El sur de Hurtado Izquierdo en Surdecordoba.com

En la otra orilla, en la tierra del Plata, es muy conocido un tango llamado Sur, cuya letra es del poeta argentino Homero Manzi y la música del maestro porteño Aníbal Troilo. En él se hace una breve visita recorriendo los lugares más importantes de la infancia de Manzi, cuando el cruce de la avenida de San Juan con la de Boedo y el barrio de Pompeya eran los límites de la hoy gran urbe que es Buenos Aires, habiendo alguna fábrica nueva, pampa y pampa más allá únicamente. Hoy, que todo ha sido sacrificado por el progreso y no hay sino hogares, comercios, naves y «villas», Sur ha quedado como algo testimonial y como uno de los más bellos poemas cantados a una ciudad; además, debido a que comulga con el espíritu triste del porteño, se ha convertido en un himno ante el paso fiero del tiempo. Sur no solo se refiere a un lugar de la ciudad o del mapa, sino también a un tiempo pasado (la juventud y un amor perdido). Para nosotros, que estamos al Sur de España, evidentemente, esta palabra nos sugiere otra cosa. Y también a quien viva por Asturias, Aragón o Madrid. Hay tantos «Sures» como personas…
Centrémonos en el nuestro, en el Sur de Córdoba. Aquí un poeta escribiría algún cante de trilla, de olivareros o un fandango en lugar de un tango; hablaría sin duda del olivo y no de la pampa; y no aludiría a ningún camino o polígono, sino al Barroco de los templos y edificios presente en los distintos pueblos. Porque el Sur, como dice el tango citado, nos evoca:
Nostalgias de los años que han pasado,
arenas que la vida se llevó…
Y, en especial, nuestro Barroco. El sagrario de San Mateo, el Cristo de la Columna o la iglesia de San Juan de Dios de Lucena; la Virgen de la Soledad o la parroquia de Asunción y Ángeles de Cabra; el camarín del Nazareno de Monturque y me dejo atrás muchos ejemplos de los que quiero destacar Priego. Priego y punto.
Esta localidad es barroca ante todo y se lo debe al genio artístico del lucentino Francisco Hurtado Izquierdo, que instaló su taller allí. Este lucentino, nacido en 1669 y fallecido en Priego en 1725, Maestro Mayor de la Catedral de Córdoba (1697) y de Granada (1704), renovador de la arquitectura y espíritu del Barroco y uno de los pocos lucentinos estudiado en universidades nacionales e internacionales, fue, entre otras, el arquitecto del sagrario de la Cartuja de Granada (y se le atribuye la sacristía), de la capilla del Cardenal Salazar en la Mezquita-Catedral de Córdoba (en esta ciudad, encontramos el Hospital de este cardenal, la Ermita de la Alegría y la Capilla de la Asunción, entre otras obras), del camarín de los Condes Buenavista de Málaga y del sagrario del Monasterio de El Paular en Segovia. En Priego participó fundamentalmente en los camarines de distintas iglesias y, en especial, en la planta de San Juan de Dios; dejando, como un buen profesor, su huella en los artistas que le sucederían: los hermanos Sánchez Rueda, Francisco Javier Pedraxas, Juan de Dios Santaella, Remigio del Mármol e, incluso, José Álvarez Cubero.
En su localidad natal, en Lucena, algún cronista indica que participó en la ejecución del retablo mayor del Santuario de Ntra. Sra. de Araceli y trazó, sobre todo, la iglesia de San Martín (San Agustín, como la llaman), tanto en las dos portadas como en la original cúpula elíptica. Fue este lucentino quien influyó en el Barroco con su obra de tal manera que hizo que se utilizara el estípite y la luminosidad.
Ahora que hay que ponerle un nombre al nuevo instituto de Educación Secundaria de Lucena, ¿cuál mejor que Francisco Hurtado Izquierdo? Llamarlo José María Pemán (el autor del Himno de la Virgen de Araceli) o Pedro Roldán (el escultor del magnífico Ntro. Padre Jesús de la Columna), cuyas relaciones con Lucena son puramente circunstanciales o laborales, no me parece apropiado; puesto que la ciudad cuenta varios artistas, algunos eximios, entre sus hijos: Leonardo Antonio de Castro, Antonio Mohedano y, en especial, por quien yo apostaría, Francisco Hurtado Izquierdo. Si finalmente no se eligiera el nombre de este lucentino, no me sorprendería, ya que este arquitecto ha tenido poca fortuna donde nació. El caso más irrisorio es el de la calle que le pusieron con su nombre y que, poco después, apareció como «Francisco Urbano Izquierdo», debido a un error que atribuyo a la informática.
Hoy, ya reparada esta anécdota, la denominación de su nombre para este nuevo instituto es un primer paso para recuperar la obra de un artista lucentino que le dio el calificativo de barroco al Sur.

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