Celda número 4 (relato)

Incluido en Para despertar (Moreno Mejías, 2011) de Manuel Guerrero Cabrera.

1.- FRÉDÉRIC

 

Tosió. Después sonrió. Mientras pensaba en lo curioso de que la tos tuviese eco en las viejas paredes del monasterio y la tristeza no, volvió a toser. Y a sonreír tristemente.

Mucho antes que él, un enfermizo Chopin también había tosido allí. Tosido y sufrido. Pero… «¡Qué carajo! Era un genio. Hasta la tos de Chopin debió ser sinfónica», pensó.

El ascenso hasta lo alto del cerro, donde se hallaba el monasterio envuelto en un viento angustioso, había sido de tal dureza que le había cansado los pulmones más que el resto del cuerpo; sin embargo, pese a que la situación del edificio le había decepcionado, la emoción era mayúscula y había entrado solo para poder formar parte de esta soledad, mientras su mujer, Tania, y sus compañeros, recobraban fuerzas en el recibidor… ¿Soledad? En verdad, no. Allí estaba Chopin, pues oía sus pasos, su respiración, su tos… Él sabía que imitaba a Chopin con una diferencia de casi cien años.

La tos volvió insistente y molesta. Le obligó a apretar los ojos y, al abrirlos, cuando el pecho se controló, ante su gran nariz contempló el pasillo oscuro y descuidado. Había caído la noche encima e intuía que, aun fuera pleno mediodía luminoso, allí no conseguía entrar el sol; muestra de ello eran la humedad y el silencio de las paredes. Pensó que Mallorca era una joya que a Dios se le había caído de las alforjas (así lo pensaba literalmente), pero que el monasterio de Valdemosa había sido traído del país más triste del mundo. Parecía que no perteneciera a la isla.

Anduvo por el corredor, deteniéndose en cada puerta y preguntándose vivamente si la celda del músico estaría cerca. Avanzó así hasta que la tos volvió y, tomándolo como una señal inspiradora, leyó «Celda número 4» y abrió la puerta que tenía delante. Atravesó el marco y entró. Múltiples sensaciones corrieron por su ánimo, como la desesperación del viento dentro de la habitación, hasta que un escalofrío le hizo mirar al frente y se angustió. Allí se hallaba la entrada al cementerio y comprendió que estaba en la habitación de Chopin. Pudo imaginar la dolorosa mirada del genio polaco, consumiéndose interiormente, frente a la invitación al reposo eterno; pudo comprender la demencia de sus obras ante la llamada constante del tiempo consumido.

Además de a Chopin, sentía algo más en el cuarto… Paseó su inquieta nariz por él y descubrió un piano en una sala que se abría a su izquierda y en la que entró. ¡El piano Pleyel! ¡El de Chopin! Levantó la tapa automáticamente y lo tocó… ¡Aún tenía alma! El corredor, las paredes, el viento, el cementerio, el monasterio: todo estaba muerto menos ese piano.

Volvió a tocarlo, empezó a hilvanar algunos compases, como una composición única para el piano, como un tributo para el genio. De repente, algo surgió en su interior que casi le hizo caerse sobre el Pleyel, al mismo tiempo que mordía alguna tos importuna y aullaba el viento doloroso. No era la primera vez que se sentía así en España.

Antes de recordarlo, se preguntó dónde estaba su mujer.

 

 

 

2.- FEDERICO

 

El pequeño Café de la Gran Vía, frente a la Plaza del Callao, estaba repleto de gente. Las tazas se habían bebido hace media hora en la mesa donde estaban sentados Enrique y Tania. Llevaban cinco días en España y su amiga, la exitosa actriz Lola Membrives, les había invitado a venir para que conocieran a Federico, que les acompañaba junto a tres músicos, con el guitarrista Regino Sáinz de la Maza, entre ellos. En un extremo, Lola y Tania hablaban de Toledo (que Federico había recomendado que visitaran lo antes posible. «Mañana», dijo Enrique); en el otro, los músicos conversaban acerca de sus próximos compromisos. Y, en el centro, los dos poetas. Enrique, entre emocionado y fascinado, no se podía creer que estuviera frente a uno de los hombres que más se apreciaba en su Argentina.

Ambos no se pudieron conocer hace casi dos años, cuando el granadino visitó su país; sin embargo, ya habían surgido la confianza y la admiración que, en el caso de que hubieran podido relacionarse, habría nacido en Buenos Aires. Ambos iban vestidos de forma parecida, con traje oscuro, camisa clara y lazo oscuro. El sonriente silencio mutuo es roto por Federico, con unas preguntas de rigor.

–Si escribes tango, conocerás a Carlitos, «El Mudo». ¿Cómo le va?

–¡Muy bien! Ahora se va a los Estados Unidos, a hacer películas con la Paramount en Hollywood –respondió Enrique.

–No se me olvida su voz. ¿Y «El Malevo Muñoz»?

–Sigue escribiendo y viviendo Buenos Aires, aunque no está el país en un buen momento.

–Tampoco es el mejor momento para nuestra República. La CEDA… –Hizo un gesto soez con la mano–. ¿No sabes lo de Asturias? ¿Y lo del estraperlo?

–Pese a eso, estoy fascinado de la democracia acá. ¿Sabés? Las últimas elecciones allá fueron un fraude. Vos mismo estuviste cuando ocurrió lo del Paso de los Libres y todo eso duele… –No quiso que el desengaño centrara la conversación después de tanto tiempo y tocó su taza, que ya no tenía café.

–Bueno, amigo Enrique, ¿cuál es tu último tango? –El granadino se acomodó en su silla, pues hasta ahora había estado echado hacia delante, igual que Enrique–. ¿Escribías letras sarcásticas y desesperanzadas?

–Recién acabé uno que es así para una película y que se llama Cambalache.

Cambalache.

–Es un canto a la mierda de siglo XX que tenemos, Federico.

–¿Cantas algunos versos?

–Que el mundo fue y será una porquería. ¡Ya lo sé! –entonó, algo que antes no había hecho con nadie, cantar Cambalache, la parte inicial del tango, moviendo su nariz para dar más énfasis donde debía hacerlo–. Vivimos revolcaos en un merengue… y en el mismo lodo… todos manoseaos.

Mientras cantaba no se percató de que sus compañeros se habían callado para escucharlo. Al acabar, su mesa le aplaudió y, con especial énfasis, Lola y Federico.

–¡Qué directo y sincero, Enrique! –Federico volvió a echarse hacia delante–. ¿Quiénes son los «chorros»?

–Un «Chorro» es un tipo que roba, un ladrón.

–Me gusta el lunfardo. Y creo que lo utilizas con fuerza en tus tangos, que por tu estilo se saben tuyos y por el lunfardo que son argentinos. A mí me encanta Esta noche me emborracho.

–Mirá vos. ¡Un elogio del gran Federico de España!

Cambalache es un tango fantástico. ¿Crees que «El Mudo» podrá cantarlo? –Esta pregunta la hizo con una enorme sonrisa.

–¡Seguro que le gustará! –Ahora es el argentino quien se echa hacia atrás y se acomoda en la silla, Federico y algunos músicos le imitan–. Y decime, ¿qué fue lo último que vos escribiste?

–Dentro de poco saldrá publicado un poema que he compuesto a la memoria de mi amigo el torero Ignacio Sánchez Mejías.

–Ahora me toca a mí pedir que vos me recites un poco de ese poema.

Federico sacó algunos papeles doblados del bolsillo de su chaqueta. Los abrió cuidadosamente, los miró con detenimiento y seleccionó sin duda uno de ellos. E inició el recitado con solemnidad, intensidad y duelo. Además de su mesa, algunas próximas también prestaron atención:

–¡Que no quiero verla! –El tono del granadino pilló de improviso al argentino que desde el primer verso se quedó obnubilado y se estremeció reproduciendo vívidamente todas las imágenes que escuchaba en su interior–. ¡Yo no quiero verla!

Cuando calló, Enrique no pudo hablar de lo emocionado de su sentimiento. Ni los aplausos de quienes le escucharon lo sacaron de su estado. El fragmento que el poeta granadino le había leído era posiblemente lo mejor que en poesía había llegado a sus oídos. El poeta agradeció los aplausos, pero el impacto de la impresión caló realmente hondo en su autor y no evitó una sonrisa de orgullo.

–Enrique, despierta, hombre–dijo uno de los músicos.

–Es impresionante lo tuyo, Federico. Me has dejado sin palabras.

–No me creo que haya conseguido dejar sin nada que decir a un porteño.

Rieron de la ocurrencia todos los sentados a la mesa.

–Oye, Enrique, ya que estás en mi país, ¿te leerás El Quijote? –le preguntó Lola.

–Creo que es un buen momento para hacerlo. De todos modos, releo mucho a Bécquer, después de a Federico, por supuesto.

–¡Ah! –dijo la actriz–. Ya sé por qué tienes grande la nariz…

Los presentes rieron nuevamente.

–Acompáñame –dijo Federico a Enrique–, ven conmigo; pronto anochecerá y cerrarán los libreros. Antes de despedirnos, me gustaría regalarte el libro de Cervantes –Se levanta y mira a Regino–. Encárgate de la cuenta, maestro.

 

3.- TANIA

Aún seguía reclinado sobre el piano, cuando Tania lo abrazó. Enrique se estiró y, sin separarse, lo contemplaron juntos a la luz del velón que ella había traído desde el recibidor. Le vinieron ganas de toser nuevamente, pero las venció.

–Es Chopin, Mami –Así llamaba el de la nariz amorosamente a su mujer.

Separó sus brazos de los de ella y tocó algunas notas que casualmente recordaban el inicio del conocido Nocturno Op. 9 nº2. Tania asintió:

–Antes escuché algo que tocaste…

–Fue probando. Mirá –Enrique tocó con dos de sus dedos–, estaría bien ponerle letra, una letra tan poética como si la hubiera escrito el mismísimo Federico García Lorca. Espero no olvidar estos compases –cesó de tocar y miró a Tania.

–Parece una melodía desesperante, como este aire que nos ha recibido hoy aquí –El viento había continuado aullando cada vez con menos fuerza y, si el elemento hubiera tenido conciencia para apreciar la belleza del inesperado Nocturno, se hubiera apaciguado–. Imaginas cuántas obras perdidas, incompletas o desechadas de Chopin han conocido este cuarto. ¿Cómo podemos hacer para que tu música no quede en la memoria malograda de estas paredes?

Le parecieron ensoñadoras las palabras de Tania, la verdadera alegría en la tristeza del monasterio. Enrique acarició el piano y evocó al músico genial en los atormentados momentos que pasó con sus dos amantes, la música y George Sand. Y se acordó de otro amor de triste final, que no era el suyo.

–Ya que me acordé del bueno de Federico… –comentó Enrique–. Vamos a por El Quijote, que lo dejamos en el capítulo en el que un joven pastor se muere de amores por una pastora. ¡Seguro que ahí encuentro un buen título para el tango!

(c) Manuel Guerrero Cabrera.

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