Siete mujeres en la encrucijada entre la Historia y la Poesía. Poetas olvidadas del Florilegio de Juan Valera

Este estudio, escrito por Manuel Guerrero Cabrera y José Antonio Villalba Muñoz, se publicó en el volumen Bohemios, raros y olvidados, coordinado por don Antonio Cruz Casado y editado por la Diputación de Córdoba en 2006, entre las páginas 423 y 483.BOHEMIOS-RAROS-Y-OLVIDADOS-BIBLIOTECA-ENSAYO-ACTAS-11--i6n1476042

 

Si hemos de hablar de olvidados, es imprescindible hablar de las mujeres. Pero aquellos que quieran ver en esta comunicación un brazo más de la temática sobre éstas, hemos de decirle que se equivocan, más bien lo contrario, no sólo las mujeres pueden hablar y disertar sobre su sexo, sino que además nosotros podemos hacerlo tan mal o tan bien como ellas, cuando de mujeres, poetas[1] en este caso, hablamos. Los escuchantes, primero, y los lectores, después, de la presente comunicación juzgarán cuánto de verdad decimos y cuánto de falsedad ocultamos. La historia y la poesía son los dos caminos que establecemos para siete mujeres, que se perdieron cuando ambas sendas se cruzaron, y que, una vez perdidas, olvidamos. Sigue leyendo

El tigre impar de Lara Cantizani. En Aldaba

EL TIGRE IMPAR DE LARA CANTIZANI

(c) Manuel Guerrero Cabrera

Artículo publicado en la revista Aldaba, nº 42, pp. 63-65.

Aquí y ahora

tus labios en mis labios

parecen haikus.

En febrero de este año, fallecía en su Lucena natal, una de las personas más vitales y optimistas de la poesía. El poeta Lara Cantizani (1969–2020) llevaba luchando desde 2018 contra el cáncer, no sólo física sino también literariamente, con la publicación de Haikus del buen amor, cuya venta está destinada a la lucha contra esta enfermedad. Es el arraigo de la forma poética del haiku uno de los mayores logros literarios de Lara Cantizani, cuya trayectoria comenzó en los años 90, además de distintos premios, como el Ciudad de Burgos o el Mario López. Sigue leyendo

Penélope ya no me lee. Artículo en Surdecordoba.com

https://www.surdecordoba.com/opiniones/manuel-guerrero-cabrera/penelope-ya-no-me-lee

PENÉLOPE YA NO ME LEE

(c) Manuel Guerrero Cabrera

 

 

A Penélope la conocí en 2012 del mismo modo en que he conocido a mucha gente que, de pronto, te acompaña el resto de la vida: gracias a los libros. Como Don Quijote, Ignatius J. Reilly, D’Artagnan o Matilda, entre muchos otros nombres, Penélope era la protagonista de una novela… ¡Ah! No, no me refiero a aquella mujer que esperaba en Ítaca a Odiseo, «un fullero / de quien nadie se fía. Un sinvergüenza», en palabras de Helena de Troya en el fenomenal poema de Luis Alberto de Cuenca. Penélope, como decía, era protagonista de una novela que tenía por título El atleta sin memoria, cuyo autor es Fernando G. Mancha, a quien le debo que algunos de mis primeros libros hubieran visto la luz. El autor, una vez cerró el sello comercial en el que se publicaban sus obras, optó por lanzarlas en el de Amazon, en el que parece irle bien. Allí se pueden encontrar, junto a la ya citada El atleta sin memoria, El viejo cocinero (Cécile o las estrellas), El cuerpo desobediente o Eterna Brisa. En Amazon no había podido seguirle, pese a que él me avisaba de la publicación para Kindle (ebook) de sus obras; hasta que desde finales del año pasado, decidí recuperar la lectura en formato electrónico (el último lo tuve hace casi una década). Entre los primeros títulos que compré estaban algunos de Fernando G. Mancha, concretamente los que no había tenido en papel; así, por ejemplo, descubrí esa novela maravillosa llamada Eterna Brisa, que he mencionado antes y que recomiendo desde estas líneas. Después, sinceramente, me entraron ganas de encontrarme de nuevo con Penélope y me descargué El atleta sin memoria.

No he comentado que uno de los motivos para que Penélope se quedara conmigo fue que en 2012 ella decía que yo era uno de los poetas que leía asiduamente. Esto me hizo mucha ilusión, porque quizá no tenga muchos lectores de carne y hueso, pero uno de papel era bastante importante (supongo que algo parecido a lo que debió sentir Gaspar Llamazares, cuando alrededor de 2002 –entonces era coordinador general de Izquierda Unida– vio que por fin aparecía su muñeco en las noticias de los guiñoles después de tanto solicitarlo); había traspasado el límite de la realidad y había alcanzado el de la ficción. Mas no todo es eterno, pues en la nueva edición para Kindle, de 2017, Penélope ya no me lee. Incluso es posible que me haya olvidado. Me quiero convencer de que ha sido porque ya no le gusta cómo escribo o que no he tenido la gentileza de dedicarle un poema; sin embargo, intuyo perfectamente el verdadero motivo: la he tratado como si no existiera de verdad. A Don Quijote me lo he imaginado mucho fuera de las páginas al lado de Sancho Panza observando la extraña sociedad actual, a Ignatius también, por ejemplo, cuando voy al cine; o a Matilda, que la he visto en el patio del cole de mi hija. Sin embargo, nunca he pensado el modo en que Penélope asistiría a alguno de mis recitales, el aroma de café con el que leería mis libros, o su voz al declamar en voz alta versos como estos que titulé «Olvidos» no hace mucho y que hoy, quién iba a decírmelo, le dedico:

 

Se me olvidan las cosas simples o cotidianas,

aquellas que no tienen importancia.

Nunca recuerdo si he apagado la plancha

o si he sacado el tupper de mi soledad

del congelador.

No es lo mismo, lo sé,

que devolver una llamada en el trabajo

o recoger a tus sobrinos del cole.

Es diferente, como desenchufar

por las mañanas el móvil al que no llamas

con la carga completa de tu indiferencia.

Se me olvidan las cosas simples como

colocar un cubierto menos en nuestra mesa

o comer más rabillos de pasas, simplemente

para acordarme de que ya no estás.

 

Penélope, ahora que no estás, ¿quieres ser mi lectora de nuevo?

Poema que me dedica Jaime Verdú

En Malagueando, próximo libro de Jaime Verdú, este poeta me dedica el siguiente poema:

 

VERDIALES
VENTOLINOS

Ventolinos verdiales, si robín ventolinos
en plumaje ligero, cetrería obispada,
tornabrisa de Aquiles, en la paja trillada,
al violín del invierno, si naciendo molinos.

Los verdiales alados al verano saludan
con sombrero y fajines, a la parra en vendimia,
con platillos rebeldes, castañuelas de alquimia
a los montes subidas, con bandurrias añudan.

Si fandango pandero, boquerón orquestino,
las guitarras sonoras por riachuelo platino,
si flamenco zancudo, caracola marina,

a la voz de varilla, capitula brinquina,
por alcalde encintado, con bandera taurina,
y la tarde galana, remoquete fiestino.