Turistas, turistas. Artículo en Cabra digital

No me cabe duda de que el turismo aporta beneficio económico al lugar de residencia. Y, si lo unimos a la religión o tradición, hay más provecho del imaginado; pues el peregrino y el visitante acuden a los templos, adquieren recordatorios, cuadros o reliquias, y también asisten a los bares y lugares donde concurrir. Basta con ir a cualquier pueblo de Italia para entender cómo se conjuga perfectamente el turismo religioso con el histórico, artístico, etc.
El único problema es la calidad o la personalidad de los turistas. Mark Twain decía que había descubierto que no hay forma más segura de saber si amas u odias a alguien que hacer un viaje con él, y eso me pasa a mí cuando soy turista. Precisamente, a mis ojos de occidental, son los japoneses de los más irrespetuosos; pues les da igual estar delante de una heladería o de la Piedad de Miguel Ángel en el Vaticano; los he visto en ambos escenarios –por denominarlos de alguna manera– haciendo el símbolo de la victoria o sacando la lengua hasta que el flash les devora. Sin duda, Miguel de Cervantes no pensó en ellos cuando escribió aquello de que«andar tierras y comunicarse con diversa gente hace a los hombres discretos». Eso sí, son bastantes generosos para las compras, pero a qué precio; y digo esto, porque, en el afán de impulsar el turismo de nuestra región, quisiera dejar la reflexión de que, si lo viviéramos en lo nuestro cercano, hasta qué punto nos parecería adecuado que los prodigados orientales se retrataran haciendo algún mal gesto delante de nuestra Virgen de la Sierra.
Cambiando de tercio, en el caso de mis compatriotas españoles, intento evitarlos en el extranjero, en especial a quienes desprecian o minusvaloran lo que tienen delante: son aquellas personas que en el autobús anuncian en voz alta con tono de listillo –como si el que hiciera lo contrario fuera un pringado– que nada más se bajen se meten en el bar y no salen de allí hasta la hora de irse; son aquellos tipos que uno no entiende por qué viajan y por qué uno tiene la mala suerte de compartir con ellos alguna excursión. Por ejemplo, y recurro a la experiencia nuevamente, nunca olvidaré al que, delante del reloj de Praga al sonar el mediodía, comentó: «¿Y tanto relojito pa’ esto?», seguido por un «Y que lo digas», de uno de sus colegas. Viajar para ver, ver para creer.

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