De mis horas intempestivas en Surdecordoba.com

Medianoche era por filo, poco más o menos, cuando mi interés tuvo que pelear contra el sueño que me amenazaba. Lucha que motivó Luis Alberto de Cuenca, uno de mis poetas favoritos, a quien le tengo admiración y cariño, de quien siempre se puede aprender y comprender la cultura literaria. Como decía, la presencia del poeta en televisión a horas cercanas a mi reunión diaria con los brazos de Morfeo me reanimó lo suficiente como para disfrutar de la entrevista que le estaban realizando en un programa de literatura. En ella comentó que se divierte escribiendo y que el gozo de la escritura le motiva. Estas palabras suyas alimentaron mi aliento al final de un día en el que precisamente me habían comunicado mis beneficios por la venta de mis libros, tan escasos como el número de ejemplares (de uno de ellos, simplemente nada), lo que me hizo reírme de mí mismo y de mi ingenuidad. Confieso que yo disfruté (y esta es la palabra) con la escritura de mis creaciones, sobre todo, con el que dediqué al tango, que me llevó a viajar con decisión a Buenos Aires y a Montevideo, a ir a las milongas, a valorar los distintos bailes para el tango y el vals criollo, a patearme las librerías de Corrientes, a visitar Manoblanca en Pompeya, a estar hasta la madrugada en el Fun Fun, a caminar por Sarandí y recorrer la enorme feria de Tristán Narvaja (para muchas de estas cosas es mejor evitar los recorridos contratados); y a dialogar con sus gentes de sus pesares, de que la música les interesa más que la vergüenza o desvergüenza que tengan sus dirigentes, de las muchas coincidencias y pocas diferencias de nuestra habla en el mismo idioma, que me recuerda lo que decía José Luis Alvite desde sus crónicas radiofónicas del Savoy sobre la utilidad del imperio español: «conseguimos que siglos más tarde los indígenas americanos nos enseñen castellano». Y es que esto es lo importante: disfrutar de todo lo que conlleva la creación de un libro.

En esto pensaba, cuando al intentar darle al botón de apagado del mando, debí apretar algunos numéricos y salió un canal televisivo en el que la desnudez femenina invadió la pantalla, aunque mi interés no pudo esta vez con mi somnolencia. Acostado y apagada definitivamente la televisión, hubo pendencia entre las francas palabras de Luis Alberto y el fingido gozo de la actriz desnuda y aseguro que, justo antes de dormir, llegaron a la paz coincidiendo en que emiten los programas más interesantes a horas intempestivas. 

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