Libros para hacer lectores. Artículo en Surdecordoba.com

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Cursaba 6º de EGB: yo apenas leía más que otros compañeros (un libro por trimestre, y ya había entregado la ficha –datos y resumen– correspondiente al de aquel trimestre), así que me presento un lunes con las fichas de los dos libros que me habían atrapado el fin de semana. Era la primera vez que me ocurría. Jamás olvidaré la conversación con aquella maestra:

–Le entrego las fichas de los dos libros que me he leído –le dije.
–No es verdad. Tú no has leído estos libros.
–Sí lo he hecho. Es que me han gustado mucho.
–Me cuesta creerte.
Decepcionado, tomé las fichas para llevármelas:
–¿Qué haces? Déjamelas en la mesa –me ordenó.

Los alegres viajeros de Marcelle Lerme-Walter, que trata de un niño y una niña (aún recuerdo que ella se llamaba Ágata) que con un artefacto mágico viajan por distintos lugares y hasta resuelven un problema, y Pájaro rojo de Irlanda de Sondra Gordon Langford, sobre una chica irlandesa que tiene que emigrar con su familia, fueron los dos libros que presenté a aquella maestra y que me engancharon a la lectura. Los dos pertenecían a la colección de El barco de vapor. Lo curioso fue que leí uno detrás del otro, que los dos me encantaron, y eso no me ha vuelto a pasar. Guardo en mi memoria momentos inolvidables, como la primera vez que leí a Miguel Hernández en el patio del Marqués de Comares, tras haberme saltado una clase; o cuando acabé Maus de Spiegelman de madrugada, a tres horas de que sonara el despertador para ir a trabajar; o cuando Lara Cantizani me descubrió a Luis Alberto de Cuenca, antes de preparar el nº 8 de la revista Saigón; pero nada de esto sucedió de seguido, sino muy espaciado en el tiempo.

En la última estancia en el hospital, indeseada como todas, le descubrí a mi hija el cuarto de juegos y yo en él una biblioteca. Era variada, aunque predominaban los cuentos tradicionales, esos que hoy censuran, prohíben o retiran de bibliotecas escolares por una estúpida y sesgada visión del sexismo y del feminismo… pero no es este el asunto de este artículo. Comentaba que había un buen número de volúmenes de cuentos tradicionales, seguido de libros de narrativa infantil y juvenil actuales. También había de poesía, algunos de teatro y de cómic (Asterix, principalmente). Tras varias inspecciones, siempre acababa con los mismos libros en las manos: los de la colección de El barco de vapor; pero me refiero a las ediciones de esta colección que llenaron la vida de los escolares en los ochenta y en los noventa, como los que mencionaba arriba, no a las reediciones y nuevos títulos que han ampliado la colección en el siglo XXI. Confieso que no me pude resistir a leer El pirata Garrapata (de 1982, que se dice pronto) de Juan Muñoz Martín (quien, por cierto, en mayo cumplió 90 años, que también fue el autor de los libros de Fray Perico –del que no encontré ningún ejemplar allí–, y que llegó a ser en los noventa uno de los autores más leídos por los niños); pensaba decir releer, pero, como lo había olvidado completamente después de más de veinticinco años sin hacerlo, creo que lo correcto es emplear el verbo sin la partícula re-El pirata Garrapata es ingenioso y divertido, aunque en los tiempos inciertos de hoy para el humor desenfadado y que delata las carencias de los personajes no sería comprendido. En serio, el libro ardería hoy en Twitter en un auto de fe digital. Otro de los libros de El barco de vapor, que leí y que me atrapó, fue El fabricante de lluvia de William Camus, un libro que en su momento se catalogó de juvenil porque el protagonista era un adolescente, pues su contenido con algunos capítulos violentos y detalles polémicos (un padre borracho, una biblia que oculta una botella de alcohol, un menor que trabaja, la desconfianza hacia el género humano y los representantes de la justicia, la ausencia de mujeres con buenas pretensiones, disparos a bocajarro en la cabeza…) sería muy discutido hoy para recomendarlo en clase, pero tiene algo de lo que adolecen varios de los títulos actuales juveniles e, incluso, adultos: una narración fascinante que atrapa, una construcción muy acertada de los dos protagonistas, una buena muestra de la sociedad y de los problemas de convivencia sin reservas (la historia se sitúa en los Estados Unidos de principios del siglo XIX) y, en especial, una sólida historia con un principio, con momentos en el desarrollo y un final sorprendentes, además de que tiene una gran ventaja: el libro también funciona para adultos, podrían leerlo a la vez los distintos miembros de la familia.

No sé que tienen aquellos libros de El barco de vapor naranjas y rojos para que consiguieran hacer tanto por la lectura, para que consiguieran alentar el alma lectora de tantos jóvenes, incluso pasados más de veinte años.

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