Reseña de Pedro Luis Ibáñez sobre El fuego que no se extingue

Publicada en varios medios: La Opinión de Cabra, Argenpress, Cabra digital, Cabra información y Luz de Levante.
En la construcción de la Poesía como edificio social -la huella del significado y significante realzada en la perspectiva de la cotidianidad- hallamos diferentes medidas. Unas son portadoras del excesivo empeño en protagonizar variantes líricas sumidas en el concepto. Otras aluden al determinismo de la estética como bien inmaterial. Son las menos las que se encauzan por el camino menos transitado y, por consiguiente, sin localización definida ni ruta conocida. Hablamos, en ese caso, de la pulsión del signo y su búsqueda como estado poético.
En El fuego que no se extingue -«frágil volumen», como lo define el propio autor- apercibimos que la intermediación del tiempo obra como envolvente e «infeliz melancolía». Hay un empeño en desandar lo vivido, «Traigo la íntima noche, / siempre refugio claro de mi sombra, / y el deseo impaciente del retorno, / como el agua del mar», no como reprobación, «Todo en mí se redujo a la melancolía / que me ha envejecido desde los catorce años», pero sí como viaje emocional, al que el poeta nos invita a adentrarnos en la etapa vital en la que se percibe y siente con más intensidad la orfandad del mundo. Tal vez por ello ese protocolo de intenciones que para el lector se aconseja en Poema para microondas, «Llegue a casa y descálcese. / (…) Mientras se toma el té / (o la infusión, ni importa) / lea cada poema de este frágil volumen. / Es importante». El tiempo se consume y la espita de la evocación es un anhelo que descarga su aliento de ceniza, «Tuvimos amigos pasados los años que tanto / ganaron con fe y humildad / (…) En esta melange tan carnavalesca, crecimos, crecemos … y llega el final». Quizás sea en Plaza Nueva donde el lirismo detente su mayor y mejor capacidad para arañar al destino con fiera y nostálgica convicción. La plaza es el corazón. Centro neurálgico de la posesión y la pérdida. El corazón y la plaza se miran hacia dentro para invitarnos al silencio recogido y escuchar nuestros pasos perdidos en el vértigo del día a día, «El reloj no da tregua, corazón de Lucena, / hastío en el estío, soledad del otoño, / las pisadas son vida, como hoja en el retoño, / como sangre en las venas». La amistad se entrega en la plaza, en el mismo corazón. Deambula en los perfiles literarios que cruzan de un tiempo a otro las letras que les son comunes, «En diecisiete pasos te cruza Manuel Lara, / te convierten en décima Rivas y Antonio Cruz; / con su prosa creciente, como un vidrio al trasluz, / Julián Valle te aclara».
Manuel Guerrero Cabrera no sólo ciñe a sus labios la arruga del tiempo. Hace acopio de fortaleza en el amor, que es muro frente al inexorable fin, «Si preguntas el tiempo que nos queda, / probaré de tu cuerpo / las crestas de la sal / (…) pues este amor es tan fuerte / como la muerte». El poso de lo definitivo es, sin embargo, efímero y familiar aroma, «Porque en tu ausencia dejas / el eterno perfume / de las panaderías». Y es causa justa, sin titubeos ni cargos de conciencia. El amor es pleno y entusiasta poder de afirmación, «Que me perdonen / los sindicatos: / hoy no trabajo, / porque no tengo amor / en mis servicios mínimos» o lo convierte manjar exquisito «Dejo que el sol apruebe tu paciente blancura / para desayunarla al punto sin descanso; / entonces hay más luz, porque el alba procura / repetir que vivamos de amor otro remanso». Al final de esta primera parte, Melange, el autor lucentino hace un guiño a una de sus pasiones: el gotan. Componiendo lo que el bautiza como Tangohaiku, «Tu nombre es eco / paredón y después… / lo que ya ha muerto». En la segunda parte bajo el título de El mismo loco afán recoge poemas de sus anteriores publicaciones, El desnudo y la tormenta y Loco afán. De esta última apunto el poema que, con personalidad propia y privativa, es clavazón de la herida que no cesa de manar en la ausencia. La muerte del amigo es un tajo: «Y se fue sin aviso como un rayo caído / que escoge ser oscuro tras dividir la noche», que nos parte en dos por ese mismo rayo que elige la oscuridad.
El amor por la Literatura que Manuel Guerrero Cabrera alberga y expresa, no sólo en su faceta como docente, también por la intensísima actividad cultural y literaria que despliega en Lucena, su localidad de residencia, tiene su propio reflejo en esta obra en cuatro poemas ,los numerados 12, 13, 14 y 15, que contienen todo un principio sobre la escritura y la propia lengua. Es emocionante entonar «Cono ajutorio de nuestro dueno…» Aún más, a sabiendas que en las investigaciones del profesor Antonio Carrillo Alonso -en referencia a su obra Fernando de Herrera, Góngora y Soto de Rojas: su relación con la lírica arábigo-andaluza. Tesis del año 2005. Universidad de Sevilla-, colaborador de Emilio García Gómez, detecta y esclarece las preeminentes influencias arábigo-andaluzas en la lírica del Siglo de Oro, que se superponen a las grecolatinas. Jarchas y zéjeles condensan el germen lírico cuya huella encontramos en las coplas del cante flamenco. No es de extrañar que en El fuego que no se extingue, el vate de la comarca Subbética culmine con estos versos que cantan por si mismos: «¡Qué penita está brotando! / Porque lo vi con mis ojos, / besos te robaron / en la placita del Potro».

El fuego que no se extingue en Lucena

Ayer se presentó en Lucena, en el Círculo Lucentino, El fuego que no se extingue, que fue repartido gratuitamente entre la veintena de asistentes que decidieron acompañarme.

 
Tras la bienvenida del presidente del Círculo Lucentino, Mario Flores, continuó el concejal de Cultura, Manuel Lara Cantizani, que realizó una acertadísima introducción sobre mí y mi obra, resaltando algunos poemas, y señaló que mi estilo pertenecía al de la línea clara. Después, el poeta José Puerto habló del Aula de Literatura de Priego y destacó lo que se va haciendo por la poesía y la cultura desde Naufragio. Finalmente, intervine con una lectura de algunos de los poemas del libro, comentándolos y hablando de su génesis. El acompañamiento musical corrió a cargo de Manuel Delgado.
 

Por un fuego inextinguible. Reseña de Julián Valle sobre El fuego que no se extingue en Surdecordoba.com

La lectura de poesía no está entre mis costumbres. Me faltan cualidades, no es cuestión de desprecio. Creo que para ser poeta o lector de poesía —o ambas cosas— es necesario tener una sensibilidad especial de la cual carezco. Esto no implica que jamás lea poesía. Esporádicamente, muy esporádicamente, visito la lírica, si bien como quien visita a un pariente lejano enfermo: más por ser persona cumplidora que por importar un cojón de pato en salsa agridulce las miserias del aludido. Eso sí, salvo por la rima y métrica clásicas, sin especial predilección por períodos o autores. No practico favoritismos. Me acomodo tanto a Quevedo —mejor que a Góngora, sinceramente—, como a Bécquer, a Espronceda, a Lorca, a Juan Ramón o a Alberti.
Pero, entre toda la pléyade de líricos bendecidos por la gracia de Apolo, o quien fuera el que tocara el correspondiente instrumento —la lira, se entiende—, como toda regla cuenta con su excepción, hay uno que sigo con absoluta fidelidad, porque pertenece al reducido grupo de los grandes poetas de nuestra época. Y porque es mi amigo.
Manuel Guerrero Cabrera, cuyo tiempo compagina con la enseñanza de Lengua y Literatura, domina con singular talento la estructura canónica —la delicadeza de sus sonetos motiva la admiración del literato actual— y la libre. Así, en lo referente al último caso, pese a no ser yo demasiado partidario de esta suerte de plectro espontáneo, la elegancia del cuerpo resultante abruma al más puntilloso catedrático de la ortodoxia, y al indocto cultivador de aficiones varias, donde me incluyo.
Hoy estamos de enhorabuena, porque Manuel Guerrero acaba de publicar una nueva obra. Hecho por el cual me congratulo, y lo felicito; ya quisiera yo contar con la oportunidad de una publicación editorial. El dichoso acontecimiento se lo debemos al acertado criterio del Ayuntamiento de Priego de Córdoba, que enrola en sus filas a un ilustre poeta vivo. Y, cuanto más ganen otros de él, más perderá Lucena; aunque esta cuestión no atañe a mi conciencia. Una ciudad es lo que sus ciudadanos quieran que sea.
La obra lleva por título «El fuego que no se extingue». Dividida en dos partes, «Melange» y «El mismo loco afán», reúne veinticinco poemas. «Melange», con composiciones de inédita compilación, condensa toda la libertad creativa del autor—«Nunca me han silenciado / para escribir / el afán inspirado / de puño y letras libres»—, recurriendo a los temas que erigen el reconocimiento de un estilo. Por eso, recupera el amor, sea romántico—«… porque el alba procura / repetir que vivamos de amor otro remanso»—, sea erótico —«y repasar mi lengua / por tu dulce de hojaldre»—, y el tango, combinándolo con la influencia oriental en «Tangohaiku». Se recrea, además, Guerrero en la melancolía de los recuerdos.«Quiero recuperar / los besos de la infancia», escribe en «Cinema Paradiso».«Contigo me has traído / recuerdos de los besos»,remata en «Nuovo Cinema Paradiso».«La vida en familia: ¡qué tiempos aquellos del niño / más viejo que no ha de volver!»,intercala en «Melange». La inagotable generosidad de sus musas le concede cantos a la Historia, a Lucena y a la Literatura, «llanto infantil / del castellano», o a su propia Literatura: «He soñado que Elena / leía mis poemas» o «La niña sonrió / tras leer mi poema». Honra, en fin, a sus maestros —«con la pinta de aquel Carlos Gardel / que siempre sonreía / y el divino tesoro de Rubén»—, y, probando su destreza en el manejo del género, logra con «Poema para microondas» una curiosa invitación, un saludo al lector, a modo de prodigioso prefacio.
La segunda parte, «El mismo loco afán», supone una selecta antología introducida por uno de mis poemas preferidos, aquél que arranca con los memorables versos «Y yo me iré. / Como todos. De un día / para otro. Sin aviso», alcanzando el breve «Y se fue sin aviso como un rayo caído» y culminando con el homenaje a un rincón cordobés donde «besos te robaron / en la placita del Potro».
El amor, evidentemente, esa pasión que consume y abastece, ese fuego inextinguible, «… fuerte / como la muerte», ha conducido al autor a establecer residencia en Cabra. La privación queda para la ciudad que lo vio nacer, vigorizándose la que lo acoge. Ventajas de la amistad, a mí tanto me da. Después de todo, sólo representa la eventualidad de un corto desplazamiento. La amistad no conoce de términos ni fronteras, no se somete a distancias ni intervalos, no se convence con lamentos ni reproches. La amistad es algo más simple: «Tuvimos amigos pasados los años —versifica Manuel Guerrero en “Melange”— que tanto / ganaron con fe y humildad».

Reseña de El fuego que no se extingue realizada por Jessica Sevilla en El adarve

En el periódico prieguense El Adarve, sin tener noticia de ello, apareció una reseña de mi libro El fuego que no se extingue, que realizó una estudiante de Bachillerato llamada Jéssica Sevilla Rodríguez. No solamente he de agradecerle que la haya escrito y el acierto del empleo de los términos «suavidad y sencillez» para referirse a mis versos, sino también la atención generosa que muestran sus palabras y que me ha dado ánimo.
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Transcribo aquí el artículo para su mejor lectura.
SUAVIDAD Y SENCILLEZ EN EL FUEGO QUE NO SE EXTINGUE
Jéssica Sevilla Rodríguez
Amantes de la poesía somos, los que cada viernes, esperamos ese encuentro tan especial bajo el Centro Cultural Adolfo Lozano Sidro. En concreto, el Aula de Literatura reabrió sus puertas el pasado 1 de febrero, y esta vez fue diferente. Al igual que la poesía visual, la poesía «moderna» es un ámbito relativamente fresco, reciente en el cual algunos no nos acabamos de adaptar del todo. Pero Manuel Guerrero Cabrera, nuestro protagonista de la tarde, nos encandiló con sus versos rítmicos y llenos de suavidad y sencillez (en el sentido más puro de la palabra). Con su libro, El fuego que no se extingue, nos hizo sentirnos más humanos que nunca.
Manuel Guerrero Cabrera, de 32 años de edad, es profesor de Lengua y Literatura y poeta, al que le han sido otorgados reconocimientos como Pimiento de Plata 2011, ha sido autor de Estudios críticos de literatura del Siglo de Oro,Tango bailando con la literatura, Para despertar y de los poemarios El desnudo y la tormenta y Loco afán. Por otro lado, se define a sí mismo como una persona que sólo lucha por obtener todo el conocimiento y toda la vida.
Al hablar de poesía siempre pensamos en el gran Antonio Machado, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Gustavo Adolfo Bécquer o en el gran Miguel Hernández, entre otros muchos. Pero, si echamos un vistazo a sus poemas, ninguno de ellos habla de un microondas, ¿verdad? Pues así es como empieza este maravilloso libro poético. En la composición «Poema para microondas» nos invita a tomar una infusión mientras leemos el resto de ese «frágil volumen». Es tan solo con este comienzo cuando sentimos (los allí presentes) que no presenciaremos una poesía común sino que encajará con nuestro día a día, y lo que esto conlleva, nuestros sentimientos de «andar por casa» que queramos o no siguen siendo sentimientos que no pecan de sentimentalismo.
El fuego que no se extingue es una progresión de sensaciones que no nos dejan indiferente. Una puerta abierta donde el lector puede asomarse para compartir estremecimientos, leer este libro supone recorrer toda una vida. Manuel Guerrero Cabrera (a pesar de su temprana edad con respecto a otros poetas) parece saber muy bien los temas que trata, así como el enfoque que les da. El amor, la muerte y la belleza de la vida rutinaria son las materias que utiliza en poemas sin rima (en su mayoría), pero sí con ritmo. Y es que ya lo he dicho muchas veces; para sentir, no hace falta que el verso sea alejandrino o endecasílabo, con rima asonante o consonante, sólo basta con tener ese Loco afán por la poesía y muchas ganas de sentirse vivo.
Finalmente me gustaría agradecer, una vez más esta gran oportunidad a la que nos invita la Delegación de Cultura de Priego de Córdoba y, en especial, a Mari Cruz Garrido Linares, coordinadora de esta Aula de Literatura, profesora de inglés y, sobre todo, gran persona. Gracias por acercarnos aún más al emocionante y sobrecogedor mundo de la poesía donde tristemente solo estamos unos pocos. De esta manera, invito a todo amante de este género a leer a Manuel Guerrero Cabrera y les pido (a modo de favor) que asistan a los actos poéticos que tenemos en Priego, sin duda de una calidad inapreciable. Así, solo queda exprimir la visión del autor frente a sus poemas. «Nuovo Cinema Paradiso» fue el único donde se paró, done se le hizo un pequeño nudo en la garganta, donde se le iluminaron los ojos bañados por un dulce recuerdo, es por ello que yo me quedo con este.
Gracias a todos por dedicarle un pequeño momento a esos grandes poetas.

Breve reseña de El fuego que no se extingue por Antonio J. Sánchez

En el blog del poeta Antonio J. Sánchez ha aparecido una breve reseña, casi a modo de anotación, sobre El fuego que no se extingue:
http://balancedesituacion.blogspot.com.es/2013/02/el-fuego-que-no-se-extingue-de-manuel.html?m=1
Una visita a Córdoba siempre es agradable, pero mucho más cuando vuelves con un  buen libro de poesía entre las manos. En este caso El Fuego que no se Extingue, de Manuel Guerrero.
Es un libro muy breve, dividido en dos partes: Melange y El mismo Loco Afán. Lo he leído de un tirón, con mucho interés, especialmente la primera parte (los poemas de la segunda parte ya los conocía), y me ha sorprendido, muy gratamente, la capacidad de maduración como poeta de Manuel.
Si de El Desnudo y la Tormenta a Loco Afán (los dos primeros poemarios de Manuel) ya se apreciaba una evolución en su estilo, esa evolución prosigue en El Fuego que no se Extingue. Los temas siguen siendo los mismos: la literatura, el tango, un erotismo sutil y luminoso, el paso del tiempo… La voz de Manuel es muy reconocible. Pero, a la vez, el lenguaje es cada vez más limpio, más cercano, más directo y eficaz. Lo cotidiano (el microondas, la huelga, el centro comercial, la plaza de su ciudad…) cobra presencia. Los poemas se resuelven con brillantez y valentía (“…porque no tengo amor en mis servicios mínimos”). Y hay hallazgos llenos de belleza, como el paralelismo que establece entre las primeras palabras en castellano, pronunciadas por un sesudo académico, y el balbuceo de un niño que interrumpe esa conferencia. O el tangohaiku: tres haikus inspirados en tangos argentinos.
Vista el crecimiento que, de una obra a otra, experimenta la poesía de Manuel, y teniendo en cuenta que su juventud sigue estando insultante, podemos prever que los mejores versos de Manuel Guerrero están por llegar, y que su voz poética va a deslumbrarnos, mucho y bien, en el futuro.

El fuego que no se extingue. Aula de Literatura de Priego de Córdoba

Ayer, en el Centro Cultural Adolfo Lozano Sidro de Priego de Córdoba, tuvo lugar la presentación de El fuego que no se extingue de Manuel Guerrero Cabrera, editado por la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Priego de Córdoba, con motivo de la participación del poeta lucentino en el Aula de Literatura de esta localidad. Tras la apertura a cargo del concejal de Cultura, Miguel Forcada, apoyando un nuevo curso del Aula del Literatura, la coordinadora de este, Maricruz Garrido, presentó a Manuel Guerrero, quien realizó una lectura de los poemas publicados y una disertación acerca de la génesis e influjos de ellos.
Más de una treintena de personas se acercó al Centro Cultural Adolfo Lozano Sidro, que entregó un ejemplar a cada asistente. El acto contó con la intervención musical de Manuel Delgado a la guitarra.
Mi agradecimiento va para el citado Centro Cultural, la Delegación de Cultura y Maricruz Garrido.