De los pensamientos y vivencias de un gañán en Surdecordoba.com

Acabo de leer Pensamientos y vivencias de un gañán, por lo que he de felicitar a Juan Miguel Caballero «Machaco», su autor, por haber logrado su gran sueño, con el mérito más admirable, y, además, por haber dejado a los lucentinos –y a quienes no lo son, en verdad– un interesante archivo de una parte de Lucena, no sólo en sus expresiones y habla, sino también en lo que ocurría fuera de su núcleo urbano. Habituados a referirnos a Lucena como su conjunto de calles, hay otra que hizo su vida fuera de ellas, en los cortijos, con jornales en el campo o vendiendo mercancía en otras ciudades, personas de las que él da buena relación y de su suerte.
Volviendo a las expresiones, me alegro de encontrar palabras que aprendí de mis abuelos y de mis padres y que hoy ya no hay modo de oírlas y raramente emplearlas (tampoco en la escuela), salvo por algún comentario nostálgico en la programación de la empresa de vídeo local: «sangarrear», «poyo fuego», «pichifarto», «echar el cristo», «porreteo»… Y hay otras que no conocía hasta ahora: «martingala», «lavarse a gafas», «enconsuchado»… Así que, gracias a él, una parte de este vocabulario local no se olvidará, aunque se haya perdido su uso.
Junto a las vivencias, quisiera destacar lo relacionado con los pensamientos del autor, ya que después de cada recreación de la memoria suele concluir con alguna reflexión normalmente bien traída al hilo de lo contado. Pensamientos relacionados con la naturaleza: «Siempre he observado que los árboles empiezan a secarse por la copa igual que al hombre con la edad le va fallando la memoria». Esto nos recuerda la fragilidad de la memoria humana a medida que avanza la edad. Más llamativos son los de aspecto social-moral, como la que comenta a raíz de que el hambre hacía que la gente comiera naranjas podridas y sus cáscaras, recurriendo a una nota machadiana: «Si de los que yo vi cogiendo naranjas podridas para comérselas diera sus nombres, no cabrían en esta página y hoy están millonarios. Muchos de ellos se han puesto tan aburguesados que ya no quieren saber nada de donde vienen ni que le recuerden su pasado. […] Simplemente recordar que al otro mundo, si existe, se va uno tan ligero de equipaje como hemos venido». Tampoco quiero dejar atrás aquellas reflexiones utilizadas para afirmar y reafirmar la veracidad de su relato, como si el autor temiera que no creemos lo que nos dice: «Como pasó así, así hay que contarlo, aunque les duela a algunos al leer estas letras».
Y, al hablar de nuestra actitud, acierta en su valoración: «Nosotros [los lucentinos] nos encasillamos a un nivel localista siempre creyendo que le estamos haciendo un favor a Lucena habiendo triunfado su arte con medallas de oro en varias exposiciones del extranjero». Espero que se rompa esta  norma y que el libro de Juan Miguel, de este sencillo y profundo hombre cuyo oficio era el de gañán, trascienda más allá de lo local, pues es un gran archivo para toda Andalucía, para una parte de España, lejana en el tiempo, pero cercana en la memoria.

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