Animal de ambulancia en Cabra digital

Estoy en una carretera de dos sentidos, la de Rute, sí, la A-331, que tiene varias curvas y tres o cuatro tramos de recta. Voy en mi coche, paso una curva, otra y otra, y llego a colocarme detrás de una ambulancia que hace mi mismo recorrido a unos 40 kilómetros por hora y sin ninguna luz de emergencia ni sonido ni nada que me haga deducir que está llevando a un paciente al hospital. Reduzco la velocidad a la misma que dicha ambulancia y, curva a curva, pongo el «piloto automático»; es decir, mi cuerpo se limita a seguir al vehículo de delante y mi mente se dispone a reflexionar acerca de la labor encomiable que realizan las ambulancias, deteniéndose en valorar la importancia del personal de primeros auxilios y lo necesarios que son a la hora de salvar vidas; también pienso en que la persona que conduce representa un papel fundamental, en especial cuando debe evitar vehículos con el fin de llegar lo antes posible al lugar de un accidente o al hospital. En estos pensamientos divago, cuando de pronto, la ambulancia invade el arcén y observo perfectamente cómo algo ensangrentado sale disparado de la rueda derecha trasera. Impresionado por este hecho, le doy a la luz de emergencia, freno y me coloco en el arcén, mientras observo cómo la ambulancia sigue su camino. Me enfundo el chaleco reflectante y abandono mi vehículo, con el fin de comprender qué ha pasado.
Me acerco a lo que salió disparado debajo de la ambulancia, fuera de la carretera, y descubro a un perro, ensangrentado, que gime de dolor y está tumbado de forma antinatural. Al percibir mi presencia intenta moverse, pero apenas puede girar la cabeza y sus apenados y limpios ojos se me clavan en los míos. Ya he visto esa mirada antes en otros cánidos y sé lo que piden. Con ellos no pregunta por qué o qué ha pasado, sino que se complace de tener su atención. Le acaricio por detrás de la oreja y parece calmarse hasta que me doy cuenta de que, como quien deja de caminar, deja de respirar de repente.
Vuelvo a la calzada, a pisar el indolente asfalto y analizo la situación: no me he cruzado aún con ningún coche en sentido contrario y estoy precisamente en uno de los pocos tramos rectos de la carretera. Me adelanto a pie y descubro el lugar del choque, pues hay un pequeño charco de sangre… en el arcén, no en el carril de circulación. ¡La ambulancia había atropellado al perro deliberadamente!
Me subo enfadado y consternado a mi coche. Y me voy de allí, mientras pienso en esa «mala gente que camina y va apestando la tierra» (Machado), en la canalla que condujo una ambulancia que utiliza para salvar la vida a las personas y que empleó sin temblarle el pulso en quitársela a un perro. Ojalá quien condujera dicha ambulancia tenga necesidad de un animal en el futuro para desarrollar su vida y le duela este hecho, a fin de valorar lo que dijo Tolkien: «¿Puedes devolver la vida? Entonces, no te apresures a dispensar la muerte».
Por último, recuerdo las definiciones de «hombre» (ser animado racional) y «animal» (irracional) y, tras lo sucedido, llego a la conclusión de que hay animales que saben conducir y, lo más preocupante, vehículos destinados a transportar heridos y a auxiliar enfermos.

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