Reseña de Catadora de Lara Cantizani. En Odisea Cultural

https://www.odiseacultural.com/2020/04/03/catadora-lara-cantizani-manuel-guerrero/

Más de diez años después de su último libro, Régimen interior (2009), con el que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Mística Miguel Castillejo, volvíamos a tener entre las manos un nuevo libro de Lara Cantizani (Lucena, 1969-2020), titulado Catadora.

Lara Cantizani fue uno de los autores fundamentales para comprender el arraigo del haiku en nuestro país, además de uno de los más interesantes e importantes editores, al ser responsable, entre otros, de los libros de Cosmopoética (Ana Blandiana, Anna Crowe, Lawrence Ferlinghetti…), de la Colección 4 Estaciones (Mark Strand, Izet Sarajlic…) o de la antología Su nombre era el de todas las mujeres… de Luis Alberto de Cuenca, quien, por cierto, firma el prólogo de Catadora.

En este último título de Lara Cantizani, el erotismo, uno de los temas habituales en la producción del poeta, es asunto principal, junto con el vino. La obra está dividida en cinco partes, cuyas denominaciones ya nos sugieren cierto espíritu enológico: «La uva alba de la luna», «Madrigales», «Vendimia», «Sorbos de 17 sílabas» y «El tigre impar».

En «La uva alba de la luna» se nos presenta la Catadora, que cata hombres como el vino:

La botella era mala, no pasa nada.
Brindemos con el vino de nuestra piel
y después ve a por otro.

En estos poemas, el humor es un recurso elemental del poeta, un humor inteligente que funciona como contrapunto, generalmente, al final de los poemas. Por ejemplo, en «Enóloga», en la enumeración de los efectos contrarios de uno de los medicamentos que debe tomar, se indica que «no se tomase el medicamento / con alcohol», a lo que la Catadora expresa su indignación: «¿Y cómo hago vinos? / Yo alucino y me quiero morir sin mi vida».

«Madrigales» y «Vendimia» ofrecen poemas eróticos, sobre las conquistas de Catadora, si bien «Madrigales» se centra en los ojos y «Vendimia» en el sexo.

«Sorbos de 17 sílabas» comienza con «Paraíso interior (la bodega de los haikus en los barriles)», un poema estremecedor, una poética, que así lo definió Jacob Lorenzo durante la presentación de este libro, de su última poesía, y para el que necesitamos recuperar este extraordinario haiku de Shiki, que nos viene dado en el libro: «Qué fría la luz / de la luciérnaga / dentro de mi mano».

Desde entonces, me tomo muy en serio
cada haiku y cada vino.
Desde entonces,
y tras tu ausencia,

soy la fría luciérnaga apagada
de Shiki
en manos de nadie.

Tal y como dice Luis Alberto de Cuenca en el prólogo, en esta parte aparecen «los haikus, donde se encuentra tan a gusto nuestro poeta».

Una luciérnaga
ilumina el silencio.
Botella negra.

El desayuno.
Las uvas que se comen
no serán vino.

En la risa húmeda
de sus labios rosados.
Huellas de tinto.

En la botella una vela. En el cielo,
uvas de estrellas.

Si tú no estás
los dos somos uno;
brinda y verás.

Así, se llega a «El tigre impar», que reúne sus últimas creaciones y que, según el prologuista, con el que coincidimos, está «acribillada de versos memorables». El título de esta sección se toma de un verso de Pedro Casariego Córdoba (Pe Cas Cor), como se revela en el poema «La noche fundida», y ha servido para denominarse al propio autor de Catadora. El tigre impar, que es –y siempre será– Lara Cantizani, se expresa en femenino y ahonda en la comparación de los amantes, de los hombres, con el vino.

El erotismo y el humor son dos de los rasgos predominantes, junto a una poesía muy sugerente y con poemas sensacionales, de los que cuesta olvidar una vez leídos y a los que se desea volver.

¿Tú te has quemado
en mi infierno
y quieres repetir?

No te lo recomiendo.

[…]

Todavía no he pintado
las manchas de humo
del techo de nuestro recuerdo
y ya ni fumo ni sufro.

«Joven», «Egoísta», «Vinagre», «Verde»… los títulos ya manifiestan el tipo de «vino», o destacan algún atributo para la composición del poema, como en este «Granates»:

Un contenedor de basura
desbordado por cerezas que no dan el calibre
para la venta legal.
Migas de corcho
flotando en una copa de tinto.
Un galgo con una herida en carne viva
en el cuello.

Me dejo el vino.

Mención aparte merecen dos poemas. Primero, el titulado «Cata y regalo envenenado cuando se huele demasiado», en el que une silencios y olores (¿sinestesia?), con la inevitable carga erótica y el estallido de los sentidos («Cada vez que me pongo Chloe Narcisse / pienso en vinos, silencios / y en el final de aquella noche»). El otro, «El porbeber» que, en palabras de Luis Alberto de Cuenca, sintetiza «de forma admirable el guion de Catadora»:

No voy a escribir
lo que no voy a beber.
No invento la felicidad.

Soy catadora.
No soy una adivina.

Los últimos versos del tigre impar están llenos de múltiples sensaciones, hay que saborearlos y llenarse del amor y del vino de Catadora.

A pesar de la reciente pérdida de Lara Cantizani para la Literatura, siempre nos quedará su poesía y brindaremos con sus versos, con sus haikus:

Si tú no estás
el vino apaga las velas
sin descorchar.

Reseña: Manuel Guerrero Cabrera

Obra: CatadoraLara Cantizani, (Lucena, 2020), prólogo de Luis Alberto de Cuenca.

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