La vida es así. Artículo en Surdecordoba.com

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Mi hija lleva un par de semanas que se despierta desasosegada de la siesta, como si hubiera tenido una pesadilla y, con sus tres años, aún no es capaz de comprender que «los sueños sueños son». Uno de los mejores remedios para calmarla es darle una vuelta en coche, generalmente, una vuelta al pueblo, con la que se relaja y se pone de buen humor.

En uno de estos paseos, recibí una llamada de teléfono. La atendí con manos libres, por supuesto. Tras el informal «¿Sí? Diga», escuché la voz de quien me llamaba y la reconocí al instante. Era inconfundible, una voz agrietada por la edad y gastada de muchas conversaciones. Era la de uno de los grandes poetas de España, y no estoy haciendo un cumplido por si leyera estas líneas. Insisto en que era la voz de uno de los grandes poetas de España… En cierto modo, aguardaba recibir la llamada en algún momento, porque, aunque manteníamos correspondencia postal, teníamos aplazado un asunto, una entrevista para la revista Saigón, que, por diversos motivos, no terminaba de hacerse realidad.

Después de presentarse (que no hacía falta) y antes de preguntarle por la salud u otros asuntos, le indiqué que estaba conduciendo y que le llamaría al llegar a casa, pero él, muy cortésmente, me dijo que no era necesario, pues estaba devolviendo las llamadas pendientes de los últimos meses que no había podido atender por el fallecimiento de su hijo.

El silencio recorrió diez o veinte metros. Un badén me obligó a hablar. Le dije que lo sentía mucho, que no lo sabía, que qué podía hacer por él. Y me dijo con la misma facilidad que se cambiaba de marcha: «No te preocupes. La vida es así».

Nos despedimos.

Seguí conduciendo. Ya me acercaba a casa y no podía, y aún no puedo, quitarme estas palabras de la cabeza: «La vida es así». Muy parecido debe ser el desasosiego con el que mi hija se despierta de la siesta: el terror de que sus padres no estén ahí. Nunca me he imaginado lo que pudiera pasar si se diera el caso contrario y un día ella no esté. Pienso en el asesinato del niño Gabriel y se me lacera el pecho y el alma. La vida es así, la mueca de una siesta.

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