400 años de las Rimas Sacras de Lope de Vega en Cabra digital

Este tiempo de Cuaresma es un buen momento para dedicar un momento a leer algunos poemas de temática religiosa. De los autores de nuestro Siglo de Oro, es Lope de Vega (Madrid, 1562–1635) uno de los más conocidos y prolíficos, tanto que no es necesario presentarlo. En este artículo nos centramos en las Rimas sacras, que publicó en Madrid en 1614 agrupando poemas escritos en años anteriores, y que constituyen uno de los volúmenes de poesía religiosa más importante y notable del siglo XVII. No fueron estas Rimas la primera ocasión en que escribió poesía con esta temática, pues dos años antes dio a luz unos Soliloquios, «cuatro poemas llenos de congoja y arrepentimiento por su vida pasada», en palabras de José Manuel Blecua. Estos Soliloquios son fruto de una crisis espiritual, que se hace más profunda con la muerte de su hijo Carlos Félix, de unos siete años, en los meses finales de 1612, y el fallecimiento de su esposa Juana de Guardo en 1613 al dar a luz a una niña, por lo que ingresa en la Orden Terciaria Franciscana el 24 de mayo de 1614.
Todas estas circunstancias vitales acabarán reflejándose en las Rimas sacras, en las que «todo lo que fue entrañable y apasionada poesía amorosa, se convierte ahora en poesía a lo divino, por decirlo así», según Blecua. Junto a poemas sobre santos, fiestas y de forma popular, destacan algunos sonetos, muy conocidos, de indudable calidad y que pueden considerarse cumbre de la poesía religiosa española.
El crítico Francisco Díez de Revenga analiza de forma general la genialidad de los sonetos:
 
Lope llega a la expresión poética de su religiosidad desde límites de un gran sentido estético. Se refuerza este con la pureza y verdad de las imágenes, con el admirable acorde de los endecasílabos (algunos, como «verás con cuánto amor llamar porfía», intentando reproducir con los acentos el insistente sonido de la llamada), y sobre todo con la admirable condensación expresiva y con una precisa coordinación estructural. […] El contraste y el desengaño dominan plenamente el contenido y la forma de estas magistrales composiciones poéticas.
 
Entre ellos están aquellos que comienzan «Pastor, que con tus silbos amorosos», «No sabe qué es amor quien no te ama», «¿Qué ceguedad me trujo a tantos daños?» y «¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?». Este último, de gran belleza y genial ejecución, se articula en torno a una idea de San Agustín («Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo»):
 
¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? 
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, 
que a mi puerta, cubierto de rocío, 
pasas las noches del invierno escuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, 
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío, 
si de mi ingratitud el hielo frío 
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía: 
«Alma, asómate ahora a la ventana, 
verás con cuánto amor llamar porfía»!
¡Y cuántas, hermosura soberana, 
«Mañana le abriremos», respondía, 
para lo mismo responder mañana!
 
Pero, si hemos de destacar una composición del libro, es la canción «A la muerte de Carlos Félix», una elegía que dedicó a su hijo fallecido. El gran crítico José Fernández Montesinos refiere de este poema: «admirables son esas marmóreas estrofas del comienzo, de tan grave música, sobria expresión de dolor y resignación, […] su poesía gana en hondura y en emoción, cuando expresa pasiones, sentimientos, dolores reales».  Así, lo mejor de esta elegía son los versos de recuerdo, en los que el autor mantiene vivos los pajarillos, los árboles, etc. que reunía para su hijo, «y más aún cuando traslada sus palabras al ámbito celestial, por cuyos campos goza su hijo de un paraíso infantil», en palabras de Díez de Revenga.
 
Yo para vos los pajarillos nuevos,
diversos en el canto y las colores,
encerraba, gozoso de alegraros;
yo plantaba los fértiles renuevos
de los árboles verdes, yo las flores,
en quien mejor pudiera contemplaros, […]
 
¡Oh, qué divinos pájaros agora,
Carlos, gozáis, que con pintadas alas
discurren por los campos celestiales
en el jardín eterno, que atesora
por cuadros ricos de doradas salas
más hermosos jacintos orientales,
adonde a los mortales
ojos la luz excede!
 
Después de las Rimas sacras y dejando a un lado la producción teatral, Lope publicará nuevamente temática religiosa en los Triunfos divinos con otras rimas sacras (1625), en relación con los Trionfi de Tetrarca, pero llevando a cabo una defensa de la religión católica; entre las «otras rimas sacras», destacan los sonetos, como el que comienza «Humilla al sol la coronada frente». También encontramos dentro de las Rimas humanas y divinas del Licenciado Tomé de Burguillos un curioso y brillante poema de expresión popular «Al nacimiento de Nuestro Señor».
Cerramos este artículo con unos versos de las Rimas sacras, que cuatrocientos años después, siguen llegándonos con la misma fuerza poética de la primera vez que vieron la luz; no sólo porque pertenezcan a uno de nuestros grandes escritores, Lope de Vega, sino también porque poseen hondo lirismo y profunda fe.
 
Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño,
Tú que hiciste cayado de ese leño,
en que tiendes los brazos poderosos,
vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguirte empeño,
tus dulces silbos y tus pies hermosos.
Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.
Espera, pues, y escucha mis cuidados,
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?
 
 
BIBLIOGRAFÍA:
BLECUA, José Manuel (1970): Sobre la poesía de la Edad de Oro (Ensayos y notas eruditas). Gredos.
FERNÁNDEZ MONTESINOS, José (1967): Estudios sobre Lope. Anaya.
VEGA, Lope de (1997): Antología poética. Edición y notas de Francisco Díez de Revenga. Orbis.
VEGA, Lope de (2001): Lírica. Selección, introducción y notas de José Manuel Blecua. Castalia.

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