Reseña de El cuerpo desobediente de Fernando Gómez Mancha

Publicado en La Opinión de Cabra.
Las Artes han contribuido desde las civilizaciones clásicas a iluminar y a hacer más llevadera esta vida que tenemos en este planeta. Aunque todo está sujeto a los momentos de la Historia que le venga en suerte, el artista crea para el futuro y espera que su obra pueda tener cabida en las generaciones venideras; por ello, hay ciudades únicas, que han heredado del pasado mucho más que unos derechos, una nacionalidad y una ciudadanía: leyenda, arte y singularidad.

Uno de estos casos es Florencia, la ciudad italiana conocida por su Puente Viejo, por la Galería de los Uffizi (donde podemos contemplar, entre otras obras maestras, la Venus de Botticelli), por el David de Miguel Ángel y por ser un punto clave del Renacimiento italiano que ha dejado arrebatado a millones de personas, destacando el conocido caso del escritor francés Stendhal. Por esta misma pasión, el protagonista de El cuerpo desobediente, del granadino Fernando Gómez Mancha, se halla en Florencia y, al comienzo, nos sitúa en uno de sus puntos emblemáticos: el Puente Viejo. Desde ahí, desde un enclave bello, sobre el luminoso río Arno, el autor nos transportará a un lugar totalmente caracterizado por lo contrario: indeterminado y oscuro. Precisamente, «L’oscurità» es el nombre de la primera parte de la novela, en la que el protagonista comenzará a recordar a su familia y el motivo de por qué los dejó para vivir en Florencia. Este primer tramo de la novela es el más extenso y podemos decir que está llena de aciertos, pues el autor articula cada recuerdo en breves capítulos en su mayoría llenos de lirismo y de creatividad en el lenguaje, mediante acertadas relaciones intranarrativas que llegan a dar en algunos casos en una sorprendente metáfora o en una pensada comparación. Ejemplo de lo primero es el capítulo X, en el que su hijo le pregunta si siempre será de carne, porque él quiere ser lluvia y el protagonista-padre se empapará en un único momento del deseo de su hijo y de su presencia, pues en el recuerdo obviamente no está con él:

Y entonces, quién sabe si por causalidad o no, en ese mismo instante comenzó a llover. Llovió de una forma tan alegre y, al mismo tiempo, tan violenta que debimos correr, bici en mano, a resguardarnos a la estación de trenes. Una vez a cubierto, nos sentamos en un banco de metal del color exacto de mi bicicleta, nos miramos divertidos y Daniel me dijo:
–¿Lo ves, papá? Lluvia, quiero ser lluvia.

Ejemplo de comparación es la construcción del capítulo XVI, en el que, partiendo del instante en el que el protagonista conoce a su mujer, hará una correspondencia entre la ruina del edificio en el que se conocieron con la relación entre ambos:

Ahora el Metropol no es otra cosa que andamios; toda la manzana que lo contiene ha sido derruida y tan sólo han respetado, por su valor histórico, la fachada.

¿Y qué somos ahora Esther y yo, sino otro edificio derruido del que ni siquiera se conserva la fachada?

«La oscuridad» concluye de la forma menos esperada, dando todo un revés al lector y que, por ello, prescindimos de tratar aquí.

A diferencia de la anterior, la segunda parte, «La luce», es breve, con menos matices. El proceso narrativo ha sido modificado para quedarse en una línea breve, casi nula, de acontecimientos, que parece simplemente un nexo, un leve motivo para llegar a la tercera y última parte del volumen, «Le nuvole», donde descubriremos el sentido del título de la obra.

Si la primera parte llegaba a tener brillantes momentos extensos, lo intenso es la nota característica de este final con una fuerza literaria creíble y bien elaborada, mediante una estructura anular de la narración que no percibimos hasta el último instante, hasta que no volvemos a estar sobre el Puente Viejo y nos damos cuenta de que todo ha sido una memoria de memorias; lo que nos recuerda a Borges: «Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos».

El cuerpo desobediente de Fernando Gómez Mancha no es un homenaje a Florencia, ni a la necesidad del arte, sino a la importancia de todo ello en la vida de un hombre, de cómo una ciudad y un sueño pueden articular nuestra memoria hasta poder ver en la oscuridad más absoluta «ese montón de espejos rotos» que llevamos con nosotros.

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