garrido ha escrito algunos de este primer tipo de poemas.

Un segundo grupo trata de reconstruir el pensamiento de María Zambrano, o inspirarse en él, para ser más preciso; como entender la razón como aurora, o cuando dice ser «ciudadana del mundo» o «peregrina de todo», o cuando habla sobre la palabra:

No sé si soy yo misma o es otra yo, que me acompaña

en este arduo viaje de peregrinaje oculto

para tratar de salvarme a través

de esta palabra libre que elevo a lo imposible.

El tercer grupo, el que más está presente en el poemario y que resulta el más interesante, es el que se inspira en aspectos vitales, como aquellos en los que aparece Araceli, la hermana de María:

Yo sé que estás ahí,

pues cada paso mío

se entristece al no verte,

[…] en espera que un día

de nuevo nos despierte

un gato azul burlón

retozando a tu lado.

El exilio y España también se incluyen aquí, en especial, porque Garrido nombra el recorrido de Zambrano por el mundo y las personas que se relacionaron con ella.

Cuba,

tan bella como una luz de tarde,

al igual que Xirau, Valladolid antiguo, o Morelia,

San Nicolás, Michuca, México intenso y profundo.

[…] Salinas fue mi apoyo al tomar frente fijo

y me encontré de nuevo mi corazón sangrando,

apasionado y regio donde siempre habitó.

Maricruz Garrido emplea un estilo intimista generalmente en este poemario, aunque en ocasiones tiende a lo reflexivo mediante el uso del verbo «ser», «vivir» y similares; y opta por imágenes claras y resolutivas. Con todo ello, la escritora prieguense arroja una visión personal con la que reconstruye la figura de María Zambrano, que nos resulta nítida en los versos que cierran este Siempre es demasiado:

Yo sé que siempre he sido viva luz de mí misma,

un canto estremecido, soledad sumergida,

territorio de nadie, mirando en mi pupila

la desnudez del alma.

Reseña de Festum de Maricruz Garrido en Odisea Cultural

http://www.odiseacultural.com/2019/07/19/festum-maricruz-garrido-manuel-guerrero/

Maricruz GARRIDO LINARES (2017): Festum. Ex Libric, 70 pp.

 

 

Uno de los temas habituales desde siempre en la poesía ha sido la ciudad. Aunque hay ejemplos de ciudades innominadas, parece que se prefiere aquella en que se nombra, tanto de manera explícita, como por algún barrio o lugar de referencia; valgan como ejemplos poéticas muy distintas y actuales como las de Izet Sarajlic (Una calle para mi nombre), María Jesús Soler Arteaga (Antes de que olvides) o Ángela Martín del Burgo (Dónde la muerte en Ámsterdam). De manera más localista, sin dejarse llevar por las luces de las grandes ciudades, encontramos Festum de Maricruz Garrido Linares. Concretamente, Maricruz pone los ojos y los versos en la localidad cordobesa de Almedinilla, población vecina a su Priego natal, que fue un punto geográfico importante en épocas íberas y romanas. El dios Hypnos, hallado en los restos arqueológicos, es uno de sus símbolos. Quizá con esa intención de tratar de que nos dejemos llevar por un sueño, Festum de Maricruz Garrido se construye con léxico e ilustraciones (salvo en un par de casos, que muestran la naturaleza) relacionados con lo latino.

La obra se divide en cuatro partes: «Festum», «Tempus fugit», «Carpe Diem» y «Beatus Ille». En la primera, «Festum», se centra en aspectos llamativos de la localidad, como el primer poema llamado «Almedinilla» o el dedicado al citado Hypnos:

 

Deja que el sueño habite

donde habita el olvido

de las almas errantes.

Permite que Selene vigile

a su amado Endimión.

 

«Tempus fugit» recoge también aspectos de Almedinilla, pero apuesta por la evocación y sugerencia de lo que fue en el pasado. En cambio, en «Carpe Diem» los poemas tienen más carácter de experiencia, con mayor expresión del sentimiento: el amor y la amistad aparecen; aunque aún hay espacio para lo latino, como el poema dedicado a la caída de Roma o a Medusa. Apuntamos estos versos de «A Antonio Pulido» como muestra de lo expuesto:

 

Hypnos te envolvió,

cuando el amor dormía

y esparció tu ternura

sobre esta silenciosa

villa de sueños vivos.

 

Finalmente, los poemas de «Beatus Ille», que no hacen referencia al tópico homónimo, evocan lugares de Almedinilla y el yo poético, con resonancias a caballo entre lo clásico y lo contemporáneo, como atestigua la presencia de un senryu. Y este motivo métrico nos obliga a comentar la variedad de metros y ritmos que hallamos en este libro, con el resultado mayoritario de poemas de influjo actual con esencia o espíritu clásicos. Al fin y al cabo, Festum pretende que sintamos fascinación o que nos dejemos atrapar por la fiesta de la poesía, lo que consigue totalmente:

 

Tan solo tú y la noche

para escuchar silente

tu latir con el mío,

en armónico ritmo.

Allá, justo a lo lejos

la fiesta continúa.

Reseña de Tras el oro del Rin de José Manuel Valle en El coloquio de los perros

https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/la-biblioteca-de-alonso-quijano/tras-el-oro-del-rin

VALLE PORRAS, José Manuel (2019): Tras el oro del Rin. La imagen de Alemania en los viajeros españoles (1842-1920). Cuadernos del Laberinto, 140 pp.

Quiero señalar otro [periodo] más amable: el que llevó a este país [Alemania] a convertirse en escuela, luz y estímulo de aquellos españoles que se dolían de las derrotas materiales y morales de su patria. Alemania podía ser, en aquella época el modelo para que España tomase el camino del progreso.

Con la claridad y la lucidez que le caracteriza, José Manuel Valle Porras (Cabra, 1980) expone en la Introducción de Tras el oro del Rin. La imagen de Alemania en los viajeros españoles (1842 – 1920) (Cuadernos del Laberinto, 2019), al que pertenece el párrafo inicial, la justificación del libro y la siempre interesante relación entre nuestro país y el germano, de «unos vínculos inevitablemente más débiles, debido sobre todo a motivos geográficos», como dice el autor.

El segundo capítulo presenta los autores tratados: Ramón de la Sagra, Juan Valera, Mariano Vázquez Gómez, Emilia Pardo Bazán, José Ortega y Gasset, Julio Camba, Ricardo León y Félix Díaz Mateo. A cada cual le hace un repaso biobibliográfico expuesto de modo ameno y especifica los detalles de sus viajes, salpicados por alguna que otra anécdota, siempre en aras de alentar a quien se acerque a esta lectura; es esta una de las virtudes del estilo de Valle Porras. Por ejemplo, sobre su paisano Juan Valera:

El deseo amoroso de Valera le llevó a protagonizar una curiosa anécdota cuando, ansioso de amar a la princesa Badrul-budur, se presentó un buen día en su casa, creyendo que vivía sola, y allí se encontró al padre, la madre y las hermanas. Al preguntarle la familia quién era y el motivo de su visita, se formó una curiosa escena, en la cual fue destacado ingrediente el desconocimiento que esta familia tenía del francés, de forma que Valera tuvo que explicarse en un precario alemán.

La tercera parte se titula «Alemania vista por los españoles», capítulo en el que el análisis cobra protagonismo, que aporta en apartados temáticos, un estudio no solamente por autor, sino también por la amplitud del tiempo y situación de cada uno. No deja atrás ningún rasgo: los lugares visitados, la política, la economía, la clase media, el carácter alemán, la gastronomía, costumbres, cultura, ciencia, literatura, música y filosofía. Lo anterior es una enumeración de los apartados antes referidos, el mérito de Valle Porras está en articular cada tema, según lo aportado por cada autor, y en conectar con las épocas posteriores dichas aportaciones. Buen ejemplo es el dedicado a la clase media, que parte de Ortega y Gasset: «existe una clase social –la más numerosa– que sirve de trazo de unión, los kaufmänner. Todos hacen la misma vida; […] comen en el mismo sitio y por el mismo dinero». Ricardo León también lo observa entre los obreros. Pero esto entrará en crisis con la Primera Guerra Mundial, para ello Valle Porras toma a Félix Díez, que contrasta la moralidad de antes y después de dicha guerra.

La cuarta parte ofrece las conclusiones a las que llega el autor, a partir de tres cuestiones: la comparación del carácter alemán con el español, la idea que de Alemania tienen los ocho escritores tratados y lo que estos buscaban en aquel país. Mientras que de las dos primeras se halla la respuesta en la tercera parte del libro, aquí atiende sobre todo a lo que España buscaba en Alemania: «Si ser un introductor de la música o de la filosofía alemanas equivalía a ser un renovador d ela música o la filosofía españolas, volver la vista al ejemplo alemán equivalía […] a modernizar España.

El libro concluye con la enumeración de las fuentes y de la bibliografía.

José Manuel Valle Porras nació en Cabra en 1980, es doctor (2017) por la Universidad de Córdoba y trabaja como profesor de Secundaria. Se ha especializado en el estudio de la heráldica en la Edad Moderna, desde una perspectiva de Historia social. Ha publicado diversos artículos sobre la materia, el libro El rumor de las piedras. Heráldica y genealogía de Cabra (2009), y, en breve, Ennoblecimiento y usurpación de armerías durante la Edad Moderna. El caso de Lucena (Córdoba), ganador del V Premio Nacional de Investigación en Historia, Patrimonio Documental y Archivos «Antonio García Rodríguez» (2018). Ha sido fundador de la Asociación Cultural Naufragio e impulsor primero de la revista Saigón, por no decir que fue quien la trajo al mundo y, posteriormente, miembro de su consejo de redacción. En esta revista publica reseñas literarias en la sección «Una biblioteca en la Conchinchina». Quien le haya seguido en estas publicaciones no se sorprenderá del exquisito estilo, de la palabra certera y del buen modo que tiene para comunicar algunos temas tan complejos y áridos. Esto último también vale para Tras el oro del Rin.