Gastos de la vuelta al cole en Cabra digital

Ahora en septiembre, cuando hacen su agosto las papelerías, intento evitar en lo posible estos establecimientos. Es tiempo de adquirir lo necesario para la vuelta al cole de niños y adolescentes, por lo que no hay lugar más concurrido ni más proclive a crispar mi paciencia que una papelería. No obstante, hay algunas personas adelantadas que fueron a finales de agosto y allí me las topé.

A pesar de que, cuando entré en el local, la conversación estaba avanzada, pude adivinar fácilmente cómo una mujer se quejaba de lo caro del material escolar, señalando que «los maestros» pedían muchas cosas y que costaba una pasta, dando lugar a una enumeración detallada: lápices (uno de tal número), plastilina (añadió diferentes colores), folios blancos, cuadernos (de una y otra manera), etc.

Lo curioso fue que otra mujer, recién llegada también, que iba agarrada a la mano de su hijo, le empezó a contar lo que «los maestros» habían pedido a su pequeño. Y concluyeron que estos se pasaban de la raya, porque, según argumentaban, con tanto cuaderno y tanto lápiz sus hijos no iban a escribir un libro, y porque no eran artistas para pintar con tanto colorido.

Claramente, las palabras de estas mujeres me decepcionaron, pues, aparte de no tener fe en las posibilidades de su progenie, no valoraban lo que se invertía en su educación y enseñanza. Quizá hubieran preferido emplear ese dinero de lápices y cuadernos (entre otro material) en ropa y calzado, que también son indispensables, para el nuevo curso; quizá creyeran que enseñar a leer, a escribir, a dibujar, a conocer, a comprender, etc. no es necesario frente a una buena colonia o ropa de marca. Quizá.

A todo esto se une, de forma subyacente, el rechazo de «los maestros», en este caso,  que hayan solicitado material para poder llevar a cabo mejor sus clases y, por consiguiente, la educación de niños y niñas; aunque en otros asuntos, como una movilización para no perder opciones y derechos laborales, tampoco tengan el apoyo esperado de padres y madres, quienes más deberían asistirles por la dedicación profesional en beneficio de los hijos, no de ellos ni de los padres.

Una vez se fueron y compré lo que quería, me encontré a una de ellas (la que iba sin el hijo) en la terraza de una cafetería próxima. Tomaba café y media con jamón. «Seguramente –pensé con ironía–, cuando le traigan la cuenta, le dirá al camarero que, si ella no hubiera tenido que comprar todo el material escolar que los maestros han pedido para su hijo, se habría tomado una entera».

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