A su muerte: evocación de Rafael Montesinos

© MANUEL GUERRERO CABRERA

Señor que destruirás esta terneza
que me sostiene en pie, sé que algún día
te cansarás de mí. Será una fría
mañana de un invierno…

Así lo recordé, con su cuarta «Oración a Dios Padre», cuando supe de su muerte este 4 de marzo en el Madrid del invierno más frío. Sevillano nacido en 1920, de infancia y adolescencia andaluzas, que marchó a Madrid en 1941 y publicó en la revista Garcilaso. Fundó y dirigió la Tertulia Hispanoamericana, fue miembro de la Hispanic Society, Premio Nacional de Literatura en dos ocasiones (1958 y 1977), etc. Pero no escribo estas líneas para hablar de su vida, sino de su obra, concretamente de su poesía, que la crítica consideraba heredera de la escuela sevillana. Así, su poesía no sólo se basa en motivos populares, pues también bebe de los clásicos (como F. de Herrera), del Romanticismo tardío de Bécquer (Nuestro poeta fue quien mejor lo conoció con su importante libro Bécquer, biografía e imagen (1977), con el que ganó Premio Nacional de Ensayo y el Fastenrath de la Real Academia) e influye, además, la obra de Juan Ramón Jiménez y de los Machado, en especial la de Manuel, que fue quien lo dio a conocer en un romancillo de 1942, según refiere Dámaso Santos en su libro Generaciones juntas, como una «media lengua de niño que inconteniblemente cantaba».

Aunque su primer libro casi inadvertido fue Balada del amor primero (1944), sería el segundo, Canciones perversas para una niña tonta (1946), el que nos ofrecería a aquella «media lengua» con desenvoltura para cantar como amante. Con esta obra lo conocí yo en una calurosa siesta de verano, cuando en la radio recitaron estos versos de la «Canción perversa de junio»:

Déjame dormir la siesta
contigo, amor, en tu cama;
contigo, aunque no la duerma.

Soleares, coplillas, canciones con aire andaluz, del estilo de M. Machado, pero con voz propia.
El libro de las cosas perdidas (1946) y Las incredulidades (1948) nos transportan en la nostalgia a la tierra y a la infancia («Callejón de los Pobres/pobre te quiero,/ pobre de mí que paso/ con mis recuerdos»); como dice D. Santos en su citado libro, no sólo dirigido a alguien sino también a sí mismo:

Estoy en soledad. Miro a lo lejos
oscurecer la tarde y mi tristeza.
Estoy pensando en ti y estoy pensando
que acaso en soledad también me piensas.

Desde Cuaderno de las últimas nostalgias (1954) y País de la esperanza (1955, con el que consiguió el Premio del Ateneo de Madrid) atiende al presente hasta llevarle a la poesía social en obras como El polvo de los pies (1962) y La verdad y otras dudas (1967).
Siento que no pueda detenerme en cada título, he primado la brevedad antes que la profundidad, pero sólo pretendo recordar al poeta. Por ello voy a referir tres libros en los que se aglutina su obra: en 1979 se publica una antología donde recoge la poesía de treinta y cinco años Poesía (1944-1979), que recomiendo para una buena muestra de todo lo que he reseñado anteriormente; en 1985 De la niebla y sus nombres (Poesías íntimas y otros versos andaluces, 1981-1984); y en 1996 Con la pena cabal de la alegría (1986-1996), cuya obra se vuelve más becqueriana y donde la soleá predomina sobre cualquier canto:

Lo de Dios ni dios lo entiende,
que al par que nos da la vida,
le pone fecha a la muerte.

Ya conocimos la fecha de invierno en que nos abandonó. Con ella nos lega su obra y un poemario inédito titulado La vanidad de las cenizas, su última obra. Mientras pasa el tiempo, asimilo la incredulidad de su muerte, cuando su verso sigue vivo y tan cercano, sólo podemos ser sus lectores y sus cantores, pues con su ánima de niño adulto, con serenidad y vehemencia, nos confesaba que cantaba lo que le pasaba. Por eso sé que, al pensar en su fallecimiento, con la pena cabal de alegría sólo él podía revelarnos este temor del ser humano en una soleá:

A mí me da escalofrío
saber que tengo que irme
y que no me sé el camino.

Publicado en Saigón, 3, Cabra, 2005, pp.2-3.

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