Reseña de El silencio de Saúl Suane en El coloquio de los perros

https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/la-biblioteca-de-alonso-quijano/el-silencio

EL SILENCIO DE SAÚL SUANE

Manuel Guerrero Cabrera

Una de las definiciones de enunciado que tuve que estudiar en la preparación de oposiciones era la de que aquel estaba comprendido entre dos silencios. Lejos de su certeza o falsedad, me parecía que esta afirmación hacía necesaria que para que se diera un enunciado debía haber silencio. Algo así ocurre en El silencio de Saúl Suane (Córdoba, 1984), quien ya había publicado en 2009 Las aguas y las horas (Groenlandia): el silencio existe porque la voz existe. Estos dos elementos, junto al agua, están indisolubles en este volumen.

Pero hay una cuestión muy llamativa en este libro. El autor indica la cronología de la obra: desde invierno de 2007 hasta verano de 2009, dos años y medio; y, además, coloca cada una de las tres partes del libro en un lugar; esto es, «La voz» en Córdoba, «El silencio» en Madrid y «La pregunta» en Córdoba de nuevo. En definitiva, rasgos vitales de la necesidad de su enunciado y, por consiguiente, de sus silencios en la veintena de poemas que nos ofrece.

En la primera parte, «La voz», nos encontramos con una poesía casi sin adjetivos, con bastantes verbos unidos a la preferencia por los sintagmas nominales. Poemas en los que la voz simplemente quiere hacer acto de presencia, sin matices. De manera etérea, pero presente, el silencio:

Que era libre

Creí

Se anclaba

a las cadenas que no existen

a las ataduras que no se ven

Que era libre

Creí

Ahora no sé

dejar de amar

La segunda parte, que da nombre al poemario, contiene la mayoría de los mejores poemas del conjunto, casi todos en la estética de la sección anterior. Textos muy basados en la imagen, enriquecedores y sugerentes; en los que la melancolía se presenta mediante motivos de agua, como la lluvia o las lágrimas:

Una lágrima

vaciada

de mi cuerpo.

[…]

Rompe el silencio

la muerte,

el duelo de amor.

La última parte se intitula «La pregunta», en la que la voz y el silencio crean poemas como enunciados conjuntamente, sin que una prevalezca sobre otro. Así, el poema final nos brinda probablemente esa «pregunta» que el poeta, sobre su voz y su silencio, no deja de hacerse:

¿Debo volver mi cuerpo hecho interrogación

hacia el cielo o la tierra,

o debo dejar ir todo cuanto

la marea fue dejando en mi orilla?

La marea, como otras imágenes relacionadas con el agua, están presentes en los poemas de esta tercera parte. Los ríos, los mares, etc. parecen corresponderse con el tiempo, el elemento esencial que anima estos últimos poemas de El silencio. En relación con lo dicho al principio sobre el enunciado, basta recordar aquel principio del signo lingüístico de Saussure, acerca de que su significante es lineal mediante una secuencia temporal, como el poeta lo establece en cada verso, en cada imagen del agua, de lo temporal:

Caminar sobre los mares,

en los ríos me perdí.

Y yo te buscaba, yo te buscaba.

Y este cuerpo mío que traigo,

y esta voz mía que traigo,

en los ecos se pierde.

 

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